Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 7

La sala de guerra temporal (porque Namjoon había declarado que EL HUESO ya no era seguro después de la intrusión del espejo) estaba en el subsótano de un edificio de oficinas abandonado en el distrito de Mapo. Las ventanas estaban tapiadas con tablones de madera que tenían runas talladas a fuego, y el suelo de cemento estaba cubierto por una alfombra de oración enorme, desgastada por siglos de uso. En el centro, en lugar de la mesa de obsidiana, había una hoguera que ardía sin leña ni oxígeno, alimentada únicamente por la energía de los guerreros que la rodeaban.

Eran 8, contando a Bora.

Los 7 miembros de la Hermandad estaban allí, y aunque Bora ya había conocido a Yoongi, Jimin y Hoseok, verlos a todos juntos era una experiencia abrumadora. No solo por cómo se veían (hombres de una belleza que dolía, como cuchillos envueltos en terciopelo) sino por cómo eran. Cada uno ocupaba su espacio de una manera diferente, y las diferencias entre ellos eran tan marcadas como las similitudes.

Namjoon estaba al norte, de pie con los brazos cruzados. Era el más alto, el más ancho de hombros, y aunque su rostro era joven (aparentaba 30 años, como todos ellos) había algo en sus ojos que decía siglos. Llevaba el cabello de color púrpura oscuro, casi negro, peinado hacia atrás, y una pequeña barba que bordeaba su mandíbula cuadrada. No vestía armadura ni chaqueta de cuero, sino una simple camisa negra de manga larga y pantalones de vestir. Parecía un CEO en una junta directiva. Hasta que Bora miró sus manos: callosas, llenas de cicatrices, con nudillos tan grandes que parecían nudillos de otro tamaño de persona.

Jin estaba a su derecha, sentado en una silla plegable de metal que chirriaba cada vez que se movía. Era el de rasgos más suaves, el de sonrisa más fácil, pero también el que sostenía un bisturí de plata entre los dedos, girándolo mecánicamente mientras hablaba. Sus ojos eran de un marrón cálido, casi caramelizado, pero Bora notó cómo se posaban en cada persona de la sala con una precisión quirúrgica, evaluando, diagnosticando, catalogando.

Yoongi estaba en la esquina, como siempre, apoyado contra la pared con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto que no era la hoguera ni las personas. Bora ya lo conocía, pero verlo en este contexto (rodeado de sus hermanos, en modo de guerra) le hizo entender algo que antes solo había intuido: Yoongi no era frío porque quisiera serlo. Era frío porque había olvidado cómo no serlo.

Hoseok estaba al sur, y era el único que sonreía. Pero Bora ya había visto la grieta detrás de esa sonrisa, así que no se dejó engañar cuando le guiñó un ojo desde el otro lado de la hoguera.

Jimin estaba a su izquierda, y aunque seguía vestido con su traje impecable y sus guantes blancos, Bora notó que se había quitado el de la mano derecha. La runa en su palma brillaba con una luz tenue, pulsando al ritmo de algo que solo él podía escuchar.

Taehyung estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, las palmas apoyadas sobre las rodillas. Era el más extraño de todos, pensó Bora. No porque tuviera algo mal, sino porque parecía estar en varios lugares a la vez. Su cabello era de un castaño oscuro que tiraba a rojizo bajo la luz de la hoguera, y su rostro tenía una calidad escultórica, como sacado de un fresco renacentista. Pero la expresión... la expresión era de alguien que estaba conversando con algo que nadie más podía ver.

Y Jungkook. El más joven, sentado en el borde de la hoguera, con las piernas colgando hacia el fuego. Bora no había hablado con él todavía, pero había oído suficiente de los demás para saber que era el más peligroso de todos. No porque fuera el más fuerte (aunque lo era) sino porque era el que menos tenía que perder. Eso se veía en sus ojos: una oscuridad diferente a la de Yoongi. La oscuridad de alguien que todavía podía ser salvado, pero que había dejado de creer que valía la pena.

— Resumen — dijo Namjoon, y su voz llenó la sala sin necesidad de alzarse.

— La segunda llama gemela, Kang Soojin, está dentro de la Biblioteca de los Condenados. Acaba de leer uno de sus recuerdos, lo que significa que ya ha comenzado a intercambiar memoria por memoria. Si sigue así, en menos de 48 horas no quedará nada de ella. Su guerrero destinado no despertará. Y sin 7 pares, la profecía es papel mojado — Hizo una pausa, mirando a cada uno de los presentes.

— Pregunta: ¿Cómo demonios entró en la Biblioteca? —

— La llave — respondió Taehyung, sin abrir los ojos.

— La llave de bronce con el cuervo. No es solo una llave. Es un fragmento de la puerta original, la que separaba los dos mundos antes de que el velo existiera. Quien la posee puede abrir cualquier umbral, real o simbólico —

— ¿Y cómo consiguió esa llave? — preguntó Jin, dejando de girar el bisturí.

— Su hermana — dijo Jungkook, y su voz era más grave de lo que Bora esperaba, como grava rodando cuesta abajo.

— La guerrera caída. La que murió hace tres años. Le dejó la llave antes de morir. Y nos dejó a nosotros un problema de mierda —

— Lenguaje — murmuró Jin automáticamente.

Jungkook rodó los ojos, pero no respondió.

Namjoon se pasó una mano por el rostro. Parecía cansado, aunque Bora sabía que los vampiros no necesitaban dormir como los humanos.

— Tenemos dos frentes — dijo.




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