Noche Eterna tenía un corazón, y ese corazón latía en el subsótano más profundo, bajo tres capas de piedra negra y una docena de runas de protección que cambiaban de posición cada hora como las manecillas de un reloj paranoico.
La sala de sanación de Jin no se parecía a ningún hospital que Bora hubiera visitado. No había camas metálicas ni monitores de frecuencia cardíaca ni el olor a alcohol y antiséptico que impregnaba las clínicas humanas. En su lugar, había una única losa de mármol blanco en el centro de la habitación, elevada sobre un pedestal de obsidiana, rodeada por velas gruesas que quemaban una cera negra cuyo humo olía a jazmín y a tierra mojada después de una tormenta.
Soojin yacía sobre la losa, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos cerrados. Su rostro había recuperado algo de color durante el trayecto de regreso, pero aún parecía una copia desvaída de sí misma, como una fotografía expuesta demasiado tiempo al sol.
Jin trabajaba en silencio, con las mangas de su camisa blanca arremangadas hasta los codos, las manos desnudas (sin guantes, sin armas, sin nada que no fuera su propia piel) suspendidas a unos centímetros sobre el cuerpo de Soojin. Delgados hilos de luz dorada brotaban de sus yemas, como raíces de un árbol invisible, y se hundían en la piel de la joven periodista sin causarle daño.
— Sus recuerdos no están perdidos del todo — dijo Jin, sin dejar de concentrarse en su tarea.
— Están fragmentados. Como un espejo roto en mil pedazos. Puedo reordenar algunos, los más superficiales. Pero los que están en el fondo... los que la Biblioteca tomó como pago... esos son irrecuperables.
— ¿Cuáles perdió? — preguntó Namjoon, que estaba apoyado contra la pared de la entrada, con los brazos cruzados y la expresión grave.
Jin cerró los ojos un momento. Cuando volvió a abrirlos, había tristeza en ellos.
— El nombre de su madre. La primera vez que montó en bicicleta. El sabor del kimchi que hacía su abuela. Pequeñas cosas. Pero para ella, enormes. — Hizo una pausa, y su voz bajó un tono.
— También perdió algo más. Algo que la Biblioteca le arrancó sin que ella supiera que lo tenía. La capacidad de confiar plenamente. No del todo, solo un poco. Pero ese poco... ese poco era lo que la hacía abrazar primero en lugar de esperar a que la abrazaran —
El silencio en la sala fue tan denso que Bora sintió que podía tocar su superficie.
— ¿Podemos devolvérselo? — preguntó.
Jin la miró. En sus ojos marrones, cálidos como el caramelo, había una respuesta que Bora no quería escuchar.
— No. Esas cosas no se devuelven. Solo se vuelven a construir. Pero para eso necesita tiempo, y tiempo es lo que no tenemos.
— ¿Porque el Círculo la seguirá buscando? — intervino Yoongi desde su rincón habitual. Llevaba los brazos cruzados, igual que Namjoon, pero su postura era diferente: más tensa, más lista para saltar.
— Porque los vacíos que dejan los recuerdos perdidos son como heridas abiertas — explicó Jin, retirando las manos de encima de Soojin. La luz dorada se desvaneció lentamente, como un crepúsculo al revés.
— Atraen a los Seguidores. Atraen a cosas peores. Mientras Soojin recupere su equilibrio, será un imán para todo lo que vive en las grietas. Y no podremos protegerla si estamos ocupados buscando a las otras —
— Entonces nos dividimos — dijo Jungkook, que estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared, su hacha descansando sobre sus rodillas.
— La mitad se queda aquí protegiendo a Soojin y a las que vayan llegando. La otra mitad sale a buscar al resto —
— No es mala idea — admitió Namjoon, frotándose la barbilla.
— Pero nos deja vulnerables. Si el Círculo ataca Noche Eterna con la mitad de los guerreros fuera... —
— Entonces no nos dividimos — interrumpió una voz débil desde la losa de mármol.
Todos se giraron.
Soojin había abierto los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, y su mirada recorrió la sala sin enfocarse del todo, como si la luz le doliera o como si aún no estuviera segura de estar despierta.
— Soojin — dijo Bora, acercándose a ella.
— ¿Cómo te sientes? —
— Como si me hubieran sacado el cerebro, lo hubieran metido en una licuadora y luego lo hubieran vuelto a poner en mi cráneo con una cuchara. — Soojin intentó sonreír, pero fue una mueca débil.
— Pero estoy viva. Eso es algo —
— Eso es mucho — la corrigió Jin, ofreciéndole una mano para ayudarla a incorporarse. Soojin la tomó, y Bora notó que sus dedos temblaban.
— Has perdido recuerdos, pero también has ganado algo. Tu runa ha terminado de despertar —
Soojin se llevó la mano a la nuca, donde Bora podía ver ahora un tenue brillo violeta asomando entre los cabellos. La runa de Soojin no estaba en la muñeca, como la de Bora. Estaba en la base del cráneo, justo donde la columna se encuentra con el hueso.
— ¿Qué significa? — preguntó Soojin.
— Que tu guerrero ya puede encontrarte — respondió Namjoon.
— Y que tú puedes encontrarle a él. La runa es un faro ahora. El problema es que el Círculo también puede verlo —