Ecos de sangre

Lo que Despierta

Lucien no despertó igual.
Eso lo supe antes incluso de que abriera los ojos.
Su respiración era humana. Irregular. Demasiado… viva. El aire alrededor de él ya no vibraba con la presencia vampírica constante a la que estaba acostumbrada.
—Lucien —susurré.
Sus párpados se movieron lentamente.
Cuando me miró, sentí un golpe seco en el pecho.
Sus ojos.
Seguían siendo oscuros… pero ya no antiguos.
—¿Bella? —dijo—. ¿Dónde…?
Se llevó una mano al pecho, como si buscara algo que ya no estaba.
Ethan apareció desde la línea de los árboles.
—Esto no debería ser posible…
Me giré hacia él, furiosa.
—¿Qué le hiciste?
—Nada —respondió—. Tú lo hiciste.
Lucien intentó incorporarse. Se tambaleó.
Lo sostuve.
—Tranquilo —le dije—. Estoy aquí.
—Algo falta —murmuró—. Como si… hubiera perdido una parte de mí.
Ethan tragó saliva.
—El vínculo no solo lo ataba a ti —dijo—. Lo sostenía.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Que ahora su naturaleza está… inestable.
Lucien alzó la mirada.
—¿Soy humano?
Ethan negó lentamente.
—No del todo.
El colgante latió, incómodo.
—El ancla ha despertado algo más —continuó—. Algo que llevaba siglos dormido.
El bosque respondió con un susurro grave.
No era viento.
—No estamos solos —dije.
Una figura emergió entre los árboles.
Alta. Envuelta en símbolos vivos. Sus ojos no brillaban como los de los vampiros. Observaban.
—La portadora que rompió la cadena —dijo—. Al fin despierta.
Sentí frío.
—¿Quién eres?
—Soy lo que queda cuando el equilibrio falla —respondió—. El Custodio del Umbral.
Lucien se tensó.
—Eso es un mito.
—Los mitos solo son verdades que esperan —replicó la figura—. Y tú… eres la grieta.
Me colocó la mirada encima como si me midiera.
—El vínculo roto ha activado el llamado —dijo—. Otros vendrán.
—¿A por mí? —pregunté.
—A por ambos —respondió—. Porque ahora él ya no pertenece a ningún bando.
Lucien apretó los dedos.
—Entonces ¿qué soy?
El Custodio sonrió sin alegría.
—Eres la pregunta que nadie quiso responder.
El colgante ardió.
Supe que esto no era solo una consecuencia.
Era una advertencia.

Lucien dejó de salir al bosque.
No porque no quisiera, sino porque el bosque ya no lo aceptaba. Los árboles crujían cuando se acercaba, la tierra se endurecía bajo sus pies. Era como si la naturaleza misma dudara de él.
—Nunca había visto esto —dijo Ethan—. El mundo no sabe dónde colocarlo.
—¿Y yo? —preguntó Lucien—. ¿Dónde me coloca?
No supe qué responder.
Las señales no tardaron en llegar.
Primero, los animales huyeron. Luego, los símbolos antiguos comenzaron a aparecer en lugares donde jamás habían estado: muros, carreteras, incluso en la fachada del instituto.
—Están marcando territorio —dijo Ethan—. Declaración silenciosa.
—¿De quién? —pregunté.
Ethan me miró con gravedad.
—De todos.
El Custodio volvió al anochecer.
—Debes ocultarlo —me dijo, señalando a Lucien—. O el equilibrio se ajustará por la fuerza.
—No voy a esconderlo como si fuera un error —respondí.
—No es un error —replicó—. Es una anomalía.
Lucien dio un paso al frente.
—Si esto acaba con violencia, será por mí.
—No —dije—. Será por el miedo de los demás.
El Custodio me observó con interés.
—Tu sangre habla con demasiada claridad —dijo—. Eso te hará enemigos.
—Ya los tengo.
Esa noche, Lucien perdió el control por primera vez.
No atacó.
Se desvaneció.
Su cuerpo se volvió intangible por un segundo, como humo atrapado en forma humana. Cuando volvió, cayó de rodillas, jadeando.
—No puedo sostenerme —dijo—. Algo me está reclamando.
El colgante vibró, alarmado.
—El Umbral —susurró el Custodio—. Lo has abierto y ahora responde.
—¿Qué quiere? —pregunté.
—Una elección —respondió—. Siempre la hay.
Ethan me tomó del brazo.
—Bella, si declaras esto abiertamente… no habrá marcha atrás.
Miré a Lucien.
Asustado. Vulnerable. Real.
—Entonces que lo sepan —dije—. No me esconderé más.
El cielo se oscureció.
No por la noche.
Por expectación.
El mundo sobrenatural había recibido el mensaje.
Y ahora, esperaba mi siguiente movimiento.

No fue un discurso.
No fue un ritual.
Fue una presencia.
Subí al punto más alto del bosque, donde los símbolos antiguos se cruzaban como cicatrices sobre la tierra. Ethan y el Custodio permanecieron atrás. Lucien estaba a mi lado, inestable, pero en pie.
—Si hago esto —le dije en voz baja—, ya no habrá escondites.
Lucien me miró.
—Nunca quise ser protegido por ti.
—No lo hago —respondí—. Te elijo.
El colgante se elevó, suspendido, y el mundo escuchó.
No hablé en voz alta.
No hizo falta.
Mi sangre llevó el mensaje.
El vínculo está roto.
La anomalía no será entregada.
Cualquiera que cruce este umbral lo hará sabiendo el precio.
El silencio duró tres segundos.
Luego atacaron.
No como un ejército.
Como una corrección.
Sombras descendieron desde distintos puntos, rápidas y precisas. Criaturas que nunca había visto antes: piel marcada por pactos, ojos vacíos de emoción.
—¡Ahora! —grité.
Ethan activó el perímetro. El Custodio abrió el Umbral parcialmente, conteniendo la presión.
Lucien gritó.
Su cuerpo volvió a fragmentarse, pero esta vez no se perdió. Algo respondió dentro de él, profundo, antiguo y nuevo a la vez.
—Bella… —dijo—. Siento dos caminos.
—Elige el que te mantenga aquí.
Lucien levantó la mirada.
Y eligió.
La energía estalló, no hacia fuera, sino hacia dentro. Su forma se estabilizó, pero distinta. Más clara. Más peligrosa.
Las sombras retrocedieron.
No derrotadas.
Advertidas.
El Custodio me observó con una mezcla de respeto y alarma.
—Has reclamado autoridad sin título —dijo—. Eso cambiará todo.
—Entonces que cambie —respondí.
El último atacante se desvaneció, dejando tras de sí un símbolo ardiendo en el suelo.
Ethan lo examinó.
—Esto es una marca de guerra —dijo—. Oficial.
Respiré hondo.
—Que quede claro —dije—. No empezamos esta guerra.
Lucien tomó mi mano.
—Pero la terminaremos.
El bosque se calmó lentamente.
No en paz.
En espera.
El Custodio dio un paso atrás, fundiéndose con la noche.
—Cuando el mundo te pida cuentas —dijo—, recordaré este momento.
El colgante volvió a mi pecho.
Pesado.
Definitivo.
Había hablado.
Y ahora, el equilibrio tendría que responder.




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