Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 30

La luz violeta no era solo luz. Era voluntad. Era memoria. Era el eco de siete vidas que se habían cruzado en el centro del universo para cerrar una herida que llevaba mil años abierta.

Las siete mujeres estaban de pie alrededor de la runa flotante, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados. La runa en el centro pulsaba en sincronía con sus corazones, y cada latido enviaba una onda de luz que se expandía por la grieta, reparando los bordes rasgados del velo, cosiendo la realidad como un cirujano repara una herida.

Bora sentía el esfuerzo en cada fibra de su ser. No era un dolor físico, sino una tensión, como si estuviera sosteniendo el peso de un mundo entero sobre sus hombros. Pero no estaba sola. A su alrededor, las otras seis mujeres compartían esa carga. Soojin, Chaeyoung, Hana, Yeri, Soyeon y Yuna: Cada una con su propia runa, su propia fuerza, su propia historia.

— No podemos soltarnos — dijo Soojin, y su voz era tensa pero firme.

— Si nos soltamos, todo se deshace —

— No vamos a soltarnos — respondió Chaeyoung, apretando las manos de las que estaban a su lado.

— Estamos unidas. Y así vamos a quedarnos —

En el exterior del círculo, los siete guerreros formaban un perímetro de protección. Las sombras de la tormenta se estrellaban contra ellos con una ferocidad renovada, como si supieran que estaban perdiendo, como si su desesperación las hiciera más peligrosas. Yoongi, Jungkook, Hoseok, Jimin, Taehyung, Jin y Namjoon luchaban con una precisión que solo la desesperación puede dar, moviéndose como un solo cuerpo, protegiendo el círculo de luz violeta que se elevaba hacia el cielo.

— ¡No dejen que las sombras toquen a las mujeres! — gritó Namjoon, partiendo en dos a una criatura con un golpe de su espada.

— ¡No pienso dejar que se acerquen! — respondió Jungkook, con el hacha girando en un patrón mortal que cortaba la oscuridad como si fuera papel.

Yoongi, mientras tanto, no hablaba. No necesitaba hacerlo. Cada movimiento que hacía, cada golpe que daba, estaba guiado por una única obsesión: Proteger a Bora. Su runa sobre el corazón ardía en sincronía con la de ella, y a través de ese vínculo podía sentir su esfuerzo, su cansancio, pero también su determinación.

— Bora — susurró, y aunque ella no podía oírlo, supo que lo sintió.

— Estoy aquí. No te voy a dejar —

En el centro del círculo, Bora abrió los ojos un instante. No era necesario ver para saber dónde estaba Yoongi. Lo sentía. Lo sentía como una presencia cálida en el borde de su conciencia, como un faro que la guiaba en medio de la tormenta.

— Gracias — susurró, aunque no sabía si él la oía.

La runa flotante en el centro del círculo comenzó a cambiar. No era más grande ni más brillante, pero su forma se estaba transformando lentamente, volviéndose más sólida, más real. Ya no era solo luz. Era una estructura, una llave, un sello.

— Está funcionando — dijo Yeri, y su voz era un susurro de asombro.

— La runa se está cerrando —

— Sí — respondió Soyeon, y su voz era grave, como la de alguien que ha visto el fin de una larga guerra.

— La grieta se está sellando —

Afuera, la tormenta rugió con una furia que hizo temblar el suelo. La figura encapuchada, que había estado observando desde la distancia, dio un paso adelante, con la llave de bronce aún en la mano.

— ¡No! — gritó, y su voz era un trueno que atravesó la luz violeta.

— ¡No pueden sellarla! ¡No sin mí! —

Levantó la llave y la lanzó hacia el círculo. La llave voló a través del aire como una flecha de bronce, y por un momento, pareció que iba a atravesar la luz violeta y romper el sello.

Pero Hyejin (la guerrera caída, la que había estado esperando este momento durante siglos) apareció en el camino de la llave. Su cuerpo ya no era sólido, sino una silueta de luz grisácea, pero extendió una mano y atrapó la llave en el aire.

— No esta vez — dijo, y su voz era un eco que se desvaneció lentamente.

— Ya has hecho suficiente daño, señor del Círculo. Es hora de que esto termine —

La figura encapuchada retrocedió, con los ojos rojos brillando de furia.

— ¡Traidora! — gritó.

— ¡Siempre fuiste una traidora! —

— Fui una tonta — respondió Hyejin.

— Pero he aprendido. Y ahora, voy a hacer lo correcto —

Giró la llave en el aire, y en lugar de abrir una puerta, la llave se desintegró en polvo de bronce que se disolvió en la luz violeta. La figura encapuchada soltó un alarido de agonía, y su cuerpo comenzó a desvanecerse, a deshacerse en sombras que la tormenta ya no podía sostener.

— Esto no ha terminado — susurró la figura, mientras su forma se disolvía.

— La Oscuridad siempre encuentra un camino —

Y desapareció.

La tormenta, sin su líder, comenzó a debilitarse. Las sombras se retiraron lentamente, como una marea que baja, dejando atrás un cielo que comenzaba a clarear.




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