El dolor fue lo primero que sentí al despertar.
No un dolor agudo, sino uno profundo, instalado en los huesos, como si mi cuerpo hubiera sido desmontado y vuelto a armar durante la noche. Abrí los ojos lentamente y tardé unos segundos en recordar dónde estaba.
La habitación.
El pacto.
El vínculo.
Me incorporé despacio y el mundo no giró. Eso ya era una victoria.
—Interesante.
La voz de Lucien llegó desde la puerta abierta. Estaba apoyado contra el marco, brazos cruzados, observándome con una atención que me puso nerviosa.
—¿Cuánto llevas ahí? —pregunté.
—El tiempo suficiente para confirmar que sigues siendo tú —respondió—. Y algo más.
—Eso suena tranquilizador… supongo.
Lucien se apartó del marco.
—Ethan te espera fuera.
Me vestí en silencio, consciente de cada movimiento. Mi cuerpo se sentía distinto: más ligero, más preciso. Cada sonido de la casa me llegaba con claridad. Podía oír el latido de Ethan desde el piso inferior.
Eso debería haberme asustado.
No lo hizo.
El exterior estaba cubierto por una niebla espesa cuando salimos. El bosque rodeaba el claro como un anfiteatro antiguo. Ethan ya estaba allí, serio, concentrado.
—Hoy no es teoría —dijo sin rodeos—. Hoy probamos límites.
—¿Los míos? —pregunté.
—Los de los tres —respondió.
Lucien sonrió apenas.
—Empieza a entender cómo funciona esto.
Ethan trazó un círculo en el suelo con una rama.
—El vínculo amplifica —explicó—. Emoción, intención, reacción. Si pierdes el control, no caerás sola.
—Lo sé —dije.
—No —corrigió—. Lo sientes. Pero aún no lo sabes.
Me colocó en el centro del círculo.
—Cierra los ojos.
Obedecí.
—Lucien atacará —dijo.
Los abrí de golpe.
—¿Qué?
—Sin tocarte —añadió Lucien—. Relájate.
—Eso no ayuda en absoluto.
—Bella —dijo Ethan con firmeza—. Confía.
Respiré hondo y cerré los ojos de nuevo.
El aire cambió.
Sentí a Lucien moverse. No lo vi, pero su presencia era clara, como una sombra consciente. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: músculos tensándose, pulso acelerándose.
—No te defiendas —dijo Lucien—. Percibe.
Entonces lo entendí.
No estaba atacando mi cuerpo.
Estaba presionando mi energía.
Sentí el impacto como una ola invisible. Di un paso atrás, sorprendida, pero no caí. Algo en mí se ancló, respondió, devolvió la presión.
—Bien —dijo Ethan—. Otra vez.
La segunda embestida fue más fuerte.
El mundo se volvió nítido, casi afilado. Vi el bosque con claridad absoluta. Sentí mi sangre responder, fluir con intención.
—¡Bella! —advirtió Ethan.
Demasiado tarde.
Respondí.
No con fuerza bruta, sino con voluntad.
La energía salió de mí como un latigazo silencioso.
Lucien se detuvo en seco.
Cuando abrí los ojos, me estaba mirando con una sonrisa peligrosa… y genuina.
—Eso —dijo— no lo enseñé yo.
Mi respiración era rápida, pero firme.
—No sabía que podía hacerlo.
Ethan me observaba con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Acabas de cruzar el primer límite.
El colgante latió.
Y supe que eso era solo el comienzo.
—No te emociones —dijo Ethan—. El poder sin control es exactamente lo que Katerina quiere provocar.
—No me emocioné —respondí, aunque mi pulso decía otra cosa.
Lucien caminó a mi alrededor despacio, como si me estudiara.
—Sí lo hiciste —dijo—. Pero no fue arrogancia. Fue instinto.
—Eso no lo hace menos peligroso —replicó Ethan.
—Lo hace inevitable.
Ethan me lanzó una mirada dura.
—Muévete.
No me dio tiempo a preguntar. Se lanzó hacia mí con una velocidad que me dejó sin aire. Apenas pude reaccionar; mi cuerpo se movió solo, girando, esquivando por centímetros.
—Otra vez —ordenó.
Atacó de nuevo. Esta vez logré bloquearlo, sintiendo el impacto vibrar en mis brazos. El golpe no dolió, pero la energía que recorrió mi cuerpo fue brutal.
—Respira —dijo Lucien—. No luches contra el empuje, redirígelo.
Asentí, concentrándome.
Ethan atacó una tercera vez.
Esta vez no retrocedí.
Usé el movimiento, la fuerza, el vínculo… todo a la vez. Ethan salió despedido varios metros y se detuvo justo antes de chocar contra un árbol.
El silencio cayó de golpe.
—Eso fue innecesario —dijo Ethan, incorporándose con rigidez.
—No —respondió Lucien—. Fue honesto.
Ethan me miró.
—¿Te das cuenta de lo que hiciste?
Miré mis manos.
—Sí.
Y no me arrepentía.
Eso fue lo que me asustó.
—Descanso —dijo Ethan—. Ahora.
Se alejó hacia el borde del claro, claramente alterado.
Lucien se acercó a mí.
—No deberías haberlo empujado así —dijo en voz baja—. Le duele porque no puede protegerte de lo que estás haciendo sola.
—No quiero que me proteja —respondí—. Quiero que confíe.
Lucien me sostuvo la mirada.
—Eso llegará… o no. Pero no depende solo de ti.
Un mareo repentino me obligó a apoyarme en un árbol.
—Ahí está el fallo —murmuró Lucien—. Estás drenándote.
—Estoy bien —mentí.
Lucien me sujetó del brazo.
—No lo estás.
En ese instante, el vínculo se tensó de forma extraña. No como antes. No doloroso.
Inestable.
Sentí algo… deslizándose.
—¿Lo sientes? —pregunté.
Lucien cerró los ojos un segundo.
—Sí —dijo—. Ella.
Ethan volvió de inmediato.
—¿Qué ocurre?
Antes de que pudiéramos responder, el bosque se quedó en silencio absoluto. Ni viento. Ni pájaros. Nada.
Una figura apareció entre los árboles.
No era Katerina.
Era un vampiro joven, nervioso, con los ojos demasiado claros.
—No quería encontraros así —dijo—. Pero ella me envió.
Lucien dio un paso adelante.
—¿A quién?
El vampiro tragó saliva.
—A decirte que el entrenamiento ha empezado a llamar la atención.
—¿De quién? —pregunté.
El vampiro me miró, y en su expresión vi algo peor que miedo.
Respeto.
—De los clanes antiguos —dijo—. Y no todos quieren que sobrevivas.
El colgante latió con fuerza.
Ethan apretó los dientes.
—Demasiado pronto…
Lucien me miró de reojo.
—Te lo dije —susurró—. Cada límite que cruzas… tiene testigos.
Y supe que el entrenamiento ya no era solo para prepararme.
Era una advertencia.