Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 3

Bora no tocó la manzana con ojos.

Pero estuvo tentada.

La despensa de EL HUESO era un cuarto pequeño excavado en la misma piedra negra, con estantes de madera tallada que albergaban alimentos que Bora no podía clasificar. Frascos de vidrio contenían líquidos de colores imposibles (verde neón, rojo sangre, azul eléctrico) que burbujeaban por sí solos. Había frutas de formas geométricas, panes que parecían latir y, en el estante superior, una manzana roja perfecta con dos pequeños puntos blancos que parpadearon cuando Bora se acercó demasiado.

— De acuerdo. No tocar nada que brille con luz negra. No tocar la manzana con ojos. No salir sola de noche — Bora recitó las reglas en voz alta mientras se servía un vaso de agua de una jarra de cerámica que, afortunadamente, parecía normal.

— Voy a necesitar una lista más larga —

La habitación circular estaba vacía, pero no se sentía sola. Las velas flotantes parpadeaban en patrones irregulares, como si algo las estuviera moviendo desde una distancia invisible. Bora había pasado suficiente tiempo en bibliotecas embrujadas para reconocer la presencia de lo inexplicable. No era miedo lo que sentía. Era una conciencia aguda de que el mundo era más delgado de lo que creía, y que ella acababa de atravesar la membrana.

Se sentó en una de las sillas de cuero (la que había ocupado Yoongi, identificable porque el asiento aún conservaba su calor) y examinó la marca en su muñeca. La runa violeta había palidecido un poco, pero seguía allí, firme como un tatuaje que hubiera llevado toda la vida.

— ¿Qué eres? — murmuró, tocándola con la yema del dedo.

La marca se calentó en respuesta. Y en ese instante, Bora sintió algo extraño: un tirón, suave pero insistente, en la dirección opuesta a la puerta por donde Yoongi había salido. Como si la marca intentara guiarla hacia algún lugar.

— No, señora — dijo Bora, apartando la mano—. Dijo que esperara aquí. Y por muy desconfiada que sea de los vampiromes gruñones, algo me dice que no obedecerlo sería una pésima idea.

Se quedó mirando el techo de piedra negra, donde las vetas de cuarzo atrapaban la luz de las velas y la refractaban en pequeños arcoíris. El silencio era denso, pero no opresivo. Era el silencio de un lugar que había visto demasiadas cosas como para necesitar ruido.

Entonces escuchó los pasos.

No eran de Yoongi. Estos pasos eran más ligeros, más rápidos, y venían de una dirección diferente: no de la puerta principal, sino de una grieta en la pared que Bora no había notado antes.

— ¿Yoongi? — llamó, aunque sabía que no era él.

La grieta se ensanchó. Del otro lado emergió un hombre joven (o que parecía joven, porque Bora ya había aprendido que las apariencias engañaban) con el cabello color miel peinado hacia atrás y una sonrisa tan brillante que desentonaba por completo con la atmósfera lúgubre del lugar. Llevaba una chaqueta amarilla chillona sobre una camiseta blanca y vaqueros desgastados. Parecía un influencer de viajes perdido en una cripta.

— ¡Hola! — exclamó, y su voz era un torrente de entusiasmo.

— ¡Eres la humana! ¡La del callejón! Yoongi ya nos contó. Bueno, no contó exactamente, porque Yoongi no cuenta nada, pero llegó aquí con una expresión que no había puesto desde la última vez que pisó un Lego, y eso ya es todo un comunicado de prensa en su lenguaje. Soy Hoseok, por cierto. Bueno, en realidad soy Amanecer, pero Hoseok es más fácil de pronunciar. ¿Tienes hambre? ¿Sed? ¿Quieres un tour? ¿Puedo tocar tu marca?

— ¿Qué? — atinó a decir Bora, completamente desbordada.

Hoseok ya estaba a su lado, examinando su muñeca con una mezcla de curiosidad científica y alegría infantil. Sus ojos no eran dorados como los de Yoongi, sino de un marrón cálido que parecía contener diminutas chispas anaranjadas.

— Fascinante — murmuró, inclinando la cabeza.

— La runa Kenyon. El lazo del reconocimiento mutuo. Hacía siglos que no veía una. La última vez fue con Hyunsoo y… bueno, eso no terminó bien — Su sonrisa se atenuó solo un segundo, pero Bora lo notó.

— Pero tú eres diferente. Se te ve más testaruda —

— ¿Eso es un cumplido? —

— En esta casa, sí —

Hoseok soltó su muñeca y se dejó caer en la silla contigua con un suspiro exagerado. La silla chirrió bajo su peso, pero él no pareció notarlo.

— Yoongi se fue a hacer lo que Yoongi hace mejor: desaparecer en la noche y regresar con información que nadie más podría conseguir. Pero tardará un rato. Así que mientras tanto, pensé en venir a hacerte compañía. Porque Namjoon dijo que no te dejaran sola, y aunque Yoongi es un genio en casi todo, en socializar es un desastre. Una vez intentó pedir un café y el barista lloró —

Bora no pudo evitar una pequeña sonrisa. A pesar de su energía agotadora, Hoseok tenía algo reconfortante. Era como un fuego artificial en medio de un cementerio.

— Entonces, ¿todos ustedes viven aquí? — preguntó, mirando a su alrededor.

—Vivimos, entrenamos, lloramos, reímos, matamos criaturas interdimensionales y vemos K-Dramas los martes por la noche. La vida del inmortal promedio, ya sabes — Hoseok se estiró como un gato perezoso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.