Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 19

Kim Soyeon conocía el bosque de Bukhansan mejor que su propio reflejo.

Había crecido en las faldas de la montaña, había aprendido a leer las huellas de los animales antes de aprender a leer las letras, y sabía el nombre de cada árbol, cada arroyo, cada claro donde el sol se filtraba entre las copas como dedos de luz. El bosque era su hogar, su santuario, su único refugio contra un mundo que nunca terminaba de entender.

Pero esa noche, el bosque estaba diferente.

No era una diferencia que pudiera ver con los ojos. Era una diferencia que podía senti en la piel, en el aire, en el zumbido constante que vibraba en el fondo de sus huesos. Algo estaba llamándola desde las profundidades del suelo, una voz antigua que no usaba palabras pero que ella entendía perfectamente.

Soyeon estaba en su cabaña de guardabosques, una estructura modesta de madera y piedra que había heredado de su abuelo. Tenía una taza de té humeante entre las manos y un libro abierto sobre la mesa, pero no estaba leyendo. Sus ojos estaban fijos en la ventana, donde la tormenta de sombras (que los humanos llamaban "fenómeno meteorológico anómalo") se arremolinaba en el cielo como una herida negra que no sanaba.

— ¿Qué quieres de mí? — susurró en voz alta, aunque no sabía a quién le preguntaba.

El bosque respondió.

El viento se levantó de repente, sacudiendo las ramas de los pinos y haciendo crujir las tablas de la cabaña. Las hojas secas danzaron en remolinos frente a la ventana, y en medio de ese torbellino, Soyeon vio algo que no debería estar allí: Una runa. Violeta. Brillando en el tronco de un roble centenario como si hubiera estado grabada allí desde el principio del tiempo.

— No es posible — murmuró, levantándose de la silla.

La runa parpadeó, y por un momento, Soyeon sintió que el mundo se inclinaba. Las paredes de la cabaña se distorsionaron, el techo se elevó, y el suelo se cubrió de una capa de musgo que no debería estar allí. Cuando el vértigo pasó, ya no estaba en su cabaña. Estaba en el claro del roble centenario, con la runa brillante a unos metros de distancia, y la tormenta rugiendo sobre su cabeza.

— Esto es un sueño — dijo en voz alta, pero su voz sonó extraña en el espacio vacío.

— Estoy soñando —

— No del todo — respondió una voz detrás de ella.

Soyeon se giró. Una mujer estaba sentada en una roca cubierta de musgo, vestida con un uniforme militar manchado de algo que no era barro. Tenía el cabello corto y oscuro, los ojos grises y una expresión de cansancio profundo que Soyeon reconoció porque la veía en el espejo cada mañana.

— ¿Quién eres? — preguntó Soyeon, y aunque su corazón latía con fuerza, su voz se mantuvo firme.

— Soy Hyejin. La que fue antes que tú. La que protegió esta grieta durante años hasta que no pudo más — La mujer se levantó lentamente y caminó hacia Soyeon.

— Tú eres la sexta, Kim Soyeon. La guardabosques que habla con los árboles y que siente el pulso de la tierra bajo sus pies. Y tu tiempo ha llegado —

— ¿Mi tiempo para qué? —

— Para despertar. Para aceptar lo que eres. Para encontrar a tu guerrero —

Soyeon sintió un nudo en la garganta.

— No quiero ser nada. Solo quiero vivir en mi bosque y cuidar de los animales y no pensar en cosas que no entiendo —

Hyejin sonrió. Fue una sonrisa triste, pero no cruel.

— Eso es lo que yo decía. Hasta que entendí que no se puede huir de lo que uno es. Y tú, Soyeon, eres una guardiana. No solo de los árboles, sino del velo que separa este mundo del otro. Sin ti, la grieta que protege el bosque se abrirá, y lo que hay al otro lado entrará. Y no será solo un bosque lo que perderás. Será todo.

Soyeon cerró los ojos. Sintió el viento en su rostro, el olor a tierra mojada y pino, el latido profundo de la montaña bajo sus pies. Y en ese latido, escuchó algo: Un nombre. Un nombre que no conocía pero que reconocía como propio.

— ¿Y si no estoy lista? — preguntó, abriendo los ojos.

— Nadie lo está — respondió Hyejin.

— Pero te conviertes en lo que necesitas ser cuando el momento llega. Y el momento ha llegado —

La mujer de ojos grises comenzó a desvanecerse, como una acuarela mojada. El claro del roble centenario también se desvaneció, y Soyeon sintió que su cuerpo volvía a su cabaña, a su silla, a su taza de té ahora frío.

Pero algo había cambiado.

En su pecho, justo donde el corazón latía con más fuerza que nunca, una runa violeta brillaba bajo la piel. Una runa que no había estado allí antes.

Soyeon se levantó y caminó hacia la puerta de la cabaña. La abrió.

El bosque la esperaba. Y en el centro del bosque, entre los árboles, había una figura masculina. Alta, de hombros anchos, con el cabello oscuro y los ojos que brillaban con una luz dorada. No se movió. No habló. Solo la miró, como si hubiera estado esperando ese momento durante siglos.

— ¿Tú eres mi guerrero? — preguntó Soyeon, y su voz era apenas un susurro.

La figura dio un paso hacia ella. Luego otro. Y cuando estuvo lo suficientemente cerca, extendió una mano.




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