La casa estaba demasiado silenciosa.
No era un silencio normal, de madrugada o de espera. Era un silencio tenso, contenido, como si incluso las paredes supieran que algo iba a ocurrir y estuvieran aguantando la respiración.
Me desperté antes del amanecer, con el colgante ardiendo contra mi piel.
No era dolor.
Era aviso.
Me senté en la cama, con el corazón acelerado, y supe —sin necesidad de mirar por la ventana— que ya no estábamos solos.
Bajé las escaleras descalza. Cada paso resonaba más de lo normal, como si la casa se hubiera vuelto hueca. En el salón, Ethan estaba de pie junto a la chimenea apagada, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.
No parecía sorprendido al verme.
—Han llegado —dijo simplemente.
—¿Cuántos? —pregunté.
—Tres.
Me apoyé en la barandilla.
—¿Solo?
Ethan soltó una risa breve y amarga.
—Nunca vienen solos. Solo visibles.
Lucien estaba junto a la ventana, de espaldas a nosotros. Su postura era rígida, contenida. No se giró cuando hablé.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Desde antes de que despertaras —respondió—. Han sido… educados.
Eso no me tranquilizó en absoluto.
—¿Y ahora qué?
Ethan se volvió hacia mí.
—Ahora te miran —dijo—. Evalúan cómo respiras, cómo caminas, cómo dudas.
—Entonces no debería salir —murmuré.
Lucien giró por fin la cabeza.
—Deberías —dijo—. Eso es exactamente lo que quieren ver.
El colgante latió, como si estuviera de acuerdo.
El sonido de un coche rompiendo el silencio del exterior nos tensó a los tres. No uno moderno. Algo antiguo, pesado, como sacado de otra época.
—Llegó el momento —dijo Ethan—. Recuerda: no estás allí para complacerlos.
—Ni para desafiarlos —añadió Lucien—. Estás allí para existir.
Tragué saliva.
—¿Y si no les gusta lo que soy?
Lucien me sostuvo la mirada con intensidad.
—Entonces confirmarán lo que más temen.
Salimos al exterior.
La mañana estaba cubierta por una niebla baja, espesa, que se movía lentamente entre los árboles. En el límite del terreno, tres figuras aguardaban junto al coche negro.
No parecían amenazantes.
Eso era lo inquietante.
El primero era un hombre alto, de cabello blanco y rostro sereno, vestido con un abrigo oscuro perfectamente planchado. Sus ojos eran claros, antiguos, y cuando se posaron en mí sentí una presión inmediata en el pecho.
El segundo era una mujer de piel oscura y expresión afilada, con una sonrisa demasiado controlada. Me observaba como si ya hubiera decidido algo.
El tercero… no parecía del todo presente. Era joven, pero sus ojos estaban vacíos, como si miraran a través de mí.
—Isadora del Clan del Norte —dijo la mujer, inclinando apenas la cabeza.
—Valen —dijo el hombre—. Custodio del Pacto Antiguo.
El tercero habló último.
—Aren —dijo—. Observador.
Observador.
Ethan dio un paso al frente.
—No fuisteis invitados.
Valen sonrió con calma.
—No hemos venido como enemigos.
—Tampoco como aliados —añadió Isadora.
Sus miradas volvieron a mí.
—Bella —dijo Valen, pronunciando mi nombre como si pesara—. Queremos verte.
El colgante ardió.
—Ya me estáis viendo —respondí.
Isadora sonrió un poco más.
—No. Estamos viendo tu forma.
Aren dio un paso hacia mí.
El aire se tensó.
—Tranquilos —dijo Valen—. Solo necesitamos confirmar algo.
—¿El qué? —pregunté.
Valen me observó con atención absoluta.
—Si eres una anomalía… o un cambio.
Y supe, en ese instante, que cada palabra que dijera a partir de ahora podría decidir no solo mi destino, sino el de todos los que estaban conectados a mí.
Valen avanzó un paso más, sin invadir mi espacio, pero lo suficiente como para que su presencia se sintiera como una sombra larga.
—Respiras rápido —observó—. Pero no por miedo.
Isadora ladeó la cabeza.
—No —dijo—. Respira así cuando contiene algo.
