Park Chaeyoung no recordaba cuándo había empezado a soñar con el mar.
No era un mar real, de esos que aparecen en las postales de Jeju con agua turquesa y arena blanca. Era un mar oscuro, denso, con olas que se movían en cámara lenta y un cielo que no tenía estrellas. Y en medio de ese mar, siempre flotaba una figura. Una silueta masculina, recortada contra la negrura, que la miraba sin verla, que la llamaba sin pronunciar su nombre.
Esa noche, el sueño fue más vívido que nunca.
Chaeyoung sintió que su cuerpo se hundía en el colchón, que la gravedad se invertía y que el techo de su apartamento se convertía en agua. No era una sensación desagradable, sino más bien como volver a un lugar que siempre había conocido, aunque nunca hubiera estado allí.
— Park Chaeyoung — dijo una voz, y no era la de la silueta en el mar. Era otra. Más cercana. Más urgente.
Abrió los ojos.
No estaba en su cama.
Estaba en una habitación blanca, sin ventanas, sin puertas, con un suelo de baldosas que brillaban con luz propia. Y frente a ella, sentada en una silla que no había estado allí un segundo antes, había una mujer de cabello corto y ojos grises, vestida con un uniforme militar manchado de algo que no era barro.
— ¿Quién eres? — preguntó Chaeyoung, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.
— Soy la que te va a salvar — respondió la mujer, y aunque sus labios sonreían, sus ojos no.
— O la que te va a condenar. Depende de cómo mires el vaso. Soy Hyejin. Bueno, lo que queda de ella. Y tú, Park Chaeyoung, eres la tercera llama gemela. La restauradora de arte que no sabe que puede restaurar cosas más grandes que cuadros —
Chaeyoung se incorporó lentamente. Llevaba su pijama de franela, el mismo con el que se había acostado, y sus pies estaban descalzos sobre las baldosas brillantes.
— Esto es un sueño — dijo.
— Sí — admitió Hyejin.
— Pero también es real. Hay cosas que solo pueden ocurrir en los sueños. Y ahora mismo, mientras hablamos, una tormenta de sombras está cubriendo Seúl. Y dos guerreros están subiendo en el ascensor de tu edificio para rescatarte. Pero no llegarán a tiempo si no haces lo que te digo.
— ¿Qué tengo que hacer? —
Hyejin se levantó de la silla y caminó hacia Chaeyoung con pasos que no hacían ruido. Cuando estuvo frente a ella, posó una mano fría sobre su pecho, justo donde la runa violeta estaba comenzando a brillar bajo la tela del pijama.
— La tormenta de sombras quiere atrapar tu conciencia en este sueño. Si lo consigue, tu cuerpo despertará, pero tú no estarás dentro. Te habrás convertido en un cascarón vacío. El Círculo te usará como marioneta. Y no podremos salvarte sin destruir tu mente — Hyejin apretó ligeramente la mano, y la runa de Chaeyoung respondió con un calor que no quemaba, sino que reconfortaba.
— Pero tú eres una restauradora. Sabes cómo reparar lo que está roto. Sabes cómo encontrar la grieta en la superficie y rellenarla con algo nuevo. Haz lo mismo aquí. Encuentra la grieta de este sueño. La puerta de salida. Y sal —
— ¿Y cómo encuentro la grieta? —
Hyejin sonrió. Fue una sonrisa triste, pero no cruel.
— Siguiendo el olor a libros viejos. Siempre funciona —
La mujer de ojos grises comenzó a desvanecerse, como una acuarela mojada que se difumina en el papel. La habitación blanca empezó a agrietarse, mostrando bajo las baldosas un mar oscuro y un cielo sin estrellas.
— Despierta, Chaeyoung — dijo la voz de Hyejin, ya apenas un eco.
— Despierta antes de que la tormenta te atrape —
El mar la envolvió.
En el mundo real, el ascensor del edificio Ambersky.
— ¿Cuánto falta? — preguntó Jungkook, con el hacha ya desenvainada y los nudillos blancos.
— 3 pisos — respondió Hoseok, mirando los números que parpadeaban en la pantalla del ascensor.
— 22. Su apartamento está en el 22 —
— ¿Crees que llegaremos a tiempo? —
— No lo sé — Hoseok se pasó una mano por el cabello, y por un momento su máscara de alegría se resquebrajó.
— Pero vamos a intentarlo —
El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron con un susurro hidráulico.
El pasillo del piso 22 estaba vacío, pero no era un vacío normal. Era un vacío que escuchaba. Las paredes parecían vibrar ligeramente, y el aire olía a ozono y a algo quemado.
— El apartamento de Chaeyoung — dijo Jungkook, señalando una puerta al final del pasillo.
— La número 322 —
Corrieron. Jungkook llegó primero y derribó la puerta de una patada que la arrancó de sus goznes.
El apartamento era pequeño, ordenado, lleno de cuadros en proceso de restauración y pinceles secos sobre la mesa. Pero en la cama, con el cuerpo arqueado y los ojos abiertos pero vacíos, yacía Park Chaeyoung.
Su runa violeta brillaba con una intensidad cegadora sobre su pecho, iluminando toda la habitación con una luz que palpitaba al ritmo de un corazón invisible.