El lugar del Consejo no figuraba en ningún mapa.
No porque estuviera oculto, sino porque nadie lo buscaba a menos que fuera llamado. Se manifestaba solo cuando el pacto lo permitía, y esa noche el aire entero parecía empujarnos hacia él.
El viaje fue silencioso.
No hablamos mientras avanzábamos por el sendero que se abría entre los árboles como una herida antigua. El colgante me guiaba, pulsando con un ritmo lento y constante, marcando el camino mejor que cualquier señal visible.
Cuando el bosque se abrió, lo vi.
Un círculo de piedra blanca emergía de la tierra, tallado con símbolos que parecían moverse si los mirabas demasiado tiempo. En el centro, una plataforma elevada sostenía un trono vacío.
—Ese no debería estar vacío —murmuró Ethan.
Lucien no respondió.
Sentí un escalofrío.
Alrededor del círculo, figuras comenzaron a materializarse una a una. No caminaban. Aparecían, como recuerdos invocados.
Vampiros antiguos. Custodios. Representantes de clanes que no se hablaban desde hacía siglos.
Todos me miraban.
No con odio.
Con cálculo.
—El Consejo ha sido convocado —dijo una voz que no pertenecía a ningún cuerpo en concreto—. Que la portadora del ancla avance.
Mi estómago se contrajo.
Lucien dio un paso adelante conmigo, pero una barrera invisible se interpuso.
—Solo ella —dijo la voz.
Ethan apretó la mandíbula.
—No la dejaremos sola.
—No lo está —respondió la voz—. Nunca lo ha estado.
El colgante ardió.
Avancé.
Cada paso hacia el centro del círculo pesaba como si caminara sobre promesas rotas. Al llegar a la plataforma, el trono vacío vibró y las runas se iluminaron.
Una figura comenzó a formarse sobre él.
No era Mael.
Era algo más antiguo. Más neutro.
—Bella —dijo la figura—. Has sido observada.
—Lo sé —respondí.
—Has interferido —continuó—. Has resistido. Has impuesto límites donde no existían.
—Porque eran necesarios.
Un murmullo recorrió el círculo.
—El Consejo no existe para aceptar lo necesario —dijo la figura—. Existe para preservar lo establecido.
—Entonces estáis atrasados —respondí.
Ethan contuvo el aliento detrás de la barrera.
Lucien sonrió apenas.
—Silencio —ordenó la figura—. Portadora, responde: ¿reconoces el Pacto Antiguo?
—Reconozco sus consecuencias —dije—. No su justicia.
La figura me observó durante un largo segundo.
—Eso es… inusual.
Las runas del colgante comenzaron a proyectarse en el aire, formando imágenes fragmentadas.
Un ritual.
Un linaje oculto.
Un sacrificio que no fue contado.
Sentí un vértigo profundo.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Tu herencia —respondió la figura—. Aquello que Mael quiso enterrar.
Un susurro recorrió a los presentes.
—No —dijo alguien desde el círculo—. Eso no puede salir a la luz.
—Ya lo está —respondí.
La figura alzó una mano.
—Bella —dijo—. Antes de continuar, debes responder a la pregunta que el Consejo ha evitado durante siglos.
El aire se volvió pesado.
—¿Qué ocurre cuando el equilibrio deja de servir a los vivos?
El silencio fue absoluto.
Y supe que mi respuesta no solo definiría mi lugar en el Consejo.
Definiría el futuro del pacto.
El silencio se estiró como una cuerda a punto de romperse.
Todos esperaban mi respuesta.
Sentí el colgante latir una sola vez, profunda, como un corazón antiguo recordándome que no estaba allí para agradar, sino para decir la verdad.
—Cuando el equilibrio deja de servir a los vivos —dije al fin—, deja de ser equilibrio y se convierte en una jaula.
Un murmullo recorrió el círculo, esta vez más áspero, más dividido.
—Eso es herejía —escupió una voz desde las sombras.
—No —respondí sin mirar—. Es memoria.
La figura del trono inclinado se irguió ligeramente.
—Explícate, portadora.
Respiré hondo.
—El pacto fue creado para evitar la destrucción —continué—. Pero con el tiempo, empezó a protegerse a sí mismo más que a quienes debía servir. Se sacrificaron verdades, linajes, vidas… para mantener una apariencia de estabilidad.
Las runas flotantes se intensificaron.
—Y yo existo —añadí— porque alguien decidió que olvidar era más cómodo que asumir las consecuencias.
Una imagen estalló en el aire.
Vi a una mujer joven, humana, rodeada de vampiros antiguos. No temblaba. No suplicaba. Sostenía el colgante entre las manos mientras la sangre le corría por los dedos.
—Ella fue la primera —susurró la figura—. La primera ancla consciente.
Un nudo se formó en mi garganta.
—¿Era… mi antepasada? —pregunté.
—Más que eso —respondió la figura—. Era el origen del linaje que Mael debía proteger.
Un murmullo furioso recorrió a los clanes.
—¡Mael traicionó su juramento! —gritó alguien.
—No —corrigió la figura—. Lo reinterpretó.
Sentí un frío intenso recorrerme.
—¿Qué le hizo? —pregunté, aunque ya lo intuía.
La imagen cambió.
La mujer cayó de rodillas. El colgante fue arrancado de su cuello. Los recuerdos fueron sellados. El linaje dispersado, mezclado con humanos para que se debilitara.
—Mael decidió que recordar era demasiado peligroso —dijo la figura—. Así que convirtió a los guardianes en mitos.
Lucien golpeó la barrera con el puño.
—¡Eso es genocidio silencioso!
—Fue aprobado —respondió una voz desde el Consejo.
Giré la cabeza.
Un vampiro de ojos dorados dio un paso al frente.
—Yo voté a favor —dijo sin arrepentimiento—. Y no fui el único.
Ethan rugió.
—Cobardes.
—Supervivientes —corrigió el vampiro—. El equilibrio se mantuvo durante siglos.
—A costa de borrar a personas reales —respondí—. A costa de mí.
El colgante ardió.
—Por eso Mael teme que recuerde —continué—. Porque si lo hago… el pacto ya no puede sostenerse sobre mentiras.
La figura del trono guardó silencio un instante demasiado largo.
—El Consejo está dividido —dijo al fin—. Algunos desean protegerte. Otros desean silenciarte.
—¿Y tú? —pregunté.
—Yo deseo probarte —respondió.
El suelo vibró.
—No —dijo Lucien desde detrás de la barrera—. Ya la habéis probado suficiente.
La figura alzó una mano.
—La prueba no es de poder.
Las runas cambiaron de forma.
—Es de elección.
El círculo comenzó a cerrarse lentamente.
—Te ofrecemos dos caminos, Bella del linaje ancla.
Mi corazón se aceleró.
—Habla.
—Aceptar la custodia del Consejo —dijo la figura—. Convertirte en símbolo controlado. El pacto se mantiene. Mael será contenido.
—¿Y el otro? —pregunté.
—Rechazarlo —continuó—. Recuperar la memoria completa del linaje… y romper el pacto tal como existe.
El aire se volvió irrespirable.
—Eso sería guerra —susurró alguien.
Miré a Ethan.
A Lucien.
Sentí el peso de siglos empujándome.
—¿Y Mael? —pregunté.
La figura no dudó.
—Vendrá a por ti en ambos caminos.
El colgante latió, firme.
Y entendí que la verdadera prueba no era elegir entre bien y mal.
Era elegir entre seguridad y verdad.