Aren no decía nada. Sus ojos, vacíos, parecían registrar cada mínimo detalle: el latido de mi pulso, el temblor de mis dedos, incluso el parpadeo.
—No tenéis derecho a analizarla así —dijo Ethan, con la voz tensa.
Valen levantó una mano, tranquilo.
—El derecho no siempre es relevante. La necesidad sí.
El colgante latió con fuerza, como si reaccionara a su cercanía.
—¿Qué necesidad? —pregunté.
Isadora dio una vuelta lenta a mi alrededor.
—La estabilidad —respondió—. El equilibrio del pacto.
—El pacto ya está roto —dije—. Katerina lo rompió.
Aren habló por primera vez desde que había dado su nombre.
—No —dijo—. Tú lo hiciste… al sobrevivir.
El aire se volvió denso.
Lucien dio un paso al frente, claramente enfadado.
—Cuidado —advirtió—. No confundáis existencia con amenaza.
Isadora lo miró con interés.
—Siempre tan protector, Lucien.
—Siempre tan manipuladora, Isadora.
Una sonrisa peligrosa cruzó su rostro.
—Entonces vayamos a lo que importa —dijo—. Bella, ¿eres consciente de cuántos vínculos sostienes ahora mismo?
Tragué saliva.
—No los cuento —respondí—. Los siento.
Valen asintió lentamente.
—Eso ya es una respuesta.
Aren dio otro paso adelante. Esta vez, el colgante ardió de verdad.
—Observador —dijo Ethan—. Da un paso más y esto se acaba.
Aren se detuvo, pero alzó la mirada hacia mí.
—Muéstranos —dijo.
—¿El qué? —pregunté.
—Lo que eres cuando no eliges palabras.
El silencio cayó como una orden.
—No —dijo Ethan—. No va a—
—Está bien —interrumpí.
Lucien me miró de inmediato.
—Bella—
—Si no lo hago —dije—, nunca se irán.
Isadora sonrió, satisfecha.
—Solo una muestra —dijo—. Emocional, no violenta.
—¿Qué tipo de muestra? —pregunté.
Valen respondió con calma inquietante.
—Recuerdo.
Sentí un nudo en el estómago.
—No.
—No te pedimos el peor —dijo Isadora—. Solo uno verdadero.
El colgante latía descontrolado.
—Esto es una invasión —dijo Lucien.
—Esto es política —respondió Isadora—. Y ella ya está dentro.
Cerré los ojos antes de que pudieran detenerme.
Pensé en el primer momento en que me sentí diferente. No poderosa. No especial.
Sola.
Dejé que el recuerdo subiera, no como imagen, sino como sensación.
El frío.
La ausencia.
La certeza de que algo en mí no encajaba… y nunca lo haría del todo.
El aire vibró.
Sentí cómo los tres emisarios reaccionaban al mismo tiempo.
Isadora dejó de sonreír.
Valen frunció el ceño.
Aren dio un paso atrás.
—Interesante… —murmuró Valen—. No es ambición.
—Ni sed de poder —añadió Isadora, casi incómoda.
Aren me miró fijamente.
—Es resistencia.
Abrí los ojos.
El silencio era distinto ahora. Más tenso. Más real.
—¿Eso es suficiente? —pregunté.
Valen no respondió de inmediato.
—Es… problemático —dijo al fin.
—¿Por qué? —preguntó Ethan.
Valen me miró directamente.
—Porque no puedes ser controlada sin romperte.
Isadora cruzó los brazos.
—Y romperte tendría consecuencias.
Lucien apretó los puños.
—Entonces ya tenéis vuestra respuesta.
—No del todo —dijo Aren.
Señaló el colgante.
—Eso no es solo tuyo.
El latido se intensificó.
—Pertenece a algo antiguo —continuó—. Algo que precede a los clanes.
Valen suspiró.
—Y eso nos obliga a hacer la siguiente pregunta.
Se volvió hacia mí.
—Bella… si llega el momento, ¿a quién elegirás proteger primero?
Ethan.
Lucien.
La ciudad.
El pacto.
O a mí misma.
El silencio se estiró.
Y supe que esa pregunta era la más peligrosa de todas.