Ecos de sangre

El pacto de sangre

El pacto no se selló con palabras.
Eso lo entendí en cuanto Ethan cerró las cortinas y Lucien apagó todas las luces de la casa excepto una. La lámpara del salón proyectaba sombras largas sobre las paredes, deformando nuestros reflejos hasta volverlos irreconocibles.
—No es un ritual antiguo —dijo Ethan—. Es más peligroso que eso.
—¿Por qué? —pregunté.
Lucien respondió con voz baja:
—Porque funciona.
Tragué saliva.
—¿Qué va a pasar?
Ethan dudó.
—Tu cuerpo va a reaccionar —admitió—. Tu sangre va a reconocer la nuestra.
—¿Y si no lo hace?
Lucien dio un paso hacia mí.
—Entonces sabremos que Katerina tenía razón.
—Eso no ayuda —murmuré.
Él sonrió apenas.
—Nunca lo hago.
Me senté en el centro del salón, tal como me indicaron. El suelo estaba frío, pero no me estremecí. Estaba demasiado concentrada en el latido que golpeaba en mis oídos, fuerte, insistente.
Lucien se colocó frente a mí. Ethan, detrás.
—Este pacto no te convierte —dijo Ethan—. Solo crea un vínculo. Una protección… parcial.
—¿Entre quiénes?
—Entre los tres —respondió Lucien—. Si uno cae, los otros lo sienten.
Eso hizo que el aire se volviera más denso.
—¿Y Katerina? —pregunté.
Lucien me sostuvo la mirada.
—Quedará fuera. Por ahora.
Ethan sacó una pequeña daga. No brillaba como metal. Parecía absorber la luz.
—No duele —dijo.
Lucien soltó una risa breve.
—Mientes fatal.
Ethan me miró.
—Bella… aún puedes negarte.
Pensé en el instituto.
En la sangre.
En la sonrisa de Katerina.
—Hazlo.
Ethan asintió y me hizo un pequeño corte en la palma. El dolor fue leve, pero inmediato. Cálido.
La sangre brotó… y el colgante ardió.
—Lucien —dijo Ethan.
Lucien no dudó.
Se hizo el corte él mismo.
Su sangre era más oscura. Más espesa. Cuando nuestras manos se tocaron, el mundo se detuvo.
Sentí su pulso.
Su hambre.
Su rabia contenida.
Y algo más.
Soledad.
El impacto me hizo jadear.
Lucien tensó la mandíbula.
—No mires tan hondo —murmuró—. Aún no.
Ethan cerró el círculo colocando su mano sobre las nuestras.
El aire vibró.
El suelo tembló.
Y entonces…
Vi.
Sombras antiguas. Un altar cubierto de sangre. Una mujer gritando mi nombre con una voz que no era la mía.
Katerina.
Me separé de golpe, respirando con dificultad.
—¿Qué fue eso? —pregunté.
Lucien me sostuvo antes de que cayera.
—La verdad —dijo—. Filtrándose.
Sus manos seguían sobre mis brazos. Demasiado firmes. Demasiado reales.
Ethan nos observaba con expresión grave.
—El pacto está hecho.
El colgante se apagó.
Y por primera vez desde que llegué a Ravenwood…
No me sentí sola.
Pero sí peligrosamente unida.

El dolor no llegó de inmediato.
Fue peor que eso.
Primero vino el calor, extendiéndose desde la palma de mi mano hasta el pecho, como una corriente subterránea despertando algo que había estado dormido durante años. Luego, el mundo empezó a inclinarse.
—Bella —escuché a Ethan decir—. Respira. Mírame.
Lo intenté, pero el aire parecía demasiado espeso.
Lucien seguía sujetándome. No con fuerza, sino con una certeza absoluta, como si supiera exactamente cuánta presión necesitaba para no romperme.
—Está reaccionando más rápido de lo esperado —dijo Ethan.
—Porque no está resistiéndose —respondió Lucien.
Mis piernas cedieron.
Lucien me sostuvo antes de que tocara el suelo y, sin decir nada, me llevó hasta el sofá. Me recostó con cuidado, pero no se apartó.
—Me quema —murmuré—. Pero no duele.
Ethan observó el colgante.
—Eso no es fuego —dijo—. Es memoria.
Cerré los ojos.
Y las imágenes volvieron.
Un salón iluminado por velas.
Sangre en manos ajenas.
Una promesa rota.
—Ella quería esto —susurré sin darme cuenta—. Quería ser como yo.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué has visto? —preguntó Ethan.
Abrí los ojos.
—Katerina no quería poder —dije—. Quería elección.
Lucien tensó la mandíbula.
—Eso la hace más peligrosa de lo que creíamos.
Un espasmo recorrió mi cuerpo. Me encogí instintivamente.
Lucien se inclinó hacia mí.
—Mírame —dijo—. Aquí. Ahora.
Lo hice.
Y el mundo volvió a enfocarse.
Su presencia era… ancla. Oscura, sí, pero estable. Como una noche sin tormenta.
—¿Por qué tú? —pregunté en voz baja—. ¿Por qué contigo se calma?
Lucien no apartó la mirada.
—Porque no te temo —respondió—. Y tú no me idealizas.
Ethan carraspeó.
—El vínculo está activo —dijo—. Ambos lo sienten.
Lucien asintió lentamente.
—Sí.
Ethan me observó.
—Necesitas descansar. Yo vigilaré.
—No —dije—. Quédate.
Sorprendido, Ethan asintió y se sentó en una silla cercana.
El silencio volvió, pero era distinto.
Más íntimo.
Lucien retiró lentamente sus manos, pero algo en mi pecho protestó ante la distancia.
—Eso también es el pacto —dijo él, notándolo—. Tu cuerpo recordará quién estuvo ahí cuando no podías sostenerte sola.
Tragué saliva.
—Eso no parece justo.
—Nunca lo es.
Durante unos segundos nos miramos sin decir nada.
—Lo que viste… —empezó Lucien— no se lo digas aún.
—¿Por qué?
—Porque cuando empieces a hablar de ello —respondió—, dejará de ser solo una visión.
El colgante latió una vez más.
—Entonces dime esto —susurré—. ¿Qué va a pasar ahora?
Lucien se inclinó lo suficiente para que solo yo pudiera oírlo.
—Ahora, Bella… Katerina sabrá que ya no estás sola.
Y eso —añadió con una media sonrisa peligrosa—
es una declaración de guerra.

