Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 5

Jimin caminaba como si el asfalto le debiera algo.

Bora lo observó de reojo mientras cruzaban la calle principal de Hongdae, esquivando grupos de jóvenes que reían y bebían en la entrada de los bares. Era fascinante cómo se movía: cada paso era un equilibrio perfecto entre sigilo y presencia, como si pudiera ser invisible o inolvidable a voluntad. En ese momento, había elegido ser invisible. La gente lo atravesaba con la mirada sin verlo, incluso cuando rozaba sus hombros al pasar.

— ¿Cómo haces eso? — preguntó Bora en un susurro.

— ¿El qué? — respondió Jimin sin mirarla, los ojos fijos en algún punto más allá del horizonte de edificios.

— Que nadie te mire. Eres… no sé, bonito. Muy bonito. Deberías llamar la atención —

Jimin sonrió, y fue una sonrisa diferente a las que había mostrado antes. Más auténtica. Más cansada.

— Una habilidad que se aprende cuando pasas siglos siendo cazado, humana. La belleza es una maldición en nuestro mundo. Atrae a las cosas equivocadas — Finalmente giró la cabeza hacia ella, y Bora vio que sus ojos habían adoptado un tono verde profundo, como el musgo de un bosque que nunca recibe sol.

— Además, no soy bonito. Soy peligroso. Hay una diferencia —

—¿Y no pueden ser las dos cosas? —

Jimin se detuvo en seco. Por un segundo, su máscara de elegancia burlona se resquebrajó, y Bora vio algo genuinamente sorprendido en su rostro.

— Eres directa — dijo.

— Soy bibliotecaria. La sutileza no paga las facturas —

Reanudaron la marcha. Jimin giró por un callejón que Bora conocía bien (estaba a dos cuadras de PÁGINAS PÚRPURA, su lugar de trabajo) y se detuvo frente a un muro de ladrillos pintado con grafitis. Sus manos enguantadas trazaron un símbolo en el aire, y el muro se abrió como una cortina de teatro, revelando un ascensor de acero oxidado que no debería haber estado allí.

— ¿Otro pasaje secreto? — preguntó Bora, entrando detrás de él.

— Noche Eterna tiene más entradas que un hormiguero. Subestimarías la cantidad de veces que hemos tenido que evacuar a civiles por esta ruta —

El ascensor descendió durante lo que Bora calculó como 2 minutos enteros. Cuando las puertas se abrieron, no estaban en la caverna del mapa ni en EL HUESO. Estaban en una plataforma elevada con vistas a un espacio enorme, un hangar subterráneo iluminado por antorchas de fuego real (no luz de runa) que ardían en verde y azul.

Abajo, en el suelo del hangar, al menos 20 figuras se movían en patrones de combate. Algunas llevaban espadas, otras dagas, otras armas que Bora no podía identificar: bastones que soltaban chispas, cuchillas atadas a cadenas, guanteletes con garras retráctiles. El sonido del metal contra el metal llenaba el espacio como una música violenta y ordenada.

— El campo de entrenamiento — explicó Jimin, apoyando los brazos en la barandilla.

— Los guerreros de la Hermandad no nacen. Se hacen. Y se rehacen cada día —

Bora observó las figuras que luchaban abajo. Algunas eran claramente vampiros (se movían demasiado rápido, sus ojos brillaban en la penumbra como faros diminutos) pero otras eran… diferentes. Tenían la piel grisácea, o las extremidades demasiado largas, o una cantidad de articulaciones que la anatomía humana no debería permitir.

— No todos somos vampiros — dijo Jimin, respondiendo a la pregunta que Bora no había formulado.

— La Hermandad acoge a cualquier ser dispuesto a proteger el velo. Hombres lobo, cambiaformas, incluso algunos humanos con dones especiales. Las etiquetas son para los vivos. Nosotros solo importamos los muertos que evitamos —

Bora se apartó de la barandilla y se sentó en el suelo de la plataforma. De repente, todo el peso de la noche (de las noches, de los dos días que llevaba sumergida en un mundo que no sabía que existía) le cayó encima como una losa.

— ¿Estás bien? — preguntó Jimin, arrodillándose frente a ella con una agilidad felina.

— No lo sé — respondió Bora, pasándose las manos por el rostro.

— Hace 4 horas estaba catalogando un libro sobre setas venenosas en una librería apestosa. Ahora resulta que soy una llama gemela destinada a aparearme con un vampiro gruñón de 400 años que apenas puede articular una frase sin sonar como si estuviera firmando mi sentencia de muerte. Y encima tengo hambre. Y la manzana con ojos me miraba feo —

Jimin se quedó en silencio un momento. Luego, con una lentitud que parecía deliberada, se quitó un guante.

Bora contuvo el aliento.

La mano de Jimin era hermosa y terrible. Hermosa porque los dedos eran largos y elegantes, como los de un pianista. Terrible porque la piel estaba cubierta de cicatrices finas, miles de ellas, tan densas que parecían un mapa de líneas plateadas sobre un fondo de porcelana. Y en el centro de la palma, brillando con una luz tenue y blanca, había una runa diferente a la de Bora. Esta era más compleja, más intrincada, como una flor que hubiera florecido en un lenguaje olvidado.

— Cuando tenía 20 años — dijo Jimin, en voz baja.




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