Ecos de sangre

El precio de ser infinito

Lucien tardó tres días en despertar.
No tres noches.
Tres días completos.
El tiempo dejó de tener sentido en cuanto cruzó el Umbral. Su cuerpo ya no respondía a los ritmos antiguos. Dormía como duerme alguien que puede morir: profundamente, sin vigilancia, sin eternidad protegiéndolo.
Eso me aterrorizó más que cualquier batalla.
—Su pulso es estable —dijo el Custodio, observándolo—. Pero su esencia… se está reorganizando.
—¿Eso significa que sobrevivirá? —pregunté.
—Significa que está aprendiendo a existir de nuevo —respondió—. Y eso siempre duele.
No me separé de él.
El ancla permanecía tranquila, casi respetuosa, como si entendiera que aquí no debía interferir. Era la primera vez desde que todo empezó que no sentía su peso constante.
Lucien despertó al amanecer del cuarto día.
No con un sobresalto.
Con un suspiro.
—Bella… —murmuró.
Me incliné de inmediato.
—Estoy aquí.
Abrió los ojos lentamente.
Y por un segundo… no me reconoció.
El miedo me atravesó como una cuchilla.
—¿Lucien?
Parpadeó, respiró hondo.
—Sí —dijo—. Perdón… el mundo es muy ruidoso ahora.
—¿Qué quieres decir?
Se llevó una mano a la sien.
—Puedo oír mi propio corazón —susurró—. Nunca había sido tan… insistente.
El Custodio se acercó.
—Bienvenido a la finitud —dijo—. Cada latido importa.
Lucien cerró los ojos un momento.
—Entonces será mejor no desperdiciarlos.
Intentó incorporarse.
Falló.
Su cuerpo ya no tenía la fuerza automática de antes. Lo sostuve con cuidado, consciente de algo que nunca había tenido que pensar con él:
Podía romperse.
—No me mires así —dijo, notándolo—. Sigo siendo yo.
—Eso es lo que me da miedo —respondí—. Ahora puedo perderte.
Lucien me miró con una suavidad devastadora.
—Siempre pudiste —dijo—. Solo que antes fingíamos que no.
Los días siguientes fueron crueles en su simpleza.
Dolor físico.
Fatiga.
Recuerdos fragmentados que aparecían sin orden.
Lucien olvidó nombres antiguos. Batallas. Juramentos.
Pero recordaba cada momento conmigo.
—Curioso —dijo una noche—. Perdí siglos… pero no a ti.
Eso me rompió un poco más.
El mundo no esperó a que nos adaptáramos.
Los clanes comenzaron a presionar. Algunos exigían pruebas de que el eje seguía siendo estable. Otros cuestionaban abiertamente mi autoridad.
—Dicen que tu guardián ya no es inmortal —me informó el Custodio—. Lo ven como debilidad.
—Entonces no han entendido nada —respondí—. La debilidad es no poder elegir.
Mael se movía.
No con ataques directos.
Con símbolos.
Rumores.
Alianzas que se cerraban lentamente como trampas.
—Está preparando algo grande —dijo el Custodio—. Algo definitivo.
Lucien lo sintió antes que nadie.
Una noche, se despertó empapado en sudor.
—Vienen —dijo—. No por ti.
—¿Por quién?
Me miró.
—Por mí.
No como objetivo.
Como mensaje.
—No —respondí—. No voy a permitirlo.
Lucien tomó mi mano.
—Bella… escúchame.
Su voz temblaba, pero no de miedo.
—Elegí ser finito porque quería vivir de verdad —dijo—. No quiero que me conviertas en una razón para la guerra.
—Ya lo eres —susurré—. Para Mael.
—Entonces déjame ser también una razón para resistir —respondió—. No como arma. Como elección.
Lo abracé con cuidado.
Nunca lo había hecho así.
Como si el tiempo pudiera romperlo.
—Te amo —dije, sin pensar.
Lucien cerró los ojos.
—Entonces valió la pena cada pérdida.
A lo lejos, el Umbral vibró.
El Custodio apareció en la puerta.
—Mael ha convocado a los clanes del este —dijo—. No buscan negociar.
—¿Qué buscan? —pregunté.
—Un sacrificio —respondió—. Algo que devuelva sentido al caos.
Sentí el ancla reaccionar.
No con miedo.
Con advertencia.
Lucien me miró, serio.
—Si me piden a mí…
—No —lo interrumpí—. Nunca.
Él sonrió, triste y valiente a la vez.
—Entonces prepárate —dijo—. Porque Mael siempre cobra… donde más duele.
El cielo se oscureció.
No por la noche.
Por lo que se acercaba.
Y entendí que ser eje no significaba sostener el mundo.
Significaba decidir qué estás dispuesta a perder para que siga existiendo.




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