Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 31

El sol no había salido sobre Seúl de esa manera en décadas. Quizás en siglos.

No era un amanecer normal. Era un amanecer que había sido ganado, arrancado de las garras de la oscuridad con sangre, lágrimas y luz violeta. La luz se filtraba entre los edificios como dedos de oro, tocando los cristales rotos, las calles vacías, los cuerpos cansados de los guerreros y las mujeres que habían salvado el mundo sin que nadie lo supiera.

Bora sintió el calor del sol en su rostro por primera vez en días. No era un calor intenso, sino suave, como una caricia que le decía estás viva, has ganado, puedes descansar. Cerró los ojos un momento y dejó que la luz la envolviera.

— Nunca pensé que volvería a ver esto — dijo Soojin a su lado, con la voz ronca por el cansancio y la emoción.

— ¿El sol? — preguntó Chaeyoung.

— La paz. El silencio. No tener que estar corriendo o luchando o escondiéndome. — Soojin sonrió débilmente.

— Es extraño. Casi no sé qué hacer conmigo misma sin un objetivo que perseguir —

— Descansar — dijo Hana, con su voz práctica de enfermera.

— Lo primero es descansar. Y luego, comer. Y luego, dormir otra vez. Y luego, cuando hayamos recuperado fuerzas, decidir qué viene después —

— Suena a un plan perfecto — admitió Yeri, que estaba sentada en el suelo con el violín apoyado en sus rodillas. Las cuerdas estaban rotas, y sus dedos aún sangraban, pero su sonrisa era genuina.

— Pero primero... me gustaría tocar algo. Algo alegre. Algo que no sea de batalla —

— Toca — dijo Jimin, arrodillándose a su lado.

— Yo te escucho —

Yeri levantó el violín y, con las cuerdas rotas y los dedos heridos, comenzó a tocar una melodía que no era triste ni épica. Era una canción de cuna. Una melodía simple, casi infantil, que hablaba de días tranquilos y noches seguras.

Mientras la música llenaba el espacio, los demás se fueron sentando lentamente en el suelo de la plaza, formando un círculo alrededor de Yeri. Los guerreros y las llamas gemelas, unidos por la batalla y por el silencio compartido, escuchaban la música como si fuera la primera vez que oían algo hermoso.

Yoongi se sentó junto a Bora, con los hombros rozando los de ella. No habló. No hizo ningún gesto romántico. Solo se quedó ahí, compartiendo su presencia, y para Bora, eso era más que suficiente.

— ¿Crees que el Círculo volverá? — preguntó Bora en voz baja, sin apartar la mirada de Yeri.

— Algún día — respondió Yoongi, y su voz era honesta, pero no pesimista.

— La Oscuridad siempre encuentra un camino. Pero hoy no. Hoy, estamos a salvo. Y eso es lo que importa —

— ¿Y mañana? —

— Mañana, estaremos listos. Porque ahora no estamos solos. Tenemos a las siete. Tenemos el vínculo. Y tenemos la esperanza de que, aunque vuelvan, podremos detenerlos otra vez —

Bora apoyó la cabeza en el hombro de Yoongi. No era un gesto grande, ni dramático. Era un gesto de confianza. De decir estoy aquí, y estoy contigo.

— Me gusta cómo suena eso — murmuró.

— ¿El qué? —

"Estaremos listos". Suena a futuro. Suena a que hay algo más que la batalla —

Yoongi guardó silencio un momento. Luego, con una voz tan baja que apenas era un susurro, respondió:

— Sí. Hay algo más. Siempre lo hubo. Solo que no lo sabía hasta que te encontré —

Bora no respondió. No necesitaba hacerlo. Las palabras colgaban en el aire entre ellos como una promesa, y eso era suficiente.

Al otro lado del círculo, Namjoon y Hana estaban sentados juntos, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Hana, que había pasado días cuidando a los demás, finalmente se permitía ser cuidada. Namjoon no decía mucho, pero su presencia era sólida, constante, como una roca en medio del mar.

— ¿Qué pasa ahora? — preguntó Hana, mirando el horizonte.

— Con la Hermandad, quiero decir —

— La Hermandad seguirá — respondió Namjoon.

— Pero cambiará. Ya está cambiando. Ahora que tenemos a las siete llamas gemelas, el propósito no es solo proteger el velo. Es construir algo nuevo. Algo que valga la pena proteger —

— ¿Como una familia? —

Namjoon sonrió. Era una sonrisa rara en él, pero genuina.

— Sí. Como una familia —

Chaeyoung y Jin estaban en un rincón más alejado, hablando en voz baja. Chaeyoung había apoyado la cabeza en el hombro de Jin, y él tenía un brazo alrededor de sus hombros, sosteniéndola como si fuera algo frágil y precioso.

— ¿Siempre has querido ser sanador? — preguntó Chaeyoung, con los ojos cerrados.

— No al principio — admitió Jin.

— Pero ahora, no puedo imaginar ser otra cosa. Curar es lo que me hace sentir útil. Lo que me conecta con los demás. — Hizo una pausa.

— Y ahora, tengo una razón más para hacerlo bien —

— ¿Cuál? —




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