Mael eligió el lugar con intención.
El Tránsito.
Un punto antiguo donde antes convergían líneas del Umbral, ahora reducido a una cicatriz en la realidad. No había magia fluyendo, no había portales ni símbolos activos. Solo piedra quebrada, aire denso… y silencio.
—Quiere que lo veamos —dijo Lucien—. Que sepamos lo que está a punto de hacer.
—Siempre ha querido testigos —respondí—. Los tiranos necesitan memoria.
Llegamos al anochecer.
Mael estaba solo.
No protegido.
No oculto.
Esperando.
—Has cambiado el mundo —dijo sin girarse—. ¿Te sientes satisfecha?
—No —respondí—. Pero sigo creyendo que fue necesario.
Mael sonrió, lenta, cansadamente.
—Yo también pensé eso una vez.
Se volvió hacia nosotros. Su presencia ya no era la de un vampiro antiguo. Había algo… denso. Como si la realidad a su alrededor se ajustara para incluirlo.
—No puedes convertirte en el límite —dije—. El mundo no soporta una sola voluntad.
—El mundo no soporta el caos —corrigió—. Y tú lo has liberado.
Lucien avanzó un paso.
—No eres la respuesta, Mael. Solo eres alguien que no supo soltar.
Mael lo miró con curiosidad genuina.
—Tú moriste —dijo—. Elegiste amar y pagar el precio. Te respeto por eso.
Luego me miró a mí.
—Pero tú… tú abriste una herida y huiste antes de ver cómo sangraba.
El Tránsito reaccionó.
La piedra vibró.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el Custodio, apareciendo entre sombras—. Esto no es un ritual permitido.
—No es un ritual —respondió Mael—. Es una sustitución.
Extendió los brazos.
Y el mundo respondió.
No con luz.
Con presión.
Sentí cómo la realidad intentaba reorganizarse alrededor de él, como si buscara una nueva constante. Un punto fijo. Un eje.
—Está forzando al mundo a aceptarlo —susurró el Custodio—. Si lo logra…
—Se convertirá en ley —terminé—. No gobernará… existirá como norma.
Lucien me miró, alarmado.
—¿Puedes detenerlo?
Intenté sentir el Umbral.
Nada.
Intenté el ancla.
Respondió… débil.
—No sola —admití.
Mael rió suavemente.
—Ese es el problema de tu mundo nuevo —dijo—. Requiere consenso. El mío… solo decisión.
El aire se quebró.
Visiones se filtraron: futuros posibles, líneas temporales intentando colapsar en una sola.
—¡Mael! —grité—. ¡Esto no es equilibrio! ¡Es dominación eterna!
—No —respondió—. Es descanso. Un mundo sin preguntas.
El Custodio gritó.
—¡Detente! ¡El Tránsito no soportará—!
Demasiado tarde.
La grieta se abrió.
Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Lucien avanzó.
Directamente hacia Mael.
—No puedes ser el límite —dijo—. Porque el límite no siente.
Se llevó la mano al pecho.
—Y tú… todavía tienes miedo.
Mael dudó.
Un segundo.
Pero fue suficiente.
—Lucien, no —susurré, entendiendo demasiado tarde.
Lucien cerró los ojos.
Y ofreció lo único que aún lo anclaba al mundo.
Su existencia finita.
El ancla reaccionó como nunca.
No se rompió.
Se expandió.
El Tránsito gritó, pero no colapsó. La presión se redistribuyó. El mundo rechazó la sustitución.
Mael cayó de rodillas.
No derrotado.
Despojado.
—¿Qué… hiciste? —preguntó, jadeando.
Lucien abrió los ojos.
Humanos.
—Le recordé al mundo que los límites nacen del amor… no del control.
Corrí hacia él.
—Lucien —dije, sosteniéndolo—. ¿Qué te pasa?
Sonrió, débil.
—Creo… que ahora sí pertenezco a un solo lado.
Mael nos miró.
Ya no como dios en ciernes.
Como hombre.
—Siempre creí que el sacrificio debía ser impuesto —susurró—.
—Y siempre te equivocaste —respondí.
El Tránsito se calmó.
La realidad se estabilizó.
Mael se levantó lentamente.
—No volveré a intentarlo —dijo—. El mundo que eliges… no me necesita.
—No —dije—. Pero tampoco te condena.
Se dio la vuelta y se fue.
Sin aplausos.
Sin trono.
Solo historia.
Lucien respiraba con dificultad.
—¿Te estoy perdiendo? —pregunté, aterrada.
—No —susurró—. Pero ya no soy eterno.
—Nunca quise que lo fueras —dije, llorando.
El Custodio se acercó.
—El mundo ha elegido —dijo—. No un límite… sino millones pequeños.
Miré el cielo.
No respondió.
Y por primera vez…
Eso estuvo bien.