La noche en que todo comenzó, llovían cuchillos sobre Seúl.
No era una metáfora.
Kim Namjoon sintió el filo cortar el aire a centímetros de su cuello y giró sobre sus talones con la gracia de un animal entrenado durante siglos. La daga negra se incrustó en el pilar de hormigón detrás de él, vibrando con un zumbido siniestro. La lluvia real (la de agua y truenos) empapaba las azoteas de los edificios, pero bajo la autopista elevada, en ese tramo de asfalto que ningún humano frecuentaba a las 3:00 de la madrugada, la tormenta era de acero y voluntad asesina.
— ¡Namjoon! — la voz de Jin resonó en su comunicador de hueso, un implante detrás de la oreja.
— Hay siete señales de caída en el sector este. No son humanos. Huelen a podrido. Huelen a viejos —
— Son Seguidores del Velo Rasgado — respondió Namjoon mientras esquivaba otra hoja. Su mano derecha envolvió la empuñadura de Aliento de Mármol, su espada gemela, y el metal cantó al salir del aire.
— Los despertaron. Alguien los despertó —
Del otro lado de la línea, Yoongi soltó una maldición apenas audible. Era suficiente. En la Hermandad del Cuervo Carmesí, las maldiciones de Yoongi equivalían a los partes de guerra de otros ejércitos.
Namjoon avanzó entre las sombras líquidas. Los siete guerreros se movían como un solo organismo: Hoseok cubría el flanco norte con su lanza bifurcada; Jimin rastreaba los latidos aterrados de los pocos humanos que aún dormían en los apartamentos cercanos; Taehyung susurraba runas en el aire para sellar los espejos (porque los Seguidores viajaban entre reflejos); Jungkook, el más joven, había desaparecido hace tres minutos, y eso significaba que ya estaba dentro del enjambre enemigo, partiendo cabezas con su hacha de doble filo.
— Jungkook, estado — pidió Namjoon.
— Divertido — respondió el novato, y el sonido de un cráneo reventándose acompañó la palabra.
Esa era la Hermandad. Guerreros nacidos de la tragedia, criados en la sangre y unidos por un juramento más antiguo que el rey Sejong. Durante 700 años habían protegido la ciudad sin que los humanos supieran que los monstruos que devoraban a los desprevenidos tenían nombres y rostros hermosos y dientes como navajas.
Pero esa noche, algo cambió.
Namjoon sintió primero el escalofrío. No era frío. Era una ausencia de calor, un vacío en el tejido mismo de la realidad, como si alguien hubiera rasgado un agujero en el universo y lo hubiera cosido mal. Se detuvo en seco. Los Seguidores a su alrededor también se detuvieron. Por un momento, el tiempo se convirtió en vidrio: frágil, transparente, a punto de romperse.
Luego, la visión.
Una mujer. Cabello negro cortado de forma desigual. Ojos color avellana que miraban directamente a través del velo. Tenía una mano apoyada en un espejo roto y la otra sostenía un libro con una portada de piel humana.
— Te veo — susurró ella, y su voz no venía de ningún lugar real, sino de dentro del cráneo de Namjoon.
— Guerrero de la noche. Los necesitas. Te necesito —
El espejo más cercano a Namjoon estalló en mil fragmentos. Cada trozo reflejaba una imagen distinta: un hospital, una estación de tren abandonada, un callejón con flores marchitas, una biblioteca en llamas. Y en cada reflejo, una mujer diferente. Siete mujeres.
La conexión se cortó tan bruscamente como había llegado. Namjoon cayó de rodillas sobre el asfalto mojado, la espada temblando en su mano. A su alrededor, los Seguidores se desintegraban en ceniza negra, como si la presencia que acababa de visitarlos los hubiera incendiado desde adentro.
— ¿Qué fue eso? — preguntó Hoseok, apareciendo de la niebla con la lanza humeante.
Namjoon levantó la mirada. Sus ojos iridiscentes, los de un vampiro puro de séptima generación, parpadearon con un brillo dorado que no había aparecido en siglos.
— El Nudo — respondió con voz ronca.
— Alguien acaba de atar el Nudo —
Taehyung se acercó lentamente. De todos ellos, él era el único que aún temblaba. No por miedo. Por reconocimiento.
— La profecía del Cuervo y la Sombra — dijo, y su voz era apenas un eco.
— Cuando siete grietas aparezcan en el espejo del mundo, siete guerreros encontrarán sus almas en carne humana. Y el amor será su mayor arma o su más cruel condena —
Jin dejó escapar un suspiro largo. Dejó su espada a un lado y se quitó el guante ensangrentado.
— Entonces ya no somos solo soldados — dijo, y su tono tenía algo parecido al miedo.
— Somos hombres —
La lluvia real cesó. La tormenta de cuchillos se disolvió en silencio. Y en lo alto del edificio más alto de Seúl, el Lotte World Tower, una figura encapuchada observaba a los siete guerreros a través de un catalejo de hueso.
— Muévanse, pequeñas hormigas — susurró la figura.
— Bailen. Ámense. Destrúyanse. Yo solo necesito una gota de lo que nacerá de ustedes —
Sonrió. Tenía más dientes de los que debería.