Ecos de sangre

Después del pacto

El mundo no se rompió.
Eso fue lo primero que entendí al amanecer.
El sol salió como siempre, lento y dorado, filtrándose entre los árboles como si nada hubiera ocurrido. Los pájaros cantaban. El viento se movía con normalidad. La vida seguía.
Pero el equilibrio ya no era el mismo.
Me desperté con una presión constante en el pecho, no dolorosa, pero presente. El colgante estaba frío, más pesado que nunca, como si se hubiera asentado definitivamente en mí.
No ardía.
No avisaba.
Simplemente existía.
—Eso es peor —murmuré.
La casa estaba en silencio. Bajé las escaleras despacio y encontré a Ethan en la cocina, apoyado contra la encimera, con una taza intacta entre las manos.
No había dormido.
—¿Cuánto tiempo llevo fuera? —pregunté.
—Unas horas —respondió—. Después del Consejo… te desplomaste.
—¿Lucien?
—En el bosque —dijo—. Necesitaba distancia.
Asentí. Lo entendía demasiado bien.
—El mundo ha reaccionado —añadió—. No de forma visible. Pero lo siento.
—Yo también.
No era una sensación concreta. Era como si miles de miradas invisibles se hubieran girado al mismo tiempo hacia un único punto.
Hacia mí.
—Criaturas antiguas están despertando —continuó Ethan—. No todas son hostiles… pero tampoco neutrales.
—Nunca lo son —respondí.
Me senté frente a él.
—¿El Consejo?
Ethan soltó una risa breve y amarga.
—Fragmentado. Algunos clanes se han retirado del pacto. Otros quieren renegociar. Y unos pocos… te consideran una amenaza directa.
—¿Y Mael?
Ethan me miró fijamente.
—No ha vuelto a aparecer.
Eso no me tranquilizó.
—Nunca ataca cuando lo esperas —dije.
—No —confirmó—. Ataca cuando cree que estás cansada.
El silencio cayó entre nosotros.
—Ethan… —empecé.
—No —me interrumpió con suavidad—. Déjame decirlo yo primero.
Dejó la taza a un lado.
—Lo que hiciste fue necesario —dijo—. Pero ahora pagaremos el precio.
—Lo sé.
—Y aun así… lo volvería a hacer —añadió.
Le sostuve la mirada, con el corazón apretado.
—Gracias.
Salí al exterior.
El bosque parecía normal, pero lo sentía distinto. Más abierto. Más atento.
Lucien estaba junto al río, de espaldas, con las manos hundidas en el agua.
—No deberías tocarlo así —dije—. Está helada.
—Lo sé.
No se giró.
—El pacto mantenía cerradas muchas puertas —continuó—. Algunas dentro de mí.
Me acerqué despacio.
—¿Estás enfadado conmigo?
Lucien respiró hondo.
—No —dijo—. Estoy asustado.
Eso dolió más.
—Nunca quise—
—Lo sé —me interrumpió—. Pero ahora ya no puedo fingir que esto es solo una misión.
Se giró por fin. Sus ojos estaban más oscuros que de costumbre.
—Mael te ve como un principio —dijo—. Otros te verán como un final.
—¿Y tú?
Lucien me sostuvo la mirada.
—Yo te veo como alguien que va a tener que perder cosas para no perderse a sí misma.
El colgante latió, suave.
Y por primera vez desde el Consejo, sentí miedo de verdad.
No por el mundo.
Por mí.

La noticia no se propagó como un incendio.
Se deslizó.
Como una corriente subterránea que cambia el curso del agua sin romper la superficie.
Durante los días siguientes, la ciudad empezó a sentirse… distinta. No peligrosa. Vigilante. Las calles parecían un poco más silenciosas, las sombras un poco más largas. Algunas personas evitaban mirarme sin saber por qué. Otras me observaban con una curiosidad que no entendían.
—Te están sintiendo —dijo Ethan una noche—. Incluso los humanos.
—No deberían —respondí.
—No pueden evitarlo —añadió—. Has movido algo muy profundo.
Lucien empezó a ausentarse más tiempo. No huía, pero tampoco se quedaba. Su presencia era intermitente, como si necesitara asegurarse de que aún podía elegir cuándo acercarse.
Eso me dolía más de lo que quería admitir.
La primera pérdida llegó sin dramatismo.
Fue una tarde normal. Volvía del instituto cuando sentí el colgante vibrar con una urgencia distinta, brusca, desordenada.
No era aviso.
Era despedida.
Corrí.
No supe hacia dónde hasta que mis pies me llevaron al antiguo puente de piedra, en las afueras. Allí, apoyada contra la barandilla, estaba Mara.
Mi amiga.
Mi ancla humana.
—Bella —dijo al verme—. Sabía que vendrías.
Su voz temblaba.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, con el corazón en la garganta.
—He estado soñando contigo —respondió—. Con luces, con sombras… con cosas que no deberían existir.
El colgante ardía.
—Mara, tienes que irte a casa —dije—. Ahora.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo —susurró—. Desde que pasó eso… ya no encajo.
Di un paso hacia ella.
—Escúchame. Todo va a estar bien.
—No —dijo, con una sonrisa triste—. Para mí ya no.
Antes de que pudiera reaccionar, sentí la presencia.
Una sombra demasiado rápida.
Un error mío.
—¡No! —grité.
Fue un movimiento limpio. Preciso. Cruel.
Cuando llegué a ella, ya no respiraba.
El mundo se apagó por un segundo.
—No… no… —susurré, sosteniéndola.
Lucien apareció de la nada, furioso.
—Bella…
Ethan llegó justo después.
No dijeron nada.
No hacía falta.
—Esto es culpa mía —dije—. Si no hubiera—
—No —dijo Ethan con firmeza—. Esto es una represalia.
Lucien apretó los puños.
—Mael no ensucia sus manos —dijo—. Deja que otros lo hagan.
Me levanté despacio.
Algo dentro de mí se cerró.
—No puedo permitir que nadie más se acerque a mí —dije—. A nadie humano.
Ethan me miró con preocupación.
—¿Qué estás diciendo?
—Que tengo que cortar todo lazo —respondí—. Escuelas. Amigos. Vidas normales.
Lucien dio un paso hacia mí.
—Eso te aislará.
—Ya lo estoy —respondí.
Miré el cuerpo de Mara una última vez.
—Si esto es el precio de la verdad… entonces pagaré sola.
El colgante se enfrió por completo.
Y supe que acababa de perder algo que no podría recuperar jamás.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.