Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 4

La noche se había instalado sobre Seúl como una segunda piel, y bajo la superficie, en los túneles que ningún mapa registraba, Yoongi caminaba con Bora pegada a su sombra.

No era una metáfora.

Literalmente, la sombra de Yoongi se había alargado hasta envolver los pies de Bora, creando un perímetro de oscuridad movediza que se extendía y contraía al ritmo de su respiración. Bora había intentado apartarse dos veces, y dos veces la sombra la había seguido, como un perro leal de tinta y vacío.

— ¿Tu sombra siempre hace esto? — preguntó, señalando el fenómeno con un dedo tembloroso.

Yoongi ni siquiera se molestó en mirar atrás.

— Solo cuando estoy en modo de protección máxima. Es... instintivo —

— ¿Tu instinto es secuestrar sombras ajenas? —

— Mi instinto es mantenerte con vida. El método es secundario —

Bora frunció el ceño, pero no dijo nada más. Desde que abandonaron EL HUESO hacía 20 minutos, Yoongi no había pronunciado una sola palabra voluntaria. Cada respuesta era un monocordio, cada gesto un cálculo milimétrico. Iba delante de ella con los hombros ligeramente inclinados hacia adelante, como un resorte a punto de liberarse, y sus manos (siempre sus manos) se movían en patrones que Bora no podía seguir, trazando signos en el aire que dejaban estelas plateadas de un segundo de duración.

Los túneles por los que caminaban no se parecían a ningún lugar que Bora conociera. No eran estaciones de metro abandonadas ni conductos de servicio. Eran pasajes tallados en la roca viva, con paredes que a veces rezumaban una especie de resina dorada que olía a canela y a electricidad estática. Cada cierto metros, una linterna de hierro forjado colgaba del techo, pero la luz que emitían no era amarilla ni blanca: era violeta, igual que el color de la runa en la muñeca de Bora.

— Luz de runa — explicó Yoongi cuando Bora se detuvo a observar una de las linternas.

— Se alimenta de la energía de la Hermandad. Cuando uno de nosotros está cerca, brillan más fuerte. Cuando estamos en peligro, se apagan —

— ¿Y ahora? — preguntó Bora, notando que las linternas parpadeaban con una intensidad casi frenética.

— Ahora — respondió Yoongi, y en su voz había algo que Bora no había escuchado antes: incertidumbre.

— Estamos en territorio desconocido —

Doblaron una esquina y el túnel se ensanchó hasta convertirse en una caverna. El techo se perdía en la oscuridad, y el suelo era una losa única de piedra negra pulida hasta el brillo de un espejo. En el centro de la caverna, suspendido en el aire sin ningún soporte visible, flotaba un mapa tridimensional de Seúl. No el Seúl de los humanos, con sus calles y sus distritos. Este mapa estaba marcado con puntos de luz de diferentes colores: rojo, verde, azul, dorado, violeta.

— Es el Mapa de los Ecos — dijo Yoongi, deteniéndose al borde de la losa.

— Cada punto es una actividad sobrenatural. Cada color es una amenaza diferente. El rojo son los Seguidores. El verde son los nuestros. El azul son humanos con potencial psíquico. El dorado... — señaló un punto brillante en el distrito de Mapo.

— Son las grietas en el velo —

— ¿Y el violeta? — preguntó Bora, señalando 7 puntos diminutos dispersos por toda la ciudad.

Yoongi la miró. En la penumbra violeta de la caverna, sus ojos dorados parecían dos soles en miniatura.

— El violeta — dijo lentamente.

— Son ustedes. Las 7 llamas gemelas —

Bora se acercó al mapa flotante con pasos cautelosos. Los 7 puntos violetas parpadeaban en diferentes frecuencias, como un código que solo los iniciados podían leer. Uno de ellos (el más cercano, en el distrito de Hongdae) parpadeaba exactamente al ritmo de la runa en su muñeca.

— Ese soy yo — susurró, señalándolo.

— Sí —

— ¿Y ese otro? — Señaló un punto violeta mucho más grande, casi del tamaño de una moneda, que se movía lentamente hacia el sur.

Yoongi siguió su dedo y su mandíbula se tensó.

— Esa es la segunda. Está en movimiento. Alguien la está llevando a algún lugar —

— ¿La están secuestrando? —

— No lo sé. Pero voy a averiguarlo —

Yoongi se giró hacia la entrada de la caverna y silbó 3 veces en una frecuencia tan aguda que Bora no pudo oírla, pero sintió cómo vibraba en sus muelas del juicio. Un segundo después, el aire frente a ellos se distorsionó y una figura emergió de la nada.

Era un hombre de la misma altura que Yoongi, con el cabello negro azabache peinado en un corte impecable y unos ojos rasgados que brillaban con un color que cambiaba constantemente: ahora marrón, ahora ámbar, ahora verde. Vestía un traje negro impecable y llevaba guantes de cuero blancos, manchados de algo que Bora prefirió no identificar.

— Jimin — dijo Yoongi.

— Necesito que la cuides —

Jimin inclinó la cabeza hacia un lado, como un pájaro curioso.

— ¿La humana? ¿La tuya? —




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.