No pasó mucho tiempo antes de que lo sintiera.
No fue un sonido.
Ni una imagen.
Fue una presión súbita en el pecho, como si algo invisible hubiera clavado las uñas en el vínculo recién creado y tirara de él con violencia.
Me incorporé de golpe.
—Está aquí —susurré.
Lucien ya estaba de pie.
—Lo sé.
Ethan se tensó.
—¿Dónde?
Antes de que pudiera responder, las luces parpadearon. El aire de la casa se volvió helado, denso, cargado de una electricidad que me erizó la piel.
Y entonces… la risa.
Suave. Cercana. Demasiado.
—Qué descortés —dijo la voz de Katerina, resonando desde todas partes—. Sellar un pacto sin invitarme.
Las sombras del salón se estiraron, retorciéndose hasta tomar forma. Katerina emergió de ellas como si el mundo fuera solo una puerta más para ella.
Impecable. Serena. Peligrosa.
—No eres bienvenida —dijo Ethan con firmeza.
Katerina lo miró, divertida.
—Nunca lo he sido —respondió—. Y aun así, siempre llego.
Su mirada se posó en mí.
—Te sientes distinta, ¿verdad?
Tragué saliva.
—Vete.
Ella sonrió.
—Oh, Bella… acabas de encender una hoguera. Solo he venido a comprobar qué tan bien arde.
Lucien dio un paso al frente, colocándose entre nosotras.
—Tócala y lo lamentarás.
Katerina ladeó la cabeza.
—¿De verdad? —preguntó—. ¿O eso es lo que te dices para no aceptar lo inevitable?
Alzó una mano.
El dolor explotó en mi pecho.
Grité.
Sentí el vínculo retorcerse, tensarse como un hilo a punto de romperse. A través de él, sentí el impacto en Lucien, su respiración cortándose, su rabia incendiándose.
—¡Para! —gritó Ethan.
Katerina bajó la mano, curiosa.
—Interesante —dijo—. Así que ya lo sientes todo.
Me doblé sobre mí misma, jadeando. Lucien cayó de rodillas a mi lado.
—Mírame —me dijo con voz tensa—. No la escuches.
Katerina chasqueó la lengua.
—Qué vínculo tan frágil —comentó—. Nuevo. Sin templar.
—¿Qué quieres? —pregunté entre dientes.
Katerina sonrió con auténtico placer.
—Probarlo.
Extendió la mano hacia Ethan.
—Él es el ancla —continuó—. El equilibrio. Sin él…
El suelo tembló.
—¡No! —grité.
Sin pensarlo, extendí la mano.
Algo salió de mí.
No fue luz.
No fue oscuridad.
Fue decisión.
El aire estalló en una onda invisible que lanzó a Katerina hacia atrás. Las sombras se disiparon con un grito furioso.
La casa quedó en silencio.
Katerina desapareció.
Durante unos segundos nadie se movió.
Luego, el vínculo se calmó.
Lucien me sostuvo, respirando con dificultad.
—Lo hiciste —dijo, con asombro genuino—. La empujaste fuera.
Ethan me miró como si me viera por primera vez.
—Eso… no debería haber sido posible.
Mis manos temblaban.
—Me estaba tocando a través de vosotros —susurré—. No iba a dejarlo.
Lucien alzó la mirada hacia Ethan.
—Ahora lo sabes —dijo—. Ya no es solo tu responsabilidad.
Ethan asintió lentamente.
—Sí.
Se acercó a mí.
—A partir de ahora —dijo—, entrenaremos los tres. Sin excepciones.
El colgante latió suavemente, como si aprobara.
Yo cerré los ojos, agotada.
Katerina se había ido.
Pero había dejado algo claro:
El pacto funcionaba.
El vínculo era real.
Y yo… ya no era solo la presa.




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