Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 35

El regreso a Noche Eterna fue silencioso y solemne.

Taehyung y Soyeon caminaban en perfecta sincronía, cada uno sosteniendo un puñado de las piedras de runa que habían recolectado en el claro del bosque. Las piedras eran ligeras, casi ingrávidas, pero cargadas con un peso emocional que ambos podían sentir: Siglos de recuerdos, de sacrificios, de mujeres que habían dado su vida para proteger un mundo que nunca sabría de su existencia.

Cuando llegaron a la sala principal de Noche Eterna, los demás ya estaban reunidos. Namjoon había convocado a todos (guerreros y llamas gemelas) después de sentir el disturbio en las runas del perímetro. Las caras eran una mezcla de curiosidad y preocupación.

— ¿Qué habéis encontrado? — preguntó Namjoon, avanzando hacia ellos.

— Un altar — respondió Taehyung, colocando las piedras con cuidado sobre la mesa de obsidiana.

— Las runas dormidas. Las que contienen los recuerdos de las guerreras que cayeron antes de que el velo existiera —

— Hyejin las estaba protegiendo — añadió Soyeon, colocando las suyas junto a las de Taehyung.

— Nos las confió antes de desvanecerse del todo —

El silencio que siguió fue denso, cargado de respeto y asombro. Todos se acercaron lentamente a la mesa, observando las piedras que ahora brillaban con una luz tenue y constante.

— Nunca había oído hablar de ellas — dijo Jin, con la voz baja.

— Ni siquiera en los textos más antiguos de la Hermandad —

— Porque estaban ocultas — explicó Taehyung.

— Hyejin las escondió para que el Círculo no las encontrara. Pero ahora que la tormenta ha pasado, necesitan un lugar seguro. Un lugar donde puedan ser honradas —

— ¿Y qué contienen exactamente? — preguntó Bora, acercándose a una de las piedras.

Taehyung extendió una mano sobre la mesa. La runa en su frente brilló, y por un momento, todos en la sala sintieron una oleada de emociones que no eran suyas: Dolor, esperanza, amor, sacrificio. Eran los ecos de las guerreras caídas, resonando a través de las piedras.

— Cada una de estas piedras contiene la vida de una mujer que protegió el velo — dijo Taehyung.

— Sus nombres, sus historias, sus últimas palabras. No son runas de poder. Son runas de memoria —

— ¿Y qué haremos con ellas? — preguntó Soojin.

Namjoon dio un paso adelante. Su expresión era grave, pero también había algo más: determinación.

— Construiremos un altar — dijo.

— Un lugar sagrado dentro de Noche Eterna donde estas piedras puedan descansar. Donde podamos honrar a quienes vinieron antes que nosotros. Donde sus historias no se pierdan —

— Y donde las futuras generaciones de la Hermandad puedan aprender de ellas — añadió Jin.

— Eso es importante — dijo Hana, con su voz práctica.

— Si no recordamos el pasado, estamos condenados a repetir sus errores —

Las siete mujeres asintieron al unísono. Las siete runas brillaron suavemente, como si estuvieran en sintonía con las piedras dormidas.

— Entonces hagámoslo — dijo Bora, alzando la voz.

— Construyamos un altar que esté a la altura de lo que estas mujeres merecen —

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Las siguientes horas fueron un torbellino de actividad.

Los guerreros trabajaron en la construcción física del altar, tallando una estructura de piedra negra en el centro de una pequeña cámara que Taehyung había designado como lugar sagrado. Jin y Chaeyoung prepararon esencias de runa para consagrar el espacio, mientras que Hana y Namjoon supervisaban la disposición de las piedras en un círculo perfecto.

Yeri tocaba una melodía suave y antigua en su violín, una canción que no sabía cómo conocía pero que parecía encajar perfectamente en el momento. Jimin la acompañaba en silencio, con la mirada fija en las piedras que brillaban al ritmo de la música.

Soyeon y Taehyung trabajaban juntos en la colocación de las runas, asegurándose de que cada una estuviera en la posición correcta para que el altar cumpliera su propósito: Ser un lugar de recuerdo y de paz, no de poder.

Soojin y Dohyun documentaban el proceso, escribiendo en un pergamino los nombres de las guerreras caídas que Taehyung les iba dictando. Era un trabajo lento y meticuloso, pero Soojin sentía que cada nombre que escribía era una pequeña reparación de su propia pérdida.

Yuna y Jungkook estaban en el perímetro exterior, asegurándose de que nadie interrumpiera el ritual. Jungkook tenía el hacha lista, pero su postura era más de guardia que de ataque. Yuna, a su lado, observaba el cielo despejado con una sensación de paz que no había sentido en días.

— ¿Crees que esto marcará una diferencia? — preguntó Yuna.

— El altar, digo —

— Sí — respondió Jungkook.

— Porque recordar siempre marca una diferencia. Nos recuerda quiénes somos y por qué luchamos. Y eso es algo que el Círculo nunca entendió —

— ¿Y tú? ¿Has entendido? —




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