Yuna llevaba 3 días sin salir de su apartamento.
No era agorafobia, exactamente. Era algo más parecido a una precaución instintiva, como si supiera (sin saber cómo lo sabía) que el mundo exterior se había vuelto peligroso de una manera que no podía explicar. Las cortinas estaban corridas, las puertas cerradas con doble cerrojo, y el teléfono apagado desde la noche en que empezó a soñar con siete mujeres y un ejército de sombras.
Su apartamento era pequeño, en un barrio anónimo de Nowon, al norte de Seúl. Tenía una cocina minúscula, un salón que también era dormitorio, y una biblioteca de bolsillo con novelas de misterio y ensayos sobre filosofía oriental. Yuna trabajaba como correctora de textos para una editorial pequeña, y su vida era exactamente como le gustaba: Predecible, tranquila, invisible.
Pero la invisibilidad ya no funcionaba.
Lo sintió primero en la muñeca derecha. Un calor insistente, como una pulsera que se apretaba lentamente. Se la había mirado cien veces, pero no había nada. Ninguna marca, ninguna erupción, ninguna explicación médica. Solo el calor. Y el zumbido. Y la sensación de que alguien (o algo) la estaba llamando desde muy lejos.
— No voy a responder — susurró al vacío.
— No voy a salir. No voy a hacer nada. Solo quiero que me dejen en paz.
El vacío no respondió. Pero el calor en su muñeca aumentó un grado.
Esa noche, Yuna se sentó en el suelo de su salón, con la espalda apoyada en el sofá y las piernas cruzadas, intentando meditar. Era algo que hacía desde que tenía memoria, una herramienta para calmar el ruido interior, para encontrar el silencio en medio del caos. Pero esa noche, el ruido no se callaba. Era más fuerte que nunca. Y en el centro del ruido, distinguía voces. Fragmentos de conversaciones que no eran suyas.
— La séptima... — decía una voz, grave y antigua.
— La clave... — decía otra, más suave, más urgente.
— Sin ella, todo será en vano... — decía una tercera, y esa era la voz de una mujer, una voz que Yuna reconocía sin saber de dónde.
— Despierta, Yuna... No puedes esconderte para siempre... —
— ¡Cállense! — gritó, tapándose los oídos con las manos.
El silencio regresó abruptamente. Pero no era un silencio vacío. Era un silencio expectante, como si alguien estuviera conteniendo la respiración, esperando.
Yuna abrió los ojos.
No estaba en su salón.
Estaba en un claro de niebla, con árboles que no eran árboles y un cielo que no era cielo. La niebla se movía a su alrededor en remolinos lentos, y en el centro del claro, sentada sobre una roca cubierta de musgo, había una mujer de cabello corto y ojos grises. Vestía un uniforme militar manchado de algo que no era barro.
— Hola, Yuna — dijo la mujer, y su voz era la misma que había escuchado en la meditación.
— Soy Hyejin. Y sé que no quieres verme. Pero no tengo elección. Y tú tampoco —
— ¿Dónde estoy? — preguntó Yuna, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.
— En tu sueño. Pero también en un lugar real. La niebla es el umbral entre tu conciencia y el mundo de las runas. Y tú, Yuna, eres la última pieza del rompecabezas. La séptima llama gemela.
Yuna sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Literalmente. La niebla se arremolinó y el claro se inclinó ligeramente.
— No quiero ser parte de nada — dijo, y su voz tembló.
— Solo quiero volver a mi vida normal —
— Lo sé. Pero tu vida normal ya no existe. Nunca existió, en realidad. Solo era el tiempo de espera antes de que esto comenzara —
— ¿Qué es esto? —
Hyejin se levantó lentamente y caminó hacia Yuna. Sus pasos no hacían ruido sobre la niebla.
— Es el final de una guerra que empezó hace mil años. Y el principio de algo nuevo. Las seis primeras llamas gemelas ya han despertado. Están en Noche Eterna, esperándote. Sin ti, el vínculo está incompleto. La profecía no puede cumplirse. Y el velo se romperá —
— ¿Y qué me importa a mí el velo? —
Hyejin la miró con sus ojos grises, y por un momento, Yuna vio en ellos algo que no esperaba: Compasión.
— Porque si el velo se rompe, el mundo que conoces desaparecerá. Y las personas que amas (tu madre, tu hermana, tus amigos) serán las primeras en caer. No porque sean débiles, sino porque no saben que hay algo contra lo que protegerse.
Yuna cerró los ojos. Sintió el calor en su muñeca, más intenso que nunca. Sintió también algo más: Un tirón. Como si una cuerda invisible estuviera atada a su pecho, y alguien (en algún lugar) estuviera tirando de ella.
— ¿Mi guerrero? — preguntó, y su voz era apenas un susurro.
— Está esperando — respondió Hyejin.
— Pero no puede llegar a ti hasta que tú decidas dar el primer paso. La séptima es diferente. Tienes que quererlo. Tienes que elegir —
Yuna abrió los ojos. La niebla comenzaba a disiparse. El claro se desvanecía, y con él, la figura de Hyejin.