Ecos de sangre

El sacrificio que no eligieron

El mensaje de Mael no llegó con palabras.
Llegó con ausencias.
Tres enclaves neutrales ardieron en la misma noche. No hubo supervivientes sobrenaturales. Solo humanos confundidos, vivos, que no recordaban nada. Era una firma clara: Mael no buscaba territorio.
Buscaba obediencia.
—Está limpiando el tablero —dijo el Custodio—. Quitando todo lo que no puede controlar.
Lucien estaba pálido. Demasiado.
Desde que se volvió finito, el ancla reaccionaba de forma extraña a su cercanía. No lo rechazaba… pero lo medía. Como si el mundo aún no hubiera decidido qué hacer con él.
—No es el tablero —dijo Lucien—. Soy yo.
—No —respondí—. Esto no va de ti.
Lucien me miró con una calma peligrosa.
—Siempre va de lo que amas —dijo—. Mael lo sabe.
La convocatoria llegó al amanecer.
Un símbolo antiguo apareció grabado en piedra viva, visible para cualquiera que supiera mirar. Una asamblea forzada. Neutral. Definitiva.
—Si no vas —dijo el Custodio—, te declarará ilegítima.
—Si voy —respondí—, hará sangrar el suelo.
—Sí.
No lo dudé.
La asamblea se celebró en el Valle Hundido, un lugar donde la muerte nunca había terminado de irse. Los clanes llegaron uno a uno. Algunos con respeto. Otros con hambre. Mael estaba allí antes que nadie.
—Eje —dijo, inclinando apenas la cabeza—. Has venido.
—No por ti —respondí—. Por lo que estás rompiendo.
Mael sonrió con cansancio.
—Yo mantuve este mundo en pie cuando aún no habías nacido —dijo—. Tú solo has acelerado lo inevitable.
—Mentira —repliqué—. Has retrasado el cambio a costa de vidas.
El murmullo creció.
Mael levantó una mano.
—Basta —dijo—. No estamos aquí para debatir filosofía.
Se giró hacia Lucien.
—Estamos aquí para equilibrar.
El silencio fue absoluto.
—No —dije.
—Él es la anomalía —continuó Mael—. El símbolo de que las reglas ya no importan. Mientras exista… habrá guerra.
Lucien dio un paso adelante.
—Entonces tómame a mí —dijo—. Pero deja al mundo fuera.
—Lucien, no —susurré.
Mael lo observó con interés.
—Ves —dijo a la asamblea—. Incluso él lo entiende.
El Custodio avanzó.
—Esto no es equilibrio —dijo—. Es chantaje.
—El equilibrio siempre lo es —respondió Mael—. Solo cambia quién paga.
Sentí el ancla reaccionar con violencia.
No estaba de acuerdo.
—No puedes decidir esto —dije—. No sin romper el Umbral por completo.
Mael me miró, serio.
—Eso es exactamente lo que quiero que hagas.
Entonces lo entendí.
No quería a Lucien muerto.
Quería forzarme.
—Si lo sacrificas —continuó—, el mundo volverá a un orden reconocible. Si no… la guerra será total.
Los clanes esperaban.
El peso cayó sobre mí como una losa.
Lucien se acercó, despacio.
—Mírame —dijo.
Lo hice.
—No me convertí en finito para esconderme detrás de ti —susurró—. Si esta es mi elección… déjame hacerla.
—No es tu elección —respondí—. Te la están robando.
—Bella… —sonrió con tristeza—. El amor también es dejar ir.
Algo se quebró en mí.
—No —dije—. El amor es desobedecer cuando la ley es injusta.
El ancla ardió.
El Umbral respondió.
—No —advirtió el Custodio—. Si cruzas esa línea—
—Entonces que se rompa —respondí.
Levanté la mano.
El mundo se dobló.
No hacia la destrucción.
Hacia la negación.
El ritual de sacrificio se deshizo antes de completarse. Las marcas se apagaron. El Valle gritó, no de dolor, sino de liberación.
Mael retrocedió un paso.
Por primera vez.
—¿Qué has hecho? —preguntó.
—He quitado a la muerte de tu ecuación —respondí—. No puedes usarla si no obedece.
El silencio fue total.
Lucien cayó de rodillas, respirando con dificultad.
—Bella… —susurró—. ¿Qué te ha costado esto?
Lo sentí entonces.
La pérdida.
El Umbral se había cerrado para mí.
El Custodio me miró, pálido.
—Ya no puedes cruzarlo —dijo—. Has renunciado a una parte de lo que eras.
Mael me observó, lento, peligroso.
—Interesante —dijo—. Has elegido el mundo… sobre tu propia trascendencia.
—He elegido no ser como tú —respondí.
La asamblea se disolvió en caos.
No hubo vencedores.
Solo una verdad clara:
La guerra había cambiado de forma.
Y yo acababa de pagar un precio que aún no entendía del todo.
Lucien me sostuvo cuando me tambaleé.
—¿Te duele? —preguntó.
—Sí —respondí—. Pero sigo aquí.
Él apoyó la frente contra la mía.
—Entonces seguimos.
A lo lejos, Mael observaba.
Ya no con burla.
Con cálculo.
Porque había descubierto algo peligroso:
Yo no era incorruptible.
Pero tampoco negociable.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.