Ecos de sangre

Líneas de sangre

La sangre siempre recuerda.
No importa cuántos pactos se firmen, cuántas verdades se oculten o cuántos siglos pasen. La sangre guarda memoria. Y esa noche, la mía empezó a hablar.
El colgante reaccionó sin aviso.
No ardió.
No vibró.
Llamó.
Me desperté con una certeza absoluta: no estaba sola en mi cuerpo.
—Ethan —susurré, levantándome—. Algo va mal.
Él apareció en segundos.
—El ancla está activa —dijo, mirándome fijamente—. Pero no te está atacando.
—Me está mostrando algo.
Salimos antes de que amaneciera. El bosque nos guió hasta una zona que jamás había visto, aunque llevaba toda la vida allí. Los árboles crecían retorcidos, como si evitaran tocar el centro de un claro perfectamente circular.
—Aquí no entra nadie —murmuró Ethan—. Es territorio antiguo.
El suelo estaba cubierto de símbolos grabados directamente en la roca. No eran runas vampíricas. Eran más viejas.
—Esto no es un santuario —dije—. Es una tumba.
El colgante flotó.
La piedra del centro se abrió con un sonido seco, definitivo.
Y la verdad empezó a filtrarse.
Vi a una mujer.
Mi rostro, pero distinto. Más duro. Más antiguo.
Sangraba.
—¿Quién es? —pregunté, sin poder respirar.
Ethan palideció.
—Bella… —dijo—. Esa es la primera portadora del ancla.
—¿Y por qué se parece a mí?
La visión continuó.
Vampiros arrodillados. Humanos suplicando. El Consejo aún joven, aún inseguro.
Y Mael.
Más joven. Más arrogante.
—Ella era tu antepasada directa —dijo Ethan—. No solo portadora. Fundadora del pacto.
—Eso es imposible.
—Por eso el Consejo lo ocultó.
La mujer habló en la visión.
—Mi sangre sostendrá el equilibrio. Pero nunca deberá ser obligada de nuevo.
El Consejo aceptó.
Mael no.
—Él la traicionó —susurré.
—Y selló su linaje —asintió Ethan—. Hasta que tú naciste.
Caí de rodillas.
—Entonces… esto no me eligió al azar.
—No —dijo Ethan—. Te reclamó.
El colgante se integró más profundamente en mi piel, marcándome con un símbolo apenas visible sobre el corazón.
Sentí el peso de generaciones.
—Mael no quiere destruirte —dijo Ethan—. Quiere controlarte.
—No lo conseguirá —respondí.
El viento cambió.
Lucien apareció al borde del claro.
—Llegué tarde, ¿verdad?
Levanté la mirada.
—Siempre lo supiste.
Lucien no lo negó.
—Sabía que tu sangre era distinta —dijo—. No sabía cuánto.
—¿Y aun así te quedaste?
Se acercó despacio.
—Porque incluso sabiendo lo que eres… sigues siendo tú.
Eso casi me rompe.
Pero no había tiempo.
El bosque crujió.
Presencias.
—No somos los únicos que hemos escuchado el llamado —dijo Lucien.
Desde las sombras, ojos antiguos se abrieron.
La sangre había despertado.
Y ya no habría vuelta atrás.

El bosque se llenó de pasos que no tocaban el suelo.
No eran vampiros comunes. Su presencia era más pesada, más densa, como si el aire mismo se inclinara ante ellos. Los Antiguos emergieron de entre los árboles, envueltos en capas de sombra y tiempo.
—La sangre ha despertado —dijo uno de ellos, con voz quebrada por los siglos—. Y no pertenece a este siglo.
Lucien se colocó delante de mí sin pensarlo.
—Da un paso más y arderás.
El Antiguo sonrió, mostrando colmillos largos y desgastados.
—Tú no mandas aquí, guardián.
Ethan tensó el cuerpo.
—Esto es territorio sellado —dijo—. Retiraos.
—El sello murió con el pacto —respondió otra figura—. Y el pacto ha sido roto por ella.
Todas las miradas se clavaron en mí.
Sentí el colgante calentarse, esta vez con furia contenida.
—No he roto el equilibrio —dije—. He expuesto la mentira.
—Para nosotros es lo mismo —respondieron.
Uno de ellos avanzó.
Demasiado rápido.
Lucien atacó primero. El choque fue brutal, una explosión de fuerza que lanzó hojas y tierra al aire. Ethan se movió a mi lado, murmurando palabras antiguas que hacían vibrar los símbolos del suelo.
Entonces sentí algo peor.
Traición.
Un pulso familiar se retiró del círculo.
—Ethan… —susurré.
Demasiado tarde.
Uno de los símbolos se apagó.
—¿Qué has hecho? —gritó Lucien.
Ethan no me miraba.
—Lo necesario para que sobrevivas —dijo—. Aunque me odies por ello.
El claro se cerró sobre sí mismo.
—Me está entregando —entendí—. A ellos.
—A uno de ellos —corrigió Ethan—. A Mael.
El cielo se oscureció.
La presión se volvió insoportable.
—No —dije—. No voy a ser moneda de cambio.
El colgante explotó en luz.
No perdí el control.
Lo tomé.
La energía se desplegó como alas invisibles, obligando a los Antiguos a retroceder. El suelo se fracturó, pero no se rompió. Todo obedecía.
—¡Bella, para! —gritó Lucien—. Te está consumiendo.
—No —respondí—. Me está revelando.
Vi cada línea de sangre. Cada juramento roto. Cada mentira sostenida con sacrificios humanos.
—Mael teme esto —dije—. Teme que recuerde.
Con un gesto, el claro se abrió.
Un portal.
—Vete —le dije a Ethan—. Antes de que no pueda perdonarte.
Ethan me miró por primera vez, con los ojos llenos de culpa.
—Lo siento.
Desapareció.
Lucien se acercó, herido pero en pie.
—Has cruzado un límite —dijo.
—Lo sé.
—Y ya no podrás volver a ser solo humana.
—Nunca lo fui —susurré.
Las sombras se retiraron.
Pero el precio quedó claro.
Mael me había llamado.
Y esta vez, no iba a ignorarlo.

