Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 16

Lee Hana no había dormido bien en semanas.

No era insomnio, exactamente. Era algo más parecido a una hipervigilancia, una sensación constante de que algo estaba a punto de suceder, de que el aire a su alrededor se había vuelto más denso, más cargado de intención. Como enfermera pediátrica, estaba acostumbrada a los turnos largos y al estrés de la sala de urgencias, pero esto era diferente. Esto era un presentimiento. Un eco de algo que aún no había llegado pero que ya estaba llamando a su puerta.

Esa noche, el eco se hizo más fuerte.

Hana estaba en su apartamento del distrito de Songpa, un pequeño estudio que olía a té de manzanilla y a las flores secas que su madre le regalaba cada cumpleaños. La televisión estaba encendida en un canal de noticias que hablaba de la tormenta (la tormenta de sombras, aunque los periodistas no lo sabían, la llamaban "un fenómeno meteorológico anómalo"), y Hana, con los pies apoyados en la mesita de café, intentaba no prestarle atención.

Pero no podía evitarlo.

Cada vez que miraba la pantalla, veía sombras moviéndose en los bordes de las imágenes, como si algo estuviera esperando detrás de la luz. Cada vez que parpadeaba, veía fragmentos de algo que no era real: una puerta de bronce, un cuervo grabado, una mano extendida hacia ella desde un lugar que no existía.

— Esto es ridículo — murmuró para sí misma, apagando la televisión.

— Necesito dormir —

Se levantó del sofá y caminó hacia la cocina para prepararse otra taza de té. Pero al pasar junto al espejo del recibidor, algo la detuvo.

Su reflejo no se movió al mismo tiempo que ella.

Hana se quedó paralizada. En el espejo, su imagen la miraba fijamente, con los mismos ojos, el mismo cabello oscuro recogido en una coleta baja. Pero había una diferencia: En el cuello de su reflejo, justo donde la mandíbula se encuentra con la garganta, una runa violeta brillaba con una luz tenue y pulsante.

Hana levantó una mano hacia su propio cuello. No sintió nada. No había runa. Pero cuando volvió a mirar el espejo, la runa seguía allí, en el reflejo, latiendo al ritmo de algo que ella no podía oír pero que podía sentir.

— No estoy dormida — dijo en voz alta, y su voz sonó extraña en el silencio del apartamento.

— Esto es real. Esto está pasando —

El reflejo sonrió. No era una sonrisa malvada ni amenazante. Era una sonrisa triste, casi compasiva, como si su propio reflejo supiera algo que ella aún no había descubierto.

— Hana — dijo el reflejo, y su voz no era la de ella. Era más grave, más antigua, como si alguien más estuviera hablando a través de su imagen.

— No tengas miedo. No te voy a hacer daño. Solo quiero decirte que ya es hora —

— ¿Hora de qué? —

— De despertar. De dejar de ignorar lo que siempre has sabido. Esas pesadillas que tienes desde niña, esas visiones de lugares que no existen, esas veces que has sabido que algo malo iba a pasar antes de que pasara... no son imaginación. Son tu runa. Tu don. Y ahora, el mundo te necesita —

Hana sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No era una metáfora. El suelo de su apartamento estaba temblando, y las paredes se cubrían de una fina capa de escarcha que no debería estar allí en plena primavera.

— ¿Quién eres? — preguntó, y su voz era un hilo.

— Soy la que fue antes que tú. La que protegió la grieta. La que cayó. Soy Hyejin. Y aunque no pueda salvarme a mí misma, puedo salvarte a ti — El reflejo en el espejo levantó una mano y la presionó contra el cristal. Hana, sin saber por qué, hizo lo mismo.

— Tu guerrero está en camino. Pero no vendrá solo. El Círculo también vendrá. Tienes que salir de ahí. Ahora —

— ¿Salir? ¿Adónde? —

— A la calle. Corre hacia el norte. No mires atrás. No importa lo que oigas. Cuando veas una puerta de bronce con un cuervo, ábrela y atraviesa. Allí te estarán esperando —

Hana retiró la mano del espejo. Su reflejo hizo lo mismo, y por un momento se vieron una a la otra, dos caras idénticas separadas por una fina capa de vidrio.

— ¿Y mi madre? — preguntó Hana, y su voz se quebró.

— Mi madre está enferma. No puedo dejarla —

El reflejo de Hyejin cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había lágrimas en ellos.

— Tu madre ya está a salvo. Jin (el sanador) envió a alguien a buscarla. Estará en un lugar seguro antes de que tú llegues a Noche Eterna. Pero tú tienes que moverte, Hana. La tormenta ya está aquí. Y tú eres la cuarta —

El espejo se agrietó.

No en pedazos, sino en una línea fina y precisa que recorrió el vidrio de arriba abajo. El reflejo de Hyejin se desvaneció, y Hana se quedó mirando su propio rostro, ahora dividido por la grieta.

— Corre — susurró el eco de la voz de Hyejin.

— Corre hacia el norte —

Hana no dudó.

Agarró su chaqueta, sus zapatos, y salió corriendo por la puerta de su apartamento sin mirar atrás.

El pasillo del edificio estaba vacío, pero no del todo. Las sombras se movían en las esquinas, alargándose y contrayéndose como si estuvieran respirando. Hana corrió hacia las escaleras de emergencia (el ascensor era una trampa mortal en estos casos, lo sabía sin saber cómo lo sabía) y bajó los 23 pisos en menos de 2 minutos.




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