Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 9

Yoongi caminaba como si el suelo fuera un enemigo al que había derrotado hace siglos.

Jungkook lo seguía a 3 pasos de distancia, una distancia calculada que permitía a ambos reaccionar ante cualquier amenaza sin chocar entre sí. Habían salido de Noche Eterna hace 20 minutos y ya estaban en las profundidades de Seúl que ningún humano visitaba: los túneles del metro abandonado de la línea 4, donde los trenes dejaron de circular después del incendio del 2003 y nunca volvieron.

O eso decía la versión oficial.

La verdad, que Yoongi conocía porque él mismo había ayudado a extinguir ese incendio, era que el fuego no había sido accidental. Algo había salido de una grieta aquella noche. Algo grande. Algo con hambre. Los humanos lo llamaron fallo eléctrico. La Hermandad lo llamó la Noche de la Boca Abierta.

— ¿Por qué la Biblioteca está aquí abajo? — preguntó Jungkook, rompiendo el silencio. Su voz sonaba joven, pero sus ojos (siempre sus ojos) decían lo contrario.

— No está aquí abajo — respondió Yoongi sin mirar atrás.

— La entrada está aquí abajo. La Biblioteca no tiene ubicación fija. Se mueve. Se esconde. Solo aparece cuando alguien con la llave la llama —

— ¿Y cómo vamos a entrar si la llave está dentro con Soojin? —

Yoongi se detuvo frente a un muro de baldosas blancas ennegrecidas por el hollín. Las baldosas formaban un mosaico que, a simple vista, parecía aleatorio. Pero Yoongi había entrenado sus ojos durante siglos para ver lo que otros no podían.

— No necesitamos la llave — dijo, señalando una baldosa que tenía un pequeño grabado casi invisible: un cuervo, igual que el de la llave de bronce.

— Necesitamos su eco —

Puso la palma de su mano sobre la baldosa. La runa oculta bajo su camisa (la que llevaba sobre el corazón, la que había ardido cuando conoció a Bora) se calentó hasta casi doler. El mosaico de baldosas comenzó a girar, las piezas moviéndose como las de un rompecabezas animado, hasta que en el centro se formó un arco. Un arco sin puerta, pero con un umbral de piedra negra.

Del otro lado del arco, no había túnel. Había una biblioteca.

No como cualquier biblioteca. Era infinita. Eso fue lo primero que pensó Yoongi cuando cruzó el umbral, con Jungkook pegado a su espalda. Estantes que se elevaban hasta perderse en una oscuridad que no era techo, pasillos que se bifurcaban en más pasillos, escaleras que subían y bajaban sin seguir ninguna lógica arquitectónica. Y el olor. El olor era el peor: a papel viejo, sí, pero también a sangre seca, a lágrimas, a finales que nunca llegaron a escribirse.

— La Biblioteca de los Condenados — murmuró Jungkook, y por primera vez desde que Yoongi lo conocía, escuchó miedo en su voz.

— Mierda —

— Lenguaje — respondió Yoongi por puro reflejo, y aunque fue automático, algo en la familiaridad del gesto lo ancló a la realidad.

Empezaron a caminar.

Los libros susurraban al pasar. No eran susurros de palabras, sino de emociones: una risa ahogada aquí, un sollozo allá, un juramento de venganza que se repetía en un bucle infinito. Yoongi mantenía la mirada al frente, ignorando los lomos que se inclinaban hacia él como girasoles sedientos de atención. Jungkook, en cambio, no podía evitar mirar. Y cada vez que miraba, palidecía un poco más.

— No les prestes atención — advirtió Yoongi.

— Si un libro te llama por tu nombre, no respondas. Si un libro te ofrece un recuerdo, no lo aceptes. Si un libro se abre solo... corres —

— ¿Corro hacia dónde? —

— En dirección contraria —

Doblaron una esquina y encontraron la primera barrera: un montículo de libros apilados hasta el techo del pasillo, formando una pared tan densa que ni siquiera la luz de las runas podía atravesarla. Los libros vibraban, y de sus páginas salían pequeñas nubes de polvo dorado que olían a alcanfor y a despedida.

— No había pared antes — dijo Jungkook, sacando su hacha de doble filo de la funda que llevaba a la espalda.

— Lo juro. Hace un segundo no estaba —

— La Biblioteca se defiende — respondió Yoongi, también desenvainando su daga negra.

— No le gustan los intrusos. No le gustan los vampiros. Especialmente no le gustan los que llevamos runas de guerra —

— Entonces, ¿cómo entramos? —

Yoongi levantó la daga y la apoyó contra la pared de libros. El metal negro comenzó a humear donde tocaba los lomos, y los libros chillaron (chillaron, como animales heridos) y se apartaron lo suficiente para dejar pasar una persona de lado.

— Así — dijo, y se deslizó por la abertura.

Jungkook lo siguió, y la pared de libros se cerró tras ellos con un chasquido húmedo.

-----

Soojin había dejado de contar el tiempo.

Los libros la rodeaban por todas partes, no como objetos inertes sino como presencias vivas, curiosas, hambrientas. Había abierto el primero (el que contenía su última conversación con Hyejin) y el recuerdo la había golpeado como un puñetazo en el estómago. No era como recordar normalmente, con la distancia del tiempo y la protección del olvido. Era estar allí otra vez. Sentir el teléfono pegado a la oreja, escuchar la voz de su hermana — cansada, rota, pero todavía cálida — Saber que era la última vez que hablarían sin saber que era la última vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.