Ecos De Sangre Y Plomo

CAPÍTULO 18: CHECK POINT

La pesada puerta de malla del Puesto de Avanzada se abrió rápidamente; dos vigías la jalaban con fuerza desde el interior. Eduardo ingresó con precaución al mando del vehículo, cuidando de no dañar el valioso equipo de laboratorio recuperado de la casona. Liam y yo ingresamos un poco después en el jeep, estacionando a un costado de la plataforma de carga. Minerva, Kat y Annie nos aguardaban al pie de la explanada junto a una cuadrilla de soldados dispuestos a colaborar con la descarga. En solo unos pocos días, la popularidad y el peso estratégico de la científica dentro de la comunidad se habían disparado.

Descendimos a toda prisa. Al ver a Annie esperándome, el corazón se me desbocó en el pecho y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no salir corriendo a estrecharla entre mis brazos como en una de esas películas melosas de la era antigua que a Oz tanto le molestaban. La bióloga, por su parte, inspeccionaba el cargamento del camión con un entusiasmo desbordante, saltando de un extremo a otro de la carrocería. Por alguna razón me recordó a un gato curioso explorando territorio nuevo.

En medio del júbilo por haber recuperado sus herramientas y notas, Minerva comenzó a abrazar de forma efusiva a todos los que participamos en la expedición. Los vigías de apoyo no pudieron evitar sonreír emocionados, mientras que Eduardo, Liam y ella se fundieron en un gran abrazo fraternal de tres. Al intentar envolver a Oz, el veterano la rechazó al instante con un gesto helado de incomodidad, mientras que Mike simplemente le extendió la mano, estrechándosela con una firmeza militar. A mí me dio un rápido abrazo, no sin antes pedirle permiso a Annie con una mirada pícara; mi novia se lo concedió con un leve asentimiento y una sonrisa contenida.

Cegada por su propio entusiasmo, la científica terminó abalanzándose sobre Kat. Minerva, al dar un pequeño brinco para rodearle el cuello, terminó rozando de lleno el pecho de la ingeniera debido a la diferencia de estaturas. Kat no desaprovechó la oportunidad para poner una sonrisa maliciosa y divertida.

—¿Te gustan, cierto? —se burló Kat, moviendo las cejas de forma sugerente.

—¡Fue un descuido! —se erizó Minerva como un felino acorralado—. ¡Pervertida!

Su voz se elevó en un chillido agudo que desató una carcajada general en el patio. Annie intentó con todas sus fuerzas mantener la compostura escondiendo sus hermosos labios detrás del antebrazo, pero le resultó imposible aguantar la risa.

—Apúrense a descargar todo —ordenó Mike, fumando un puro improvisado en un rincón apartado de la explanada—. Tienen veinte minutos.

Las risas se cortaron de golpe. Los voluntarios se abalanzaron sobre la caja del vehículo como carroñeros, bajando las cajas de madera y los pertrechos a toda velocidad. Liam aprovechó el despliegue para ir a descansar a su carpa, mientras Eduardo tomó rumbo a la comandancia para redactar el informe técnico del despliegue. Sin embargo, al momento de manipular el contenedor con el ave Lumbriaz capturada, la bestia se sacudió violentamente en su encierro. La sacudida tomó por sorpresa a uno de los soldados, haciéndolo perder el equilibrio y azotar la espalda directamente contra el suelo de concreto.

—¡Cuidado con esa ave! —gritó Minerva, corriendo de inmediato a socorrer al espécimen.

—Disculpe, señorita... me sorprendió cuando se movió de golpe —respondió el soldado desde el piso, frotándose la nuca.

—¡Obvio que se iba a mover, si está viva! —lo reprendió la bióloga—. Ahora levántate de ahí.

Desde la perspectiva del militar caído en el suelo, la figura de Minerva se interponía directamente en su línea de visión, provocando un rubor instantáneo en el rostro del joven.

—Si no te mueves de ahí, jamás se va a poder levantar —comentó Kat con tono socarrón—. Lo estás distrayendo teniéndolo tan cerca.

Minerva tardó unos segundos en procesar el sentido morboso del comentario de su compañera. Sin embargo, acató la sugerencia, dio un paso atrás y se marchó a paso firme hacia su nuevo laboratorio, envuelta en una especie de aura de felicidad. Kat dejó escapar una risita suave al verla alejarse. Yo me mantenía al lado de Annie, observando todo el alboroto del patio.

—Minerva… ¿de verdad no se dará cuenta de sus proporciones? —preguntó Annie al aire, ladeando la cabeza.

—Puede que no. Después de todo, lleva demasiado tiempo viviendo sola en el humedal —le respondí con voz pausada—. Cambiando de tema... ¿cómo sigue tu herida?

—Bien. Me cambiaron los vendajes en la mañana y está cicatrizando rápido —me enseñó el brazo cubierto por gasas blancas como la nieve—. ¿Tienes algo más que hacer hoy?

—No lo sé —busqué la confirmación de Mike a lo lejos, quien me hizo una seña indicando que estaba libre—. Tengo tiempo. Creo que debería ir a dormir un rato, estoy molido.

—Vamos a comer algo primero. Doña Sara debe tener las raciones listas para ustedes —dijo Annie, inclinándose un poco hacia mí.

Echó a caminar hacia la puerta trasera del edificio principal. No pude evitar fijarme en su mano izquierda: su piel clara, las uñas cuidadas y el tono rosado suave que gobernaba la dermis de su palma me atraían con una fuerza irresistible. Apuré el paso tras tragar saliva con dificultad y, despojándome del guante táctico con cierta torpeza, extendí la mano. Aunque todavía dudaba de mi propia audacia, deslicé los dedos rozando suavemente la tersura de su piel. Ella se detuvo delicadamente. Entrelacé mis dedos con los suyos; el calor de su palma y la suavidad de su tacto resultaban un bálsamo contra la piel áspera y curtida de mi mano. Annie me miró levemente sonrojada, mientras sus ojos oscuros brillaban al encontrarse con los míos.




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