Ecos De Sangre Y Plomo

CAPÍTULO 19: EL CERCANO OESTE

La reunión terminó con instrucciones claras: los Reavers debíamos ponernos en movimiento. Mike le ordenó a Annie ir a revisarse con el doctor para evaluar la posibilidad de participar en la próxima misión o, en su defecto, determinar la fecha más próxima para su alta. Mientras tanto, Liam y Oz —quien no llegó a la citación, para variar— fueron designados para explorar el entorno, buscar rastros y establecer un punto de ingreso seguro hacia el sur.

En mi caso, la orden fue descansar o prestar apoyo a Minerva o a Kat en sus labores. La decisión me fastidió un poco, pero es el comandante y me toca acatar sus instrucciones. Asentí, mencionando que acompañaría a Annie al médico primero para luego reportarme con las «cerebritos» del Puesto de Avanzada.

Salimos de la oficina. El olor a café caliente mezclado con el hedor de la humedad causaba molestias en el olfato. Nuestros pasos resonaban sobre la madera con un crujido suave. Eduardo nos siguió el paso hasta llegar a la bifurcación que llevaba a un pequeño anexo donde solía haber un escritorio, el lugar donde se encerraba a diseñar estrategias, estudiar informes o esconderse de Mike cuando se ponía demasiado intenso.

La enfermería se encontraba vacía, salvo por el sonido de los trazos del médico sobre sus fichas en aquella sala blanca. Ingresamos sin golpear la puerta, haciendo sobresaltar al pobre hombre.

—A la otra golpeen o anúnciense antes de abrir de golpe —protestó rápidamente, llevándose la mano al pecho.

—Disculpe, doc. Mike nos envió con prisa para una consulta rápida —se me adelantó Annie, tomando asiento en la camilla—. El viejo necesita un aproximado de cuándo estaré operativa.

Lee nos miró con calma y se aseó las manos con meticulosidad. El chasquido seco del látex resonó en la sala al calzarse los guantes. Con una sola mirada me indicó que necesitaba espacio para revisar la herida de mi novia. Cedí un par de pasos, pero la preocupación por ver el estado de la laceración me impedía despegar la vista.

Con un movimiento lento y controlado, la venda dio paso a la herida que, bajo mis escasos conocimientos médicos, se veía bastante sana. El doctor comenzó a analizarla con detenimiento, evaluando temperatura, aspecto, firmeza y cada característica pertinente. Desinfectó el área con un líquido pardo de olor penetrante; lo que me llamó la atención fue que lo aplicó alrededor de la herida y no directamente sobre la cicatriz.

—Si Mike quiere mi opinión profesional, ahora le retiraré los puntos, pero el vendaje se mantendrá por dos semanas más, además de revisiones cada dos días —explicó sin levantar la mirada, mientras preparaba el campo estéril y sus herramientas—. Sé que no sabes mucho de heridas, Kael, pero esta laceración fue compleja. Tuvo suerte de no alcanzar un tendón, pero sí afectó el músculo y la piel.

El silencio reinó de golpe cuando inició el procedimiento. Annie apretaba mi mano por momentos cada vez que el doctor tiraba de un hilo. Sé que fueron solo unos minutos, pero para mí se sintieron como una eternidad. Al finalizar, el doctor desinfectó nuevamente la zona, colocó un vendaje limpio y le entregó un frasco con cápsulas.

—Annie, estos son analgésicos más suaves que los que has estado tomando estos días. Quiero que los cambies en cuanto se te acaben los antibióticos —dijo, depositando el frasco en su palma—. Te veo en dos días. Ten mucho cuidado: la herida está sana y recuperándose rápido, pero un mal movimiento y todo el cuidado se irá por la borda.

Annie se levantó y le dio las gracias con un pequeño gesto, aunque en su rostro el dolor aún era notorio. Lee se retiró la mascarilla y nos indicó que esperáramos un segundo.

—Con respecto a Mike, a ella le quedan por lo menos dos semanas para un alta completa, siempre que no haga movimientos bruscos —reiteró quitándose los guantes—. Si planea llevarla a la misión para cazar a esos Vaqueros, mi recomendación médica es que espere por lo menos dos semanas contando desde mañana. Disparar un arma o el movimiento constante en combate generaría demasiada tensión sobre la cicatriz y se abriría.

—Bien, doc, gracias por la información. Se lo comunicaré a Mike —tomé a Annie por la cintura mientras le abría la puerta con la otra mano—. Y cuidaré de ella, no se preocupe.

—No es necesario que seas tan protector —susurró Annie con las mejillas coloradas.

Cerré la puerta sin despegar la mano de su cintura; sentía cómo encajaba perfectamente con su figura mientras el calor de su piel se transmitía a través de la tela. Busqué su mirada: una mezcla entre vergüenza, incomodidad y felicidad brillaba en sus hermosos ojos. La solté de golpe.

—Discúlpame, creo que me propasé un poco —dije, intentando mirar hacia otro lado.

—Tranquilo, somos novios. Es solo que me tomaste desprevenida —respondió con suavidad, tomando mi muñeca para regresar mi mano a su cintura—. Se siente bien saber que me cuidarás.

—A mí también. Me gusta que me dejes cuidarte —la madera desgastada del techo se volvió interesante de golpe mientras el calor me subía por el rostro—. Sé lo fuerte y capaz que eres... pero que me dejes serte útil me hace sentir un gran hombre.

—Ah, ¿sí?... —sentí una chispa de malicia en su tono.

Una sensación áspera rozó mi cuello cuando su mano sujetó mi mejilla. Bajó mi cabeza con rapidez y suavidad a la vez, dándome un beso corto pero intenso. Su aliento conservaba la fragancia del té de la reunión y el terciopelo de sus labios me provocó un placentero escalofrío. Respondí al gesto sin dudarlo; fueron solo unos segundos, pero suficientes para que, al separarnos, solo quisiera volver a besarla.




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