El silencio que siguió al portazo fue tan absoluto que Bora pudo oír el latido de sus propios oídos.
O tal vez era el latido de su corazón, desbocado, golpeando contra las costillas como un pájaro atrapado en una jaula. O tal vez (y esta era la opción más aterradora) era el latido del hombre que tenía enfrente, porque a pesar de su aparente calma, algo en su pecho resonaba con una frecuencia que Bora sentía en los huesos.
Yoongi no se movió.
Seguía allí, a tres pasos de distancia, con la daga negra aún en la mano y la expresión congelada en esa mueca que no sabía si era sorpresa, horror o un intento fallido de parecer imperturbable. La cicatriz en su pómulo se tensó cuando apretó la mandíbula.
— Explícame qué está pasando — dijo Bora.
No fue una pregunta. Fue una exigencia. Y algo en su tono hizo que Yoongi levantara una ceja, como si no estuviera acostumbrado a que los humanos le hablaran en ese registro.
— No tengo que explicarte nada — respondió él, aunque su voz había perdido algo de su filo anterior. Ahora sonaba… cansado. Como si llevar siglos de guerras hubiera desgastado no sus músculos, sino algo más profundo.
— Deberías irte a tu casa. Olvidar lo que viste. La puerta ya no está ahí —
Bora giró la cabeza hacia la pared de ladrillos. Tenía razón. La puerta blanca había desaparecido como si nunca hubiera existido, dejando solo el enlucido gris y húmedo del edificio.
Pero la marca en su muñeca seguía ardiendo.
— No puedo olvidar esto — levantó la muñeca, mostrándole la runa violeta que ahora palpitaba con una luz tenue.
— Llevo tres días con esta cosa en la piel. He probado agua bendita, sal, hierro, incluso le pedí a una amiga que me dibujara encima con tinta de calamar. Nada funciona. Y ahora aparece un tipo con una daga y ojos de color raro diciéndome que no abra una puerta que lleva a un apocalipsis de pesadilla. Así que sí, tienes que explicarme.
Yoongi guardó la daga en un movimiento tan rápido que Bora apenas vio cómo desaparecía entre los pliegues de su chaqueta. Luego se pasó una mano por el rostro, como si intentara borrar algo.
— No puedo decirte todo aquí — murmuró.
— Las paredes tienen oídos. Y no me refiero a los vecinos —
— Entonces llévame a algún lado donde pueda hablar —
La propuesta colgó en el aire como una daga suspendida. Yoongi la miró largamente, evaluándola, midiéndola. Sus ojos dorados recorrieron cada centímetro de su rostro, desde la forma de sus cejas hasta la línea de su mandíbula, y Bora sintió que la estaban leyendo como un libro abierto.
— Eres terca — dijo él finalmente, y aunque su tono era plano, Bora juró escuchar algo parecido a la resignación.
— Soy bibliotecaria nocturna — respondió ella.
— Paso ocho horas rodeada de libros que intentan morder a los clientes. La terquedad es un requisito del puesto —
Por primera vez, algo brilló en los ojos de Yoongi que no era peligro. Era… diversión. Muy pequeña, muy contenida, pero real.
— Ven — dijo, y se giró para caminar hacia el final del callejón.
— Pero si gritas, te dejo ahí —
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Caminaron durante quince minutos en completo silencio.
Bora lo siguió por calles que no reconocía, aunque llevaba tres años viviendo en Seúl. Él se movía con una seguridad que bordeaba lo sobrenatural, girando en esquinas que parecían callejones sin salida pero que de repente se abrían a pasajes estrechos, escaleras que bajaban hacia sótanos que no deberían existir, puertas de metal que cedían ante el simple roce de sus dedos.
— ¿Dónde estamos? — preguntó Bora cuando finalmente cruzaron una última puerta y entraron en un espacio que no podía describir con palabras.
Era una habitación circular, de unos 10 metros de diámetro, con paredes de piedra negra que parecían absorber la luz. En el centro había una mesa redonda de obsidiana y, alrededor, siete sillas de cuero desgastado. El aire olía a incienso, a metal y a algo más: una presencia antigua, como si el lugar mismo estuviera vivo y observándola.
— Bienvenida a Noche Eterna — dijo Yoongi, y su voz resonó en el espacio vacío.
— O más concretamente, a EL HUESO. La sala de guerra de la Hermandad del Cuervo Carmesí —
Bora se quedó mirando a su alrededor. Las velas que flotaban en el aire sin soporte visible parpadearon cuando ella pasó cerca, como si la saludaran.
— Vampiros — dijo, y la palabra salió de su boca con una certeza que la sorprendió a ella misma.
— Eres un vampiro, ¿verdad? —
Yoongi no negó. Tampoco asintió. Simplemente se sentó en una de las sillas y apoyó los pies en la mesa, un gesto tan humano que contrastaba de forma grotesca con la atmósfera del lugar.
— Somos una rama específica — explicó, como si estuviera hablando de una especie en peligro de extinción.
— No nos quemamos con el sol, aunque nos debilita. No necesitamos sangre humana para sobrevivir, aunque la nuestra tiene… propiedades. Llevamos siglos protegiendo a los humanos de cosas que ni siquiera imaginan. Criaturas que se alimentan de recuerdos, de sueños, de la luz que hay dentro de las personas. Los Seguidores del Velo Rasgado son solo los soldados rasos. El enemigo real es más antiguo. Más inteligente. Y ahora, al parecer, está interesado en ti y en otras 6 mujeres —