Ecos de sangre

Donde terminan los mitos

El mundo no celebró.
No hubo señales en el cielo, ni canciones antiguas despertando. No hubo alivio inmediato. Solo… continuidad. El día después de que los mitos cayeran fue sorprendentemente normal.
Y eso fue lo más difícil de aceptar.
Lucien tardó semanas en recuperarse. No físicamente —el cuerpo humano sana—, sino en la forma silenciosa en la que uno aprende que ya no es indestructible. Cada respiración era un recordatorio. Cada latido, una promesa frágil.
—¿Te arrepientes? —le pregunté una noche, mientras observábamos la ciudad desde el tejado.
—No —respondió sin dudar—. Pero tengo miedo.
—Yo también.
Se giró hacia mí.
—Antes el miedo era algo que se ignoraba. Ahora… ahora importa.
Asentí.
—Eso significa que seguimos vivos.
El Custodio se despidió al amanecer del día treinta y uno.
—Ya no soy necesario —dijo—. El mundo no necesita guardianes eternos. Necesita testigos que recuerden… y dejen ir.
—¿Qué harás ahora? —pregunté.
Sonrió.
—Ser historia.
Y desapareció. No como un acto de magia. Como una decisión.
Los clanes se reconfiguraron. Algunos vampiros eligieron volverse mortales. Otros aceptaron el tiempo como parte del pacto. Hubo guerras pequeñas, inevitables, pero ninguna volvió a intentar dominarlo todo.
El mundo aprendía.
Mal.
Lento.
Humano.
Un día, mientras caminaba sola por el bosque donde todo había comenzado, sentí algo distinto. No poder. No llamado.
Memoria.
Ethan estaba allí.
No completo.
No visible.
Pero presente.
—No te quedaste —dije en voz baja.
—No —respondió, como un eco amable—. Pero tampoco me fui del todo.
Me senté en el tronco caído.
—A veces siento que fallé.
—Cambiaste el final —dijo—. Eso siempre duele.
—¿Valió la pena?
Hubo una pausa.
—Mira alrededor —respondió.
Lo hice.
El bosque no era eterno. Había hojas secas, ramas rotas, huellas nuevas. Vida que nacía y moría sin pedir permiso.
—Los mitos prometen orden —continuó—. Pero el amor… el amor promete elección.
—Te extraño.
—Lo sé —dijo con suavidad—. Y eso significa que fui real.
El eco se desvaneció.
No lloré.
Al volver a casa, encontré a Lucien cocinando. Quemando algo. Sonriendo como si no importara.
—Esto va a ser incomible —dijo.
—Perfecto —respondí—. Hoy no necesito perfección.
Nos sentamos juntos, compartiendo el desastre.
—¿Qué somos ahora? —preguntó.
Pensé en todo lo que habíamos sido: armas, símbolos, errores, sacrificios.
—Somos quienes eligieron quedarse —dije—. Sin garantías.
Lucien tomó mi mano.
—Eso suena aterrador.
—Lo es.
—Entonces… es real.
El cielo se oscureció poco a poco. Las estrellas aparecieron, no como promesas, sino como compañía distante.
El mundo siguió.
No mejor.
No peor.
Solo más honesto.
Y en ese lugar donde terminan los mitos, donde nadie es eterno y nada está escrito…
Elegimos vivir.
Juntos.




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