El lugar donde Mael me esperaba no pertenecía a ningún mapa.
No era bosque.
No era ruina.
No era mundo.
Era un espacio suspendido entre decisiones no tomadas.
El suelo parecía cristal oscuro, reflejando recuerdos en lugar de rostros. Cada paso que daba mostraba fragmentos de vidas que no eran mías… y algunas que sí.
—Has venido —dijo Mael.
Estaba de pie, impecable, como si los siglos no lo tocaran.
—No por ti —respondí—. Por la verdad.
Mael sonrió.
—Siempre dices eso.
—Esta vez no puedes ocultarla.
El colgante latía con una fuerza constante, estable. No me dominaba. Me acompañaba.
—Lucien no debía seguirte —añadió Mael, observando detrás de mí.
—No lo sigo —dijo Lucien, apareciendo—. Elijo.
Mael lo miró con atención renovada.
—Interesante —murmuró—. Aún no lo sabe.
—¿Saber qué? —pregunté.
Mael caminó a mi alrededor.
—Que su destino está atado al tuyo desde antes de que nacieras.
El mundo se tensó.
—Mientes.
—No —respondió—. Te protegí de esta verdad porque era peligrosa.
—O porque te convenía —espeté.
Mael alzó una mano.
La visión se abrió sin permiso.
Vi a Lucien… humano.
Joven. Sangrando.
Y a mi antepasada, la primera portadora, arrodillada junto a él.
—Él morirá —decía el Consejo—. No pertenece a este equilibrio.
—Entonces lo ataré a él —respondió ella—. A mi sangre. A mi linaje.
—Eso es imposible —susurré.
—Lucien fue salvado por el ancla —dijo Mael—. Convertido para custodiarla. Para custodiarte.
Lucien retrocedió.
—No… —dijo—. Yo elegí convertirme.
—Elegiste porque la elección ya estaba escrita —respondió Mael—. Tu lealtad no es amor. Es programación.
Eso me rompió.
—Mírame —le dije a Lucien—. Mírame.
Él lo hizo. Sus ojos estaban llenos de confusión… y algo más fuerte.
—Si lo que siento no es real —dijo—, entonces no debería doler tanto.
Mael suspiró.
—Ahí está el problema del libre albedrío —dijo—. Siempre encuentra la forma de estropear los planes.
El colgante reaccionó.
No con violencia.
Con decisión.
—El vínculo puede romperse —dije—. ¿Verdad?
Mael se tensó.
—Puede —admitió—. Pero uno de los dos no sobrevivirá siendo el mismo.
—Entonces lo romperé —dije—. Porque no quiero a un guardián. Quiero a alguien que elija quedarse.
Lucien dio un paso hacia mí.
—Si hacerlo significa perderte… no lo hagas.
—No —respondí—. Significa darte la opción de irte.
El símbolo sobre mi pecho ardió.
Sentí cómo algo antiguo se deshacía, como cadenas invisibles cayendo una a una.
Lucien gritó.
El mundo tembló.
Mael retrocedió.
—Eres más peligrosa de lo que creí —dijo—. Ya no te necesito controlada.
—Nunca lo hiciste —respondí—. Solo tenías miedo.
El vínculo se rompió.
No con un estallido.
Con silencio.
Lucien cayó de rodillas, respirando con dificultad.
Me acerqué.
—Ahora elige —susurré.
Levantó la mirada.
—Siempre te elijo —dijo—. Incluso si mañana no soy quien fui ayer.
Mael observó, serio.
—Has cambiado el tablero —admitió—. La guerra ya no será por control… sino por supervivencia.
—Entonces que empiece —dije.
El espacio se cerró.
Cuando regresamos al bosque, el amanecer nos esperaba.
Nada estaba resuelto.
Pero por primera vez, todo era real.




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