Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 17

Jung Yeri había dejado de contar los días.

No porque no pudiera, sino porque había descubierto que el tiempo no se comportaba igual cuando estabas atrapada entre dos mundos. Desde su primer episodio de fuga (así lo llamaban los médicos, aunque ella sabía que no era eso) había sentido que algo la jalaba hacia un lugar que no existía, que algo la llamaba desde el interior de los espejos y las superficies reflectantes.

Yeri era violinista. Estudiaba en el Conservatorio de Seúl, y su violín era su única compañía fiel. Las notas que salían de sus cuerdas no solo eran música: Eran un lenguaje que ella entendía pero no podía traducir. A veces, cuando tocaba, veía imágenes. Fragmentos de batallas antiguas, de mujeres con espadas, de puertas de bronce que se abrían a mundos imposibles. Y siempre, siempre, una presencia. Algo que la observaba desde el otro lado del sonido.

Esa noche, mientras la tormenta de sombras cubría Seúl, Yeri estaba en su habitación del conservatorio, con el violín apoyado en el hombro y los dedos sobre las cuerdas.

No había ensayo programado. No había público. Solo ella y el instrumento, y la necesidad de hacer algo (cualquier cosa) para ahogar el zumbido constante en su cabeza.

Comenzó a tocar.

No era una pieza que conociera. Era una melodía que surgió de sus dedos como si alguien más la estuviera guiando, una secuencia de notas que subían y bajaban en patrones que dolían de tan hermosos. Mientras tocaba, el aire a su alrededor comenzó a vibrar. Las partituras en el atril se movieron solas, las páginas pasándose sin que nadie las tocara. Los espejos de la habitación (pequeños, decorativos, colocados estratégicamente para mejorar la acústica) comenzaron a empañarse.

Y en el vaho, algo se formó.

Una silueta. Un rostro. El rostro de un hombre joven, con el cabello oscuro y los ojos de un color que cambiaba constantemente, como si no pudiera decidir si era marrón, ámbar o verde.

— No pares — dijo la silueta, y su voz salía de los espejos y de las cuerdas del violín al mismo tiempo.

— Sigue tocando. La tormenta te está buscando. Si paras, te encontrará —

Yeri no podía parar aunque quisiera. Sus dedos se movían solos, con una velocidad y precisión que superaban cualquier cosa que hubiera tocado antes. Las notas llenaban la habitación como un torrente de luz, y las sombras que se filtraban por debajo de la puerta se retorcían y se alejaban, como si la música les doliera.

— ¿Quién eres? — preguntó Yeri, y su voz era apenas un susurro sobre el torrente de la melodía.

— Soy el que te ha estado esperando — respondió la silueta, y su imagen se hizo más nítida, más definida.

— Soy tu guerrero. Y estoy viniendo a buscarte. Pero necesito que me ayudes —

— ¿Cómo? —

— Sigue tocando. Atrae a la tormenta hacia ti. No la dejes entrar, pero atráela. La quinta runa debe despertar. Y solo puede hacerlo en el centro de la tormenta —

Yeri sintió un escalofrío que no era de frío. La quinta runa. La número cinco. La que era ella.

— ¿Y si no puedo? — preguntó.

— ¿Y si la tormenta me atrapa antes de que llegues? —

La silueta en el espejo sonrió. Fue una sonrisa suave, casi triste, que no combinaba con la urgencia de sus palabras.

— Entonces estaré allí para atraparte a ti. No te dejaré caer, Yeri. Te lo prometo —

Yeri cerró los ojos. Apoyó el violín más firmemente contra su hombro, y tocó. Tocó con todas sus fuerzas, con cada fibra de su ser, con cada nota que había aprendido y cada nota que aún no conocía.

La melodía se elevó hasta el techo, atravesó las paredes, y en la calle, la tormenta de sombras rugió de furia y de hambre.

Pero también de algo más: De curiosidad.

La quinta estaba llamando.

En Noche Eterna, Jimin sintió el tirón antes de que nadie más lo percibiera.

Su runa (la que llevaba en la palma de la mano derecha, la que brillaba con luz blanca desde que había despertado hacía siglos) palpitó con una intensidad que no había sentido desde la última vez que rastreó a una llama gemela.

— La número cinco — dijo en voz alta, y todos los presentes en la sala de sanación se giraron hacia él.

— Está tocando. Su runa está despertando —

— ¿Dónde? — preguntó Namjoon, que había vuelto a la sala tras dejar a Hana en manos de Jin.

— Conservatorio de Seúl. Distrito de Seodaemun — Jimin cerró los ojos, concentrándose en la señal.

— Pero hay algo extraño. No está sola. Hay alguien más con ella. Alguien que la está guiando —

— ¿El Círculo? —

— No. Es... — Jimin abrió los ojos, y su expresión era de asombro.

— Es otro guerrero. Uno que no está en la Hermandad. Uno que ha estado esperándola mucho tiempo —

Namjoon se tensó.

— ¿Un guerrero independiente? —

— Parece. Pero no es hostil. Está protegiéndola. La está guiando a través de la tormenta hacia nosotros —




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