La caída no fue física.
Fue una disolución, un deshacerse de la forma mientras el mundo se desplegaba a su alrededor como un pergamino infinito. Bora sintió que su cuerpo se estiraba en todas direcciones, que sus recuerdos se deshilachaban como hilos de un tapiz viejo, y que el sonido (el rugido de la tormenta, los gritos de los guerreros, el latido de su propia runa) se convertía en un zumbido distante, casi musical.
Y luego, el impacto.
No fue contra el suelo, sino contra algo más suave, más cálido: Una superficie que no era sólida pero que la sostenía, como una mano gigante hecha de aire y de luz violeta. Bora abrió los ojos y se encontró en un espacio que no podía describir. No era oscuro ni claro. No era frío ni caliente. Era un entre, un umbral entre algo que había sido y algo que aún no era.
— No estás muerta — dijo una voz detrás de ella.
Bora se giró. La mujer de cabello corto y ojos grises estaba allí, sentada en una roca que no existía, vestida con su uniforme militar manchado de algo que no era barro.
— Hyejin — dijo Bora, y su voz sonó extraña, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo.
— La misma. La única. La que siempre está en el lugar equivocado en el momento equivocado — Hyejin sonrió, pero era una sonrisa cansada.
— Has caído en la grieta, Yoon Bora. No la que la tormenta abrió, sino la que la tormenta quería abrir. La que lleva a la puerta final.
— ¿La puerta final? —
— El centro del velo. El lugar donde todos los mundos se encuentran. El Círculo ha estado buscando esta puerta durante 1,000 años, y tú acabas de caer en ella como una manzana madura — Hyejin se levantó lentamente y caminó hacia Bora.
— Pero no estás sola. Tus hermanas y tus guerreros están en camino. Y la llave — la llave de bronce — está en manos del enemigo.
Bora sintió que el pánico comenzaba a trepar por su espalda.
— ¿Qué quiere el Círculo? ¿Qué va a hacer con la llave? —
Hyejin la miró fijamente. Sus ojos grises brillaron con una intensidad que Bora no había visto antes.
— Quiere abrir la puerta. Y cuando lo haga, todo lo que hay al otro lado (la Oscuridad Primigenia, el vacío que todo lo devora) entrará en este mundo. Y entonces, no habrá velo que proteger, ni Hermandad que luchar, ni profecía que cumplir. Todo será oscuridad. Todo será olvido.
— ¿Y cómo lo detenemos? —
— Cerrando la puerta desde dentro. Antes de que la abran. Antes de que la llave toque la cerradura — Hyejin extendió una mano hacia Bora.
— Tienes que llegar al centro de la grieta. Y cuando llegues, tienes que sellarla con tu runa. Con todas las runas. Solo así podrás detenerlo —
Bora tomó la mano de Hyejin. El contacto era frío, pero no desagradable.
—¿Y los demás? ¿Los guerreros? ¿Mis hermanas? —
— Ellos te encontrarán. Pero tienes que moverte. La tormenta no va a esperar a que estés lista —
Hyejin apretó la mano de Bora. Y de repente, el espacio entre los mundos se desvaneció, y Bora se encontró en un lugar nuevo.
Era una habitación. Una habitación que conocía: Su propia biblioteca, la de PÁGINAS PÚRPURA, con sus estantes de madera desgastada y el olor a papel viejo y a café. Pero no era la biblioteca real. Era una copia, una versión hecha de sombras y luz violeta, donde los libros tenían runas grabadas en los lomos y los estantes se movían lentamente, como si estuvieran respirando.
— Bienvenida al centro de la grieta — dijo la voz de Hyejin, ahora solo un eco.
— Este es tu refugio. Y tu campo de batalla. Encuentra la puerta. Ciérrala. Antes de que ellos lleguen —
Bora se quedó sola en la biblioteca de sombras, con la runa en su muñeca latiendo con fuerza y el eco de sus propios pasos resonando en el espacio vacío.
— Yoongi — susurró.
— Estoy aquí. Encuéntrame —
Y en algún lugar de la grieta, Yoongi sintió el llamado.
— ¡Bora! — gritó, y su voz atravesó el abismo.
No sabía cómo, pero la oyó. La sintió. Y supo que tenía que llegar a ella antes de que la tormenta lo hiciera.
Corrió. Y detrás de él, los otros guerreros y las otras seis mujeres lo siguieron, formando un río de luz violeta que se abría paso a través de la oscuridad.
El círculo aún estaba unido.
Y la batalla final había comenzado.