Los días pasaron en Noche Eterna como hojas que caen lentamente de un árbol en otoño: Suaves, casi imperceptibles, pero cargados de un cambio profundo.
El jardín de los recuerdos comenzó a florecer antes de lo esperado. Las semillas que las siete parejas habían plantado brotaron con una vitalidad que sorprendió incluso a Soyeon, que conocía bien los ciclos de la tierra. Los nomeolvides de Bora y Yoongi se alzaban erguidos, con pétalos de un azul tan intenso que parecían capturar el cielo. Los lirios de Soojin y Dohyun se mecían con la brisa, blancos y puros como la memoria recién recuperada. La lavanda de Chaeyoung y Jin llenaba el aire de un aroma que calmaba las mentes más inquietas. Los girasoles de Hana y Namjoon se volvían hacia la luz con una determinación que recordaba a la de su líder. Las campanillas de Yeri y Jimin tintineaban suavemente, como si estuvieran a punto de cantar. El romero de Soyeon y Taehyung se extendía verde y vigoroso, abrazando el estanque central. Y la menta de Yuna y Jungkook crecía rápida y firme, ocupando su espacio sin pedir permiso.
Pero no todo era paz en el jardín.
Una noche, mientras la luna llena iluminaba los pétalos de las flores con una luz plateada, Soyeon sintió algo que no esperaba: Una vibración en la tierra, un susurro que venía de las raíces mismas del jardín. No era un susurro de advertencia, sino de llamado. Alguien (o algo) quería hablar.
Soyeon se levantó de la cama sin hacer ruido, con cuidado de no despertar a Taehyung, que dormía profundamente a su lado. Caminó descalza por los pasillos de piedra negra, siguiendo el susurro que solo ella podía oír, hasta que llegó al jardín.
La luz de la luna bañaba las flores, dándoles un brillo sobrenatural. En el centro del jardín, junto al estanque, había una figura. No era sólida, sino translúcida, como un reflejo en el agua. Era una mujer, con el cabello largo y oscuro, vestida con una túnica antigua que no era de la Hermandad.
— Soyeon — dijo la figura, y su voz era un eco que venía de todas partes y de ninguna.
— Has sentido mi llamado —
— ¿Quién eres? — preguntó Soyeon, dando un paso adelante.
— Soy la primera — respondió la figura.
— La primera guerrera que protegió el velo, antes de que hubiera Hermandad, antes de que hubiera runas. Mi nombre se perdió hace mil años, pero mi recuerdo sigue aquí, en la tierra que tú cultivas —
Soyeon sintió que el corazón le latía con fuerza.
— ¿Por qué me has llamado? —
— Porque eres la guardiana de la tierra. La que escucha lo que otros no pueden oír. Y porque ha llegado el momento de que mi nombre sea recordado —
— ¿Tu nombre? —
La figura sonrió. Fue una sonrisa triste, pero no desesperanzada.
— Me llamaban Ara. La que sostiene el cielo. Y he estado esperando mucho tiempo para que alguien me llamara por mi nombre —
Soyeon extendió una mano temblorosa hacia la figura. Sus dedos no tocaron nada sólido, pero sintieron una calidez que no provenía del cuerpo.
— Ara — susurró.
— Te recordaré —
La figura asintió lentamente, y su forma comenzó a desvanecerse como la niebla al amanecer.
— Cuida el jardín — dijo, y su voz era cada vez más débil.
— Y cuando las flores florezcan, mi nombre florecerá con ellas —
Y desapareció.
Soyeon se quedó sola en el jardín, con la luz de la luna bañando su rostro y el eco del nombre de Ara resonando en su mente.
— No te olvidaré — prometió en