El primer error fue pensar que el silencio significaba tregua.
El segundo fue creer que las lealtades antiguas resistirían el miedo.
El mundo sobrenatural no respondió de inmediato a mi declaración. No hubo ataques esa noche ni al amanecer siguiente. Pero algo mucho peor empezó a suceder: los bandos se formaron.
Sin palabras.
Sin avisos.
Con ausencias.
Clanes enteros dejaron de responder. Territorios que siempre habían estado vigilados quedaron vacíos. Los símbolos protectores aparecían quebrados, no por fuerza, sino por abandono.
—Están eligiendo —dijo Ethan, observando el mapa extendido sobre la mesa—. Y no todos nos están eligiendo a nosotros.
Lucien permanecía apoyado en la pared, en silencio. Desde la ruptura del vínculo, algo en él se había asentado… pero no del todo. Su presencia era distinta. No vampírica. No humana. Algo intermedio, inestable, poderoso.
—¿Cuántos se han retirado? —pregunté.
—Cinco clanes mayores —respondió Ethan—. Y al menos tres menores.
—¿Y los Antiguos?
Ethan levantó la mirada.
—No toman partido. Observan.
Eso me inquietaba más que cualquier enemigo declarado.
El Custodio no había vuelto desde el ataque. Pero sentía el Umbral vibrar, como si algo caminara constantemente por el borde de la realidad.
Esa noche, Ethan me pidió hablar a solas.
—Hay algo que no te he contado —dijo, sin rodeos.
Lucien frunció el ceño.
—No —respondí—. Ya no hay secretos.
Ethan asintió, tenso.
—Entonces escúchame bien.
Se giró hacia Lucien.
—Cuando te entregué en el claro… no solo abrí el sello.
El aire se volvió pesado.
—Activé un juramento antiguo —continuó—. Uno que me ataba directamente al Consejo.
—¿Qué tipo de juramento? —pregunté.
Ethan cerró los ojos.
—Uno que se paga con sangre.
Sentí frío.
—¿La tuya?
—O la de alguien cercano —respondió—. El Consejo siempre cobra.
Lucien dio un paso al frente.
—Entonces la guerra ya empezó.
No hubo tiempo para discutirlo.
El ataque llegó como llegan las cosas inevitables: sin dramatismo, sin aviso.
Una explosión seca sacudió el perímetro.
—¡Al suelo! —gritó Ethan.
El bosque se iluminó con símbolos hostiles. Vampiros de clanes aliados al Consejo cruzaron el límite, acompañados por algo peor: cazadores humanos marcados.
—No deberían saber —susurré.
—Mael —dijo Lucien—. Está rompiendo todas las reglas.
El combate fue brutal.
No elegante.
No heroico.
Caótico.
Usé el ancla sin reservas, no para destruir, sino para desarmar, para expulsar, para doblar la realidad lo justo. Lucien se movía a mi lado con una precisión nueva, casi perfecta, como si su inestabilidad le diera acceso a algo distinto.
Ethan cayó de rodillas.
—¡Ethan! —grité.
Corrí hacia él.
La marca del juramento ardía en su cuello, viva.
—Ya empezó —jadeó—. El Consejo ha activado la deuda.
—No —dije—. No te llevarán.
—No pueden llevarme —respondió, mirándome con una calma terrible—. Solo pueden equilibrar.
Una figura emergió entre las sombras.
No Mael.
Peor.
Un ejecutor del Consejo.
—El juramento será saldado —dijo—. La sangre debe caer.
Lucien se interpuso.
—Tócala y mueres.
El ejecutor lo miró con desdén.
—Tú no existes dentro del equilibrio.
—Exacto —respondió Lucien—. Por eso soy libre.
Atacó.
Pero fue Ethan quien detuvo el golpe final.
—No —dijo—. Basta.
Me miró.
—Bella… prométeme algo.
—No —negué—. No hagas esto.
—Prométeme —insistió—. Que no dejarás que te conviertan en lo que ellos fueron.
La marca explotó en luz.
El ejecutor desapareció.
Y Ethan cayó.
Lo sostuve.
—No… no… —susurré.
Ethan sonrió, apenas.
—El equilibrio… acaba de perder a su mejor mentiroso.
Su cuerpo se volvió ceniza en mis manos.
El bosque quedó en silencio absoluto.
Lucien cerró los ojos.
—Esto ya no es política —dijo—. Es personal.
Me levanté despacio, cubierta de ceniza.
El colgante ardía.
—Que quede claro —dije, con voz firme—. El Consejo ha declarado la guerra.
Y esta vez… no habrá pactos que los salven.