La lluvia negra cayó durante exactamente 3 minutos.
Luego cesó, como si nunca hubiera existido, dejando sobre el asfalto un residuo aceitoso que brillaba bajo la luz de los faroles con colores que no pertenecían al espectro humano. Bora observó desde la ventana tapiada de la sala de guerra (a través de una rendija entre los tablones) cómo el agua negra se filtraba en las alcantarillas, arrastrando consigo algo que parecían pequeños fragmentos de pergamino quemado.
— Lluvia de ecos — dijo Hoseok a su espalda. Había dejado de sonreír hace rato. Ahora su rostro era una máscara seria, casi grave.
— Significa que el velo se está desgastando más rápido de lo que creíamos. Esas gotas son recuerdos. Recuerdos muertos. De personas que ya no existen —
Bora se apartó de la ventana.
— ¿De personas o de...? —
— De personas. Humanos, la mayoría. Algunos vampiros. Los Seguidores no tienen recuerdos. Son solo hambre con piernas —
— ¿Y qué les pasó? A esas personas, digo —
Hoseok se sentó en el borde de la hoguera, que seguía ardiendo con su llama verde imposible. Las chispas danzaban a su alrededor sin quemarlo, como si lo conocieran y lo respetaran.
— Cuando alguien muere cerca de una grieta, su alma no se va del todo. Se queda atrapada, flotando entre los dos mundos, repitiendo sus últimos momentos una y otra vez. Con el tiempo, esos recuerdos se desgastan, se pudren, y cuando ya no pueden sostenerse más... caen. Como lluvia negra. — Hizo una pausa, mirando sus propias manos.
— A veces, si estás cerca cuando caen, puedes ver lo que vieron. Por un segundo, eres ellos. Sientes su miedo. Su amor. Su última decepción —
— Y eso es malo, ¿no? —
— Depende. Si estás preparado, es una lección de humildad. Si no lo estás, puedes volverte loco —
Bora se envolvió en la chaqueta que Jimin le había prestado horas antes. Olía a algo que no podía identificar: a tormenta, a tinta, a una habitación vacía donde alguien había estado esperando mucho tiempo.
— Cuéntame más sobre la profecía — pidió.
— Nadie me ha explicado bien qué significa ser una llama gemela —
Hoseok la miró con una expresión que Bora no supo descifrar. Luego suspiró y se recostó en el suelo de cemento, con los brazos detrás de la cabeza, mirando el techo lleno de grietas.
— Hace 1,000 años, cuando el velo entre los mundos era nuevo y todavía resistente, los 7 fundadores de la Hermandad hicieron un juramento de sangre. No solo entre ellos, sino con el universo mismo. Juraron proteger a los humanos de la Oscuridad Primigenia a cambio de una cosa: la posibilidad de amar. Porque los vampiros de entonces no podían enamorarse. Eran como máquinas. Guerreros perfectos, pero vacíos. El juramento cambió eso. Les dio la capacidad de sentir, de sufrir, de anhelar. Y también les dio una maldición.
— ¿La maldición? —
— Que solo podrían amar a una persona en toda su eternidad. A su llama gemela. La otra mitad de su alma, que siempre nacería humana, y que siempre estaría en peligro. Porque si ella muere antes de que el vínculo se complete, el guerrero pierde no solo el amor, sino su propia humanidad. Se convierte en algo peor que un Seguidor. Se convierte en un espectro. Un cazador que ya no caza para proteger, sino para destruir.
Bora sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
— ¿Y si el vínculo se completa? —
— Entonces la humana se vuelve inmortal. No como nosotros, no necesita sangre, no tiene debilidades al sol, pero no envejece. No se enferma. Y el guerrero recupera algo que había perdido hace siglos: la esperanza —
Hoseok cerró los ojos. Por un momento, Bora pensó que se había quedado dormido, pero luego habló de nuevo, y su voz era tan baja que parecía venir de muy lejos.
— Yo tuve una llamada, hace 300 años. Una mujer. Se llamaba Mirae. Era pintora. Vivía en una aldea que ya no existe, en las montañas del norte. La encontré cuando estaba a punto de morir de frío, perdida en una tormenta. La llevé a mi escondite. La cuidé durante tres meses. Y durante esos tres meses... — su voz se quebró ligeramente.
— Durante esos 3 meses, por primera vez en mi vida, no quise ser guerrero. Quise ser solo un hombre. Quise envejecer con ella. Quise ver sus arrugas, su cabello cano, sus manos temblorosas. Quise todo lo que no podía tener —
— ¿Qué pasó? —
— El Círculo la encontró antes de que el vínculo se completara. La mataron delante de mí. Y yo... — Hoseok abrió los ojos y Bora vio que estaban enrojecidos, aunque las lágrimas no cayeran.
— Yo maté a todos los que estaban en esa habitación. Y luego maté a sus familias. Y luego maté a sus mascotas. Y luego seguí matando durante 3 días hasta que Namjoon me encontró cubierto de sangre, riendo solo en medio de un pueblo entero que había dejado de existir.
El silencio se hizo tan pesado que Bora sintió que la aplastaba.
— Perdón — susurró, aunque no estaba segura de qué se disculpaba.
Hoseok se incorporó lentamente. Su sonrisa había vuelto, pero era frágil, como una hoja seca a punto de romperse.