Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 10

El segundo libro olía a lavanda y a pólvora.

Soojin lo abrió con las manos temblorosas, esperando otro golpe de memoria vívida, otra inmersión forzada en un pasado que dolía. Pero lo que encontró fue diferente. No era un recuerdo completo. Era un fragmento: una imagen fija, como una fotografía Polaroid que alguien había dejado caer en el suelo.

Su hermana. Hyejin. De pie en un tejado, mirando hacia abajo. No había ninguna ciudad bajo ella. Solo un vacío blanco, infinito, como una página en blanco gigante. Tenía algo en las manos. Un libro. No como los de la Biblioteca, sino un libro pequeño, de tapas rojas, con un candado de plata.

— No se lo digas — susurraba la Hyejin de la imagen.

— Si se lo dices, lo romperás todo

El fragmento se desvaneció. El libro se cerró solo, con un golpe seco que resonó en el espacio vacío de la Biblioteca.

Soojin parpadeó, confundida. No había sentido nada. No el dolor de la primera vez, no el vacío del recuerdo robado. Solo... una imagen. Una advertencia.

— Eso no debería haber pasado — dijo la cosa que ya no era su hermana, y por primera vez su voz no era burlona ni seductora. Era perpleja. Casi humana.

— Los libros no muestran fragmentos. Muestran recuerdos enteros, o no muestran nada —

— Pues este ha mostrado un fragmento — respondió Soojin, cerrando el libro con más fuerza de la necesaria.

— ¿Qué significa? —

La cosa se acercó flotando (porque ahora flotaba, sus pies ya no se molestaban en simular contacto con el suelo) y examinó el libro con sus ojos negros y hambrientos. Pasó una mano de dedos demasiado largos sobre el lomo, y el libro vibró.

— Este no es un libro de recuerdos — dijo lentamente.

— Es un libro de secretos. Tu hermana lo plantó aquí. Ella... ella sabía que vendrías. Sabía que abrirías este libro. Y te dejó un mensaje dentro —

— ¿Qué mensaje? —

— El que acabas de ver, ¿no te parece suficiente? No se lo digas. No se lo digas a quién. No se lo digas qué. Eso es todo lo que dejó — La cosa alzó la vista hacia Soojin, y por un instante, bajo la máscara de monstruo, Soojin vio algo parecido al respeto.

— Tu hermana era más astuta de lo que creía. Jugó con mis reglas y me ganó una mano. Pero la partida no ha terminado —

Soojin apretó el libro contra su pecho. No iba a soltarlo.

— ¿Dónde están los otros secretos? —

— En otros libros. Pero no creas que te los voy a dar fácilmente. Cada secreto cuesta un recuerdo. Eso no cambia. Tu hermana puede haber escondido un mensaje en un libro abierto, pero los que están cerrados... los que están cerrados siguen siendo míos —

— Entonces dame el siguiente —

La cosa sonrió. Era una sonrisa triste, casi compasiva.

— Eres valiente. O muy estúpida. A veces es difícil distinguir — Señaló un estante cercano, donde un libro de tapas azules brillaba con una luz tenue.

— Ese es el tercero. Pero te advierto, Kang Soojin: después de este, empezarás a olvidar cosas importantes. No nombres de profesores o anécdotas de la infancia. Cosas grandes. El rostro de tu madre. La primera vez que te enamoraste. El sabor de tu comida favorita. ¿Estás dispuesta a pagar ese precio?

Soojin miró el libro azul. Luego miró el libro rojo que aún sostenía contra su pecho. Luego pensó en su hermana, en su última llamada, en la mentira piadosa que la cosa le había prometido revelar.

— Sí — respondió.

Caminó hacia el estante. Tomó el libro azul. Lo abrió.

El dolor fue inmediato.

No era un dolor físico, sino algo peor: una ausencia. Como si alguien hubiera entrado en su cabeza con unas pinzas y hubiera arrancado un cable que no sabía que existía. Soojin cayó de rodillas, el libro cayó al suelo, y cuando levantó la vista, no pudo recordar el nombre de su primer perro.

Sabía que había tenido un perro. Recordaba el color marrón de su pelaje, la forma en que ladraba cuando llegaba a casa. Pero el nombre... el nombre era un agujero. Un agujero limpio y perfecto donde antes había una palabra de cuatro letras.

— Bienvenida al tercer círculo — dijo la cosa.

— Ahora ya no puedes volver atrás. No porque no quieras. Porque no recuerdas el camino —

Soojin se obligó a levantarse. Las piernas le temblaban, pero se mantuvo firme.

— El secreto — dijo con voz ronca.

— ¿Dónde está el secreto? —

La cosa señaló el libro azul, que seguía abierto en el suelo. Soojin lo recogió y leyó la página donde se había abierto.

No era un fragmento esta vez. Era una frase completa, escrita con la letra inconfundible de su hermana:

"El día que morí, no fue un accidente. Fui yo quien abrió la grieta. Me arrepiento. Pero no de lo que hice. Sino de no habértelo dicho antes."

Soojin leyó la frase una vez. Dos veces. Tres veces.




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