La noche se había instalado sobre Seúl como un manto de terciopelo oscuro, pero en Noche Eterna, la luz de las runas y las velas negras creaba un resplandor cálido que ahuyentaba las sombras.
Yeri no podía dormir.
Había intentado cerrar los ojos, había intentado meditar, había intentado todo lo que se le ocurrió para calmar la inquietud que llevaba días creciendo en su pecho. Pero la música no se callaba. No era una melodía que pudiera oír con los oídos, sino una vibración constante en el fondo de su ser, como una cuerda de violín que alguien pulsaba una y otra vez, esperando que ella respondiera.
Se levantó de la cama en silencio, con cuidado de no despertar a Jimin, que dormía profundamente en la butaca junto a la ventana. Su guerrero tenía el rostro relajado, y por un momento, Yeri se detuvo a observarlo. Era hermoso, sí, pero también era frágil en ese estado de reposo, como si la guardia que mantenía durante el día se desvaneciera por completo.
— Solo voy a dar un paseo — susurró, aunque sabía que él no podía oírla.
Tomó su violín y salió de la habitación.
Los pasillos de Noche Eterna estaban vacíos a esas horas, iluminados solo por el resplandor de las velas flotantes que parpadeaban en intervalos regulares. Yeri caminó sin rumbo fijo, siguiendo la vibración de la melodía interior. No sabía adónde la llevaba, pero tampoco le importaba. La música era su guía.
Finalmente, llegó a una pequeña cámara que no había visto antes. No era una de las salas principales, sino un espacio más íntimo, con paredes de piedra negra cubiertas de runas que brillaban tenuemente. En el centro de la cámara, había un atril de madera tallada, y sobre el atril, una partitura manuscrita.
Yeri se acercó lentamente, con el corazón latiendo con fuerza. Las notas de la partitura no eran como las que había visto antes. Estaban escritas en una lengua que no reconocía, pero cuando sus ojos recorrieron el pentagrama, la melodía interior que la había estado guiando comenzó a cantar en sincronía.
— ¿Qué es esto? — susurró.
— Es una canción olvidada — respondió una voz detrás de ella.
Yeri se giró. Jimin estaba en la entrada de la cámara, con el cabello despeinado y los ojos aún somnolientos, pero con una expresión de asombro en el rostro.
— ¿Cómo me encontraste? — preguntó Yeri.
— Te seguí — respondió Jimin.
— No sabía adónde ibas, pero no podía dejarte ir sola. Y cuando llegué aquí... — señaló la partitura.
— Reconocí las runas. Son de la época anterior a la Hermandad. De las guerreras que protegían el velo antes de que existieran los guerreros —
— ¿Y la canción? —
Jimin caminó hacia ella y observó la partitura con atención.
— No sé qué dice la letra, pero sé que es una canción de memoria. De las que se cantaban para recordar a las caídas antes de que el altar existiera. — La miró fijamente.
— ¿Cómo la encontraste? —
— La música me trajo aquí — respondió Yeri, y su voz era un susurro.
— No sabía lo que era, pero me guió.
Jimin guardó silencio un momento. Luego, con una voz que era apenas un eco, dijo:
— Tal vez es tu don. No solo tocar el violín, sino encontrar las canciones perdidas. Las que nadie más puede oír —
Yeri sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No de tristeza, sino de una emoción que no podía nombrar.
— ¿Y si no soy lo suficientemente buena para hacerlo? — preguntó.
Jimin extendió una mano y tocó suavemente su mejilla.
— No tienes que ser buena — dijo.
— Solo tienes que ser tú. La música encontrará el camino —
Yeri levantó el violín. Apoyó la barbilla en la mentonera y colocó los dedos sobre las cuerdas. Y comenzó a tocar.
La melodía que salió del instrumento no era la que estaba escrita en la partitura, pero era su eco. Era una versión nueva de algo antiguo, una reinterpretación que llevaba consigo todo lo que Yeri había vivido: El miedo, la esperanza, el amor, la pérdida.
Mientras tocaba, las runas en las paredes comenzaron a brillar más fuerte. Las velas parpadearon en sincronía con la música, y por un momento, la cámara se llenó de luz.
— Lo estás haciendo — susurró Jimin.
— Estás trayendo de vuelta la canción —
Yeri cerró los ojos y dejó que la música fluyera a través de ella. No era solo una melodía. Era un homenaje. Una despedida. Una promesa.
Cuando terminó, el silencio que siguió fue denso y lleno de presencia.
— Nunca la había oído — dijo Jimin, con la voz ronca.
— Pero la reconocí como si la hubiera conocido toda mi vida —
— Porque es parte de nosotros — respondió Yeri, bajando el violín.
— De todos nosotros. De los que vinieron antes y de los que están ahora —
Jimin la miró largamente. Luego, sin decir una palabra, la abrazó.