Los nombres de las guerreras caídas llenaban el pergamino que Soojin tenía entre las manos. Eran decenas, quizás cientos. Cada uno era un eco de una vida que había terminado demasiado pronto, de una promesa que no había podido cumplirse, de un amor que no había tenido tiempo de florecer.
Soojin llevaba horas escribiendo, desde que el altar había sido consagrado. Taehyung se los dictaba en voz baja, extrayendo los nombres de las piedras de runa con una precisión que solo él podía lograr. Pero cuando llegó al final del pergamino, la lista se interrumpió.
— Hay más — dijo Taehyung, con la frente fruncida.
— Muchos más. Pero no puedo leerlos todos ahora. La energía de las piedras está agotada. Necesitan tiempo para recuperarse —
— ¿Cuánto tiempo? — preguntó Soojin, y su voz sonó más ansiosa de lo que quería.
— No lo sé — admitió Taehyung.
— Puede ser días, semanas, meses. Las runas dormidas han estado inactivas durante siglos. Despertarlas por completo llevará tiempo —
Soojin asintió lentamente, pero no pudo evitar sentir una punzada de frustración. Había tantas historias que contar, tantas vidas que honrar, y no podía hacerlo todo de una vez.
Dohyun, que había estado observando desde la entrada de la cámara, dio un paso hacia ella.
— No puedes cargar con todas ellas al mismo tiempo — dijo, y su voz era suave pero firme.
— Ni siquiera las guerreras caídas esperaban que nadie las recordara a todas a la vez. Ellas solo querían que no las olvidaran del todo —
— Pero yo quiero recordarlas a todas — respondió Soojin, y su voz se quebró.
— Porque si no lo hago yo, ¿quién lo hará? —
— Lo harás — dijo Dohyun, arrodillándose frente a ella y tomando sus manos.
— Pero una a una. Como se honra a los caídos: Con tiempo, con paciencia, con respeto.
Soojin lo miró largamente. En sus ojos, vio algo que no esperaba: Entendimiento. No compasión vacía, sino el reconocimiento de alguien que también había cargado con el peso de los nombres perdidos.
— ¿Tú también has hecho esto? — preguntó.
— Sí — respondió Dohyun.
— Cuando perdí a mi primera compañía, hace siglos. Eran 20 guerreros, y yo era el único que sobrevivió. Durante años, llevé sus nombres grabados en la memoria, recitándolos cada noche para no olvidarlos. Hasta que entendí que recordarlos no significaba cargar con su peso. Significaba honrar su vida viviendo la mía —
Soojin sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
— ¿Y cómo se hace eso? —
— Se hace eligiendo seguir adelante — respondió Dohyun.
— No para olvidarlos, sino para que su sacrificio tenga sentido. Para que lo que ellos dieron no sea en vano —
Soojin cerró los ojos un momento. Luego, lentamente, soltó el pergamino y apoyó la cabeza en el hombro de Dohyun.
— Quédate conmigo — susurró.
— Solo un poco más —
— Siempre — respondió él.
— Siempre que me necesites —
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En otro rincón de Noche Eterna, Bora también sentía el peso de los nombres, aunque de una manera diferente.
Estaba en la biblioteca, hojeando un libro de runas que había encontrado en uno de los estantes olvidados. No era un libro de la Hermandad, sino un libro más antiguo, escrito a mano por alguien que había vivido mucho antes de que la Hermandad existiera.
En sus páginas, había nombres. Nombres de mujeres que habían protegido el velo antes de que hubiera una Hermandad que las respaldara. Mujeres que habían luchado solas, sin armas de runa, sin guerreros a su lado.
— Esto es increíble — murmuró Bora, con los dedos rozando las palabras.
— No sabía que había tantas —
— Hay más de las que imaginamos — dijo Yoongi desde la entrada de la biblioteca. Llevaba la chaqueta de cuero puesta, como si estuviera a punto de salir, pero se había detenido al verla.
— Antes de la Hermandad, había mujeres que protegían el velo en secreto. Sin reconocimiento, sin ayuda. Solo con su coraje y su determinación —
— ¿Cómo lo sabes? —
— Porque las he visto. En los sueños de runa. En los ecos de la tormenta — Yoongi caminó hacia ella y se sentó en la silla de enfrente.
— Son ellas las que nos enseñaron a luchar. Las que nos mostraron que la protección no es solo fuerza, sino también memoria —
Bora lo miró fijamente.
— ¿Y por qué no me lo habías contado antes? —
— Porque no sabía cómo decirlo — admitió Yoongi.
— No soy bueno con las palabras. Pero estoy aprendiendo —
Bora sonrió. Fue una sonrisa pequeña, pero genuina.
— Te está quedando bien — dijo.
— Lo de aprender, quiero decir —
Yoongi no respondió. Pero la comisura de sus labios se curvó ligeramente, y para Bora, eso era suficiente.