Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 22

El amanecer llegó a Seúl como un suspiro ahogado.

La tormenta de sombras no se había retirado durante la noche, pero se había vuelto más densa, más quieta, como un animal que acecha a su presa y espera el momento exacto para atacar. Yuna lo sintió en sus huesos. Cada minuto que pasaba, el calor en su muñeca aumentaba un grado, y las imágenes en su mente se hacían más nítidas: Siete mujeres en círculo, Siete runas brillando, una puerta de bronce que se abría hacia la luz.

Esta mañana, Yuna se levantó con una decisión en el corazón.

No era una decisión valiente. Era una decisión práctica: Si no iba a buscar respuestas, las respuestas la encontrarían a ella. Y cuando eso pasara, no estaría preparada. Mejor enfrentar el miedo en sus propios términos que esperar a que el miedo la enfrentara a ella.

Se vistió con ropa cómoda (vaqueros, una chaqueta ligera, zapatos para caminar) y guardó en su mochila lo esencial: Agua, una linterna, un cuaderno y un bolígrafo. No sabía lo que iba a encontrar, pero sabía que necesitaba registrar lo que viera. Era correctora de textos; documentar era lo que hacía mejor.

Antes de salir, se detuvo frente al espejo del baño.

— No voy a esconderme más — dijo a su reflejo.

— No voy a fingir que no veo lo que veo. Voy a buscar la verdad. Y si la verdad me da miedo, al menos será mi verdad —

El reflejo sonrió. No fue una sonrisa de Hyejin ni de ninguna otra presencia externa. Fue su propia sonrisa, la de alguien que ha tomado una decisión y está lista para afrontar las consecuencias.

Salió de su apartamento.

Las calles de Nowon estaban desiertas, pero no vacías. Las sombras se movían en los bordes de los edificios, alargándose y contrayéndose como si estuvieran respirando. Yuna caminó con paso firme, sin mirar atrás, siguiendo el tirón de la runa en su muñeca hacia el norte.

No sabía cómo sabía que era el norte, pero lo sabía. La runa era su brújula, y la brújula señalaba hacia un lugar donde la luz violeta parpadeaba en el horizonte como un faro en medio de la tormenta.

Caminó durante horas. Atravesó calles vacías, parques cubiertos de una niebla densa y brillante, y puentes sobre el río Han que ahora parecían suspendidos en la nada. En cada esquina, las sombras se retiraban ante ella, como si su presencia las molestara, como si la runa en su muñeca fuera un escudo invisible.

Cuando llegó a las afueras de la ciudad, donde los edificios se volvían más bajos y el paisaje más abierto, vio una puerta.

No era una puerta cualquiera. Era de bronce, alta y estrecha, con un cuervo grabado en la manija. Estaba incrustada en una colina de tierra, sin edificios alrededor, sin camino que llevara a ella. Solo la puerta, y detrás de ella, el parpadeo violeta que la había estado guiando.

Yuna se detuvo frente a la puerta. Su mano temblaba ligeramente mientras alcanzaba la manija.

— No voy a mirar atrás — susurró.

— No voy a arrepentirme. Voy a entrar —

Giró la manija.

La puerta se abrió sin resistencia, revelando un pasillo de piedra negra iluminado por velas flotantes que ardían sin humo. El aire olía a incienso y a algo más: una presencia antigua, viva, que la observaba desde las sombras.

Yuna dio un paso adelante. La puerta se cerró tras ella.

Caminó por el pasillo durante lo que le parecieron minutos, aunque el tiempo parecía moverse de manera diferente allí. Las velas parpadeaban a su paso, como si la saludaran. Las paredes de piedra negra estaban cubiertas de runas que brillaban tenuemente, y cada vez que Yuna pasaba cerca de una, sentía un calor suave en la muñeca.

Finalmente, el pasillo se abrió a una sala enorme, circular, iluminada por una hoguera verde que ardía en el centro. Y alrededor de la hoguera, sentadas en círculo, había seis mujeres.

Las seis llamas gemelas.

Yuna se detuvo en el umbral, con el corazón latiendo con fuerza. Las seis mujeres la miraron. No con hostilidad, sino con curiosidad, con esperanza, con el reconocimiento de quienes han estado esperando a alguien durante mucho tiempo.

— La número siete — dijo una de ellas, la de cabello corto y ojos cansados. Era Soojin.

— Has venido —

Yuna asintió, sin poder hablar.

Otra de las mujeres, la de la sonrisa amable y la chaqueta de cuero, se levantó y caminó hacia ella. Era Bora.

— Bienvenida — dijo, ofreciéndole la mano.

— Somos las seis primeras. Y te hemos estado esperando —

Yuna tomó su mano. El contacto fue cálido, reconfortante, y por un momento, todo el miedo que había estado cargando durante días se disipó ligeramente.

— ¿Qué se supone que debo hacer ahora? — preguntó Yuna, y su voz sonó más pequeña de lo que quería.

— Ahora — respondió una voz grave detrás de ella.

— Te sientas con nosotras. Y descubres quién eres realmente —

Yuna se giró. Un hombre alto, de hombros anchos y cabello púrpura oscuro, estaba de pie en la entrada de la sala. Sus ojos eran profundos y antiguos, pero no crueles. Detrás de él, otros seis hombres la observaban desde las sombras, cada uno con su propia presencia, su propia runa brillando bajo la piel.




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