El vacío no tenía sonido.
Kang Soojin aprendió eso en el segundo exacto en que el suelo del jardín imposible se abrió bajo sus pies. No hubo un grito de sorpresa (no le dio tiempo), ni el silbido del aire al caer, ni siquiera el eco de su propio corazón aterrado. Solo el vacío: una ausencia absoluta de todo lo que conocía, una página en blanco donde el mundo debería haber estado.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba de rodillas sobre algo que parecía mármol negro, pero era blando al tacto, como carne viva. El jardín había desaparecido. Las flores plateadas, el estanque de lotos brillantes, la mujer de ojos grises y su uniforme manchado de barro eterno: todo se había esfumado, reemplazado por un espacio que no podía decidir si era una habitación, una catedral o la garganta de una ballena muerta.
Las paredes eran curvas y estaban cubiertas de libros.
No estanterías. Paredes. Como si alguien hubiera empapelado el lugar con miles y miles de volúmenes encuadernados en piel, algunos del tamaño de su mano, otros tan enormes que necesitarían una escalera para alcanzar el lomo. Y todos, absolutamente todos, tenían el mismo título grabado en letras doradas: La vida de Kang Soojin.
— Esto no es real — susurró, pero su voz rebotó en las paredes curvas y volvió a ella multiplicada, como si cientos de personas estuvieran repitiendo sus palabras desde diferentes rincones.
Se puso de pie con cuidado, notando que algo había cambiado en su cuerpo. No se sentía más pesada ni más ligera, pero había una… conciencia. Una hiperconsciencia de cada uno de sus órganos, de la sangre que fluía por sus venas, de los impulsos eléctricos que viajaban por sus nervios. Era como si alguien hubiera subido el volumen de su existencia.
La llave de bronce seguía en su mano. Todavía caliente.
Soojin caminó hacia la pared de libros más cercana. Extendió la mano temblorosa y tocó el lomo de uno de los ejemplares. La piel era suave, aceitosa, y bajo sus dedos pudo sentir algo que no debería estar allí: un pulso. Un latido lento, regular, como el de una persona durmiendo profundamente.
— No abras eso — dijo una voz detrás de ella.
Soojin se giró tan rápido que casi pierde el equilibrio.
La mujer del jardín estaba allí, sentada en una silla que antes no existía. Se había cambiado de ropa: ahora vestía una bata blanca de hospital, manchada de algo que Soojin no quería identificar. Tenía el cabello suelto y mojado, como si acabara de salir de la ducha, y sus ojos grises ya no eran grises: eran negros. Negros como el espacio entre las estrellas.
— La Biblioteca de los Condenados — dijo la mujer, y su voz era un eco lejano, como si hablara desde el fondo de un pozo.
— ¿Sabes por qué la llaman así? No porque los libros estén malditos. Sino porque los lectores lo están. Cada libro de esta pared contiene un recuerdo tuyo que alguien arrancó. Cada vez que abres uno, pierdes otro. Es un sistema de trueque. Memoria por memoria. Y al final, cuando los hayas leído todos, no quedarás nada de ti. Solo una piel vacía esperando a que alguien la habite —
Soojin apartó la mano del libro como si el lomo estuviera al rojo vivo.
— ¿Quién eres? — preguntó, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.
La mujer inclinó la cabeza, como si la pregunta fuera extraña.
— Soy tu hermana. ¿No me reconoces? —
Soojin sintió que el suelo volvía a moverse bajo sus pies. No. No podía ser. Su hermana había muerto hace 3 años. Ella había visto el cuerpo. Había firmado los papeles del hospital. Había elegido el ataúd.
— Mi hermana no tenía los ojos negros — dijo, apretando la llave con tanta fuerza que el bronce dejó una marca en su palma.
La mujer sonrió. Fue una sonrisa amable, casi tierna, pero no llegó a sus ojos. Nada llegaba a esos ojos negros.
— No, no los tenía. Los cambió por algo más valioso. Como tú harás pronto. Como todas ustedes harán —
— No voy a cambiar nada —
— Ya lo hiciste, Soojin. Desde el momento en que tomaste la llave, aceptaste el trato. No lo sabías, pero lo aceptaste. Y ahora estás aquí, en el corazón del Círculo, y las páginas de tu vida están esperando a ser leídas. La única pregunta es: ¿quién las leerá primero? ¿Tú? —se inclinó hacia adelante, y el movimiento fue tan fluido que pareció irreal, como una marioneta manejada por hilos invisibles.
— ¿O nosotros? —
Soojin dio un paso atrás y chocó contra la pared de libros. Su espalda presionó varios lomos, y estos se hundieron como si fueran de esponja, emitiendo pequeños gemidos de protesta.
— ¿Qué quieren de mí? —
La mujer que decía ser su hermana se puso de pie. La bata blanca cayó al suelo, revelando el uniforme militar de antes, pero ahora las manchas no eran de barro. Eran de sangre. Y la sangre aún goteaba, fresca y caliente, formando un pequeño charco a sus pies.
— Queremos lo mismo que quieres tú — dijo, dando un paso hacia Soojin.
— Cerradura. Un final. Una tregua. El velo entre los mundos lleva mil años rasgándose, y cada día se abre un poco más. Pronto, no habrá noche que proteja a los humanos de lo que viene. La Hermandad lo sabe. Por eso buscan a las siete llamas gemelas. Porque su unión con los guerreros puede reparar el velo. Pero esa reparación es temporal. Caduca. Como todo lo que tocan los vampiros —