Mael no atacó de inmediato.
Eso fue lo más inquietante.
El mundo ya había aceptado el colapso del Consejo. Los clanes se reorganizaban, no por obediencia, sino por necesidad. Algunos se acercaban a mí con cautela. Otros levantaban muros invisibles. Y unos pocos… miraban hacia el norte.
Hacia Mael.
—Está reuniendo a los que no creen en ti —dijo Lucien—. A los que nunca aceptarán que alguien como tú sea el eje.
—No necesito que crean —respondí—. Solo que no destruyan lo que queda.
Lucien negó lentamente.
—Mael no quiere destruirlo. Quiere gobernarlo sin cadenas.
El mensaje llegó al anochecer.
No por emisario.
Por desafío.
El cielo se oscureció sobre la antigua fortaleza de piedra, un lugar que perteneció al primer linaje vampírico libre del Consejo. Las runas del Umbral vibraron con violencia.
—Es una convocatoria —dijo el Custodio—. No para ti.
Miré a Lucien.
—Es para él.
Lucien no se movió.
—Siempre quiso esto —dijo—. Probar que no necesito inclinar la cabeza ante nadie.
—Mael no te quiere de rodillas —respondí—. Te quiere de su lado.
—Eso nunca pasará.
La fortaleza estaba llena cuando llegamos. Vampiros antiguos, híbridos, criaturas que habían sobrevivido ocultas durante siglos. El ambiente era tenso, expectante.
Mael estaba en el centro.
No en un trono.
De pie.
—Lucien —dijo, abriendo los brazos—. El error corregido.
Lucien avanzó solo.
—No me corrigieron —respondió—. Me liberaron.
Mael sonrió.
—¿Y qué harás con esa libertad? ¿Servir a un nuevo eje? ¿Proteger a alguien que romperá cuando el peso sea demasiado?
Sentí el ancla vibrar, pero no intervine.
Esto no era mío.
—Bella no gobierna —dijo Lucien—. Sostiene. Tú solo dominas.
—La dominación trae orden —replicó Mael—. El orden trae supervivencia.
—A costa de quién —espetó Lucien—. Siempre eliges a otros para pagar.
Mael lo observó con una atención peligrosa.
—Te hice eterno —dijo—. Te di propósito.
—Me lo quitaste —respondió Lucien—. Y ahora lo he elegido yo.
El silencio se volvió insoportable.
—Entonces pruébalo —dijo Mael—. Renuncia a tu herencia.
El aire se rasgó.
Un círculo antiguo se activó bajo los pies de Lucien.
—Si cruzas este Umbral —continuó Mael—, perderás todo lo que te queda de tu naturaleza vampírica. Fuerza. Inmortalidad. Memoria extendida.
—Y si no lo cruzo —preguntó Lucien.
—Te arrodillas —respondió Mael—. Ante mí.
El Custodio tensó el cuerpo.
—Esto no estaba en las reglas.
Mael lo miró con desdén.
—Las reglas murieron con el Consejo.
Lucien cerró los ojos.
Lo vi respirar.
Lo vi decidir.
Me miró.
No pidió permiso.
Solo verdad.
—Si cruzo… —dijo—. ¿Seguiré siendo yo?
No pude mentirle.
—Sí —respondí—. Pero el mundo te dolerá más.
Sonrió.
—Entonces vale la pena.
Dio un paso adelante.
El Umbral reaccionó con violencia. La energía arrancó recuerdos antiguos, siglos de sangre y noche. Lucien gritó, pero no retrocedió.
Mael observaba, serio por primera vez.
Cuando todo terminó, Lucien cayó de rodillas.
Respirando.
Vivo.
Mortal.
Pero no humano.
Algo nuevo.
—Te has condenado —dijo Mael.
Lucien levantó la cabeza.
—No —respondió—. Me he elegido.
La fortaleza tembló.
Algunos se arrodillaron.
No ante Mael.
Ante la decisión.
Mael dio un paso atrás.
—Esto no ha terminado —dijo—. Ahora el mundo sangrará por tu eje.
—Ya lo hacía —respondí—. Tú solo lo ignorabas.
Nos retiramos sin persecución.
Esa noche, mientras Lucien dormía por primera vez como algo finito, entendí la verdad más dura de todas:
El rey que no se arrodilla
siempre obliga a otros a hacerlo.
Y la guerra que venía
ya no sería por poder.
Sería por significado.