Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 28

La biblioteca de sombras no era un lugar estático. Bora lo descubrió mientras caminaba: Los pasillos se reordenaban a su espalda, los estantes se desplazaban como piezas de un rompecabezas viviente, y los libros cambiaban de color y de título cada vez que ella parpadeaba. Era como si el lugar estuviera respondiendo a su presencia, adaptándose a ella, probándola.

Pero no podía detenerse.

La runa oculta en su frente (la de su reflejo, la de la séptima) seguía latiendo con un ritmo que no era el suyo, y Bora sabía que tenía que llegar al centro de la biblioteca antes de que la tormenta encontrara la manera de cerrar el camino.

Tras doblar una esquina, se encontró frente a un espejo.

No era un espejo cualquiera. Era enorme, de marco plateado, con runas grabadas en los bordes que brillaban con una luz tenue. La superficie del espejo no reflejaba la biblioteca; reflejaba otra cosa. Un claro de niebla, con árboles que no eran árboles y un cielo que no era cielo. Y en el centro del claro, una figura familiar: Hyejin.

— Bora — dijo la figura, y su voz salía del espejo como si hablara desde el otro lado.

— Has llegado al umbral. La runa de la séptima está aquí. Pero para activarla, tienes que ver más allá de lo que tus ojos te muestran —

— ¿Qué quieres decir? — preguntó Bora, acercándose al espejo.

— La runa no está en el reflejo. Está en lo que el reflejo oculta. Tienes que mirar a través de ti misma. Ver lo que está detrás de tu propia imagen —

Bora se detuvo frente al espejo. Su reflejo la miraba desde el otro lado del vidrio, idéntico a ella en cada detalle, excepto por la runa en la frente. Pero cuando Bora concentró su mirada, más allá de su propio rostro, comenzó a ver otra cosa. Una sombra. Una silueta detrás de su reflejo, como si alguien estuviera de pie a su espalda, en el mundo real, pero invisible a simple vista.

— ¿Quién está ahí? — preguntó, y su voz sonó más firme de lo que se sentía.

— Soy yo — respondió una voz detrás de ella.

Bora se giró. No había nadie. La biblioteca de sombras seguía vacía, con sus estantes de libros moviéndose lentamente y sus ventanas parpadeando con luz violeta.

Pero cuando volvió a mirar el espejo, la silueta detrás de su reflejo se había hecho más nítida. Y entonces, la reconoció.

Era ella misma. Pero no la Bora del presente. Era una Bora más joven, con el cabello más corto y los ojos llenos de una curiosidad que la Bora actual había olvidado.

— Soy tu pasado — dijo la silueta, y su voz era la de la Bora de diez años, la que pasaba horas en la biblioteca de su pueblo, devorando libros de aventuras.

— La parte de ti que siempre supo que el mundo era más grande de lo que parecía. La que nunca tuvo miedo de lo desconocido —

— ¿Qué haces aquí? —

— Estoy esperando a que me recuerdes. Porque sin mí, no puedes activar la runa. La runa de la séptima no es solo poder. Es memoria. Es la suma de todo lo que has sido y todo lo que serás. Y si olvidas quién eres, la runa no se activará —

Bora sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No sabía por qué. Pero la imagen de su yo más joven, de la niña que había sido, le recordaba algo que había perdido: La capacidad de asombrarse. De creer en lo imposible.

— No te he olvidado — susurró.

— Solo... me había distraído —

La Bora más joven sonrió. Y en su sonrisa, Bora vio la runa que buscaba. No estaba en la frente, sino en el centro del pecho, justo donde el corazón late con más fuerza.

— Tócala — dijo la niña.

— Y recuerda —

Bora extendió la mano hacia el espejo. Sus dedos tocaron el vidrio, y este se onduló como el agua. Su mano atravesó la superficie, y sintió el calor de la runa bajo sus dedos. No era un calor físico, sino emocional: Una oleada de recuerdos, de momentos, de promesas que se había hecho a sí misma y que había olvidado.

La runa brilló. La luz violeta se extendió desde su pecho y recorrió todo su cuerpo, iluminando cada rincón de la biblioteca de sombras.

Y entonces, Bora supo lo que tenía que hacer.

Se apartó del espejo y caminó hacia el centro de la biblioteca, donde una puerta de bronce con un cuervo grabado estaba esperando.

No era la puerta de la tormenta. Era la puerta de la séptima. La que cerraba el círculo.

Bora colocó su mano sobre la puerta. La runa en su pecho brilló en sincronía con la runa de su muñeca.

— Estoy lista — dijo.

Y la puerta se abrió.

En el exterior de la grieta, Yoongi sintió que el vínculo se fortalecía.

— Bora — susurró, y su voz era un eco.

— Está en el centro. La está abriendo —

— Entonces tenemos que llegar ahí — dijo Namjoon, con Hana a su lado.

— Todas las llamas gemelas deben estar presentes para sellar la grieta —

Corrieron. La luz violeta de las runas iluminaba el camino, y la tormenta rugía a su alrededor, pero no podía alcanzarlos.




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