Ecos de sangre

Cenizas y Coronación

El bosque tardó días en volver a respirar.
No porque estuviera herido, sino porque estaba de luto.
Las cenizas de Ethan no se dispersaron con el viento. Permanecieron en el claro, suspendidas, como si la tierra se negara a aceptarlas todavía. Nadie habló. Nadie se movió. Incluso las criaturas nocturnas guardaron silencio.
—No debería haber sido así —susurré.
Lucien estaba a mi lado. No me tocó. Sabía que, si lo hacía, algo en mí terminaría de romperse.
—Él eligió —dijo—. Como tú me dejaste elegir a mí.
—No era su momento.
—Nunca lo es.
Me arrodillé y dejé que el ancla descendiera. La energía envolvió las cenizas con una suavidad inesperada.
—No serás olvidado —dije—. No por mí. No por este mundo.
La tierra se abrió.
No como una tumba.
Como un reconocimiento.
Cuando todo terminó, sentí el peso completo de lo que había ocurrido. No solo había perdido a Ethan. Había perdido la última figura que aún creía en el equilibrio desde dentro.
—Ahora vendrán por ti directamente —dijo Lucien—. Sin intermediarios.
—Que vengan.
Nos movimos.
No por huida, sino por estrategia. Los clanes neutrales comenzaron a enviar emisarios: vampiros antiguos, híbridos, incluso humanos que sabían demasiado. No pedían órdenes. Pedían certeza.
—El Consejo está roto —dijo una mujer de ojos plateados—. Pero el vacío es peligroso.
—No quiero un trono —respondí—. Nunca lo quise.
—Nadie que lo merezca lo quiere —replicó ella—. Por eso estás aquí.
El Custodio regresó al tercer día.
No caminó.
Apareció.
—Has cruzado una línea que no se puede borrar —dijo—. El equilibrio ha colapsado oficialmente.
—Entonces deja de fingir que puede repararse.
El Custodio me observó largo rato.
—No vengo a detenerte —dijo—. Vengo a nombrarte.
El aire se tensó.
Lucien dio un paso adelante.
—No le pertenece ningún título.
—Precisamente —respondió el Custodio—. Por eso funcionará.
El ritual no fue anunciado.
No hubo corona.
Solo verdad.
Las cenizas de Ethan fueron el centro. La sangre de mi linaje activó los símbolos antiguos. El Umbral se abrió lo justo para que el mundo viera… y entendiera.
—No gobernarás por derecho —dijo el Custodio—. Gobernarás por responsabilidad.
Sentí el ancla cambiar.
No más peso.
Más claridad.
—No soy reina —dije.
—No —asintió—. Eres el eje.
Cuando el ritual terminó, algo quedó claro para todos los presentes: ya no había Consejo. Ya no había pacto antiguo.
Había una nueva estructura.
Inestable. Imperfecta.
Real.
Lucien me miró como si me viera por primera vez.
—¿Sigues siendo tú?
—Sí —respondí—. Pero ya no puedo permitirme dudar.
El cielo se oscureció.
No por amenaza.
Por reconocimiento.
En algún lugar, Mael sintió el cambio.
Y sonrió.
Porque las guerras más grandes no empiezan cuando alguien toma poder.
Empiezan cuando alguien no lo pide.




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