Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 18

Jimin encontró el conservatorio antes de que la tormenta lo hiciera.

No fue difícil. La música de Yeri era como un faro en medio de la oscuridad, una corriente de notas que se elevaba por encima del rugido de las sombras y atravesaba las paredes de los edificios como si fueran de papel. Jimin siguió el sonido a través de las calles vacías de Seodaemun, esquivando fragmentos de recuerdos que caían del cielo en forma de lluvia negra y sombras que se alargaban hacia él con dedos de tinta.

El conservatorio era un edificio antiguo de piedra gris, con ventanas arqueadas y un jardín interior que ahora estaba cubierto de una niebla espesa y brillante. La puerta principal estaba abierta de par en par, y del interior salía la música de Yeri, tan intensa y desgarradora que Jimin sintió que le atravesaba el pecho.

Entró.

El vestíbulo estaba vacío, pero las paredes vibraban con la melodía. Los cuadros de los compositores clásicos colgaban torcidos, como si alguien los hubiera movido al pasar. Los espejos decorativos estaban empañados, y en cada uno de ellos, Jimin pudo ver destellos de una silueta masculina que se movía al ritmo de la música.

— Yeri — llamó, y su voz resonó en el espacio vacío.

— Soy Jimin. De la Hermandad del Cuervo Carmesí. He venido a buscarte —

La música no se detuvo, pero cambió ligeramente de tono. Se volvió más interrogativa, más cautelosa.

— ¿Cómo sé que no eres de la tormenta? — preguntó la voz de Yeri, que parecía venir de todas partes a la vez.

Jimin levantó las manos enguantadas en un gesto de paz.

— Porque la tormenta no puede tocar música así. La tormenta solo puede silenciar. Tú estás llenando este lugar de vida. Eso es lo que te hace diferente. Y también — se quitó el guante derecho, mostrando la runa blanca y brillante en su palma.

— Tengo una de estas. Como la tuya. Solo que la tuya está en otro lugar —

Hubo un silencio. Luego, la puerta de una de las salas de ensayo se abrió lentamente, y Yeri apareció en el umbral.

Tenía el violín aún apoyado en el hombro, los dedos manchados de sangre sobre las cuerdas, y el cabello suelto y desordenado alrededor de su rostro pálido. Pero sus ojos (oscuros, profundos, llenos de una intensidad que no era de este mundo) estaban fijos en Jimin con una mezcla de miedo y esperanza.

— La runa — dijo, señalando la palma de Jimin.

— Es igual a la que veo en los espejos. La que me habla —

— Esa es la runa de tu guerrero — respondió Jimin, dando un paso hacia ella.

— Pero no soy yo. Soy solo el mensajero. Tu guerrero está en camino, pero no puede llegar hasta que tú salgas de aquí. La tormenta te está buscando, Yeri. Si te encuentra antes de que tu runa despierte del todo, te atrapará —

Yeri apretó el violín contra su pecho.

— ¿Y si no quiero irme? — preguntó, y su voz temblaba.

— ¿Y si quiero quedarme y tocar hasta que todo esto desaparezca? —

— Entonces tocarás hasta que tus dedos sangren y tus cuerdas se rompan — dijo Jimin con suavidad.

— Y la tormenta te encontrará igualmente. Pero si vienes conmigo, podrás tocar para siempre. Podrás tocar en un lugar donde la música nunca muere. Y podrás conocer a tu guerrero. El que te ha estado esperando en los espejos —

Yeri lo miró largamente. Luego, lentamente, bajó el violín.

— ¿Cómo te llamas? — preguntó.

— Jimin. Pero en la Hermandad, me llaman el Rastreador —

Yeri esbozó una sonrisa débil.

— Rastreador. Suena a perro de caza —

— A veces lo soy — admitió Jimin, devolviéndole la sonrisa.

— Pero esta vez, he venido a salvar a una violinista. Eso es más interesante que cazar —

Yeri dio un paso hacia él. Luego otro. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Jimin extendió su mano enguantada hacia ella.

— Ven — dijo.

— Te llevaré a casa —

Yeri tomó su mano. La runa en la palma de Jimin brilló, y por un momento, ella sintió un calor que no venía del contacto físico, sino de algo más profundo. Una conexión. Un reconocimiento.

— ¿El guerrero de los espejos... es como tú? — preguntó mientras caminaban hacia la salida.

— Todos somos diferentes — respondió Jimin.

— Pero todos tenemos una cosa en común: Estamos esperando a nuestra llama gemela. Y tú eres la de alguien. La quinta —

Salieron del conservatorio. La tormenta de sombras rugió al verlos, pero Jimin levantó su mano enguantada y trazó una runa en el aire que creó un escudo de luz blanca a su alrededor. Las sombras se estrellaron contra él y se disolvieron.

— ¡Corre! — ordenó Jimin.

Corrieron.

A través de las calles vacías, esquivando sombras y recuerdos caídos, con la música de Yeri aún resonando en el aire como un eco persistente. Jimin la guió con la seguridad de quien ha recorrido esos caminos cientos de veces, y Yeri lo siguió sin dudar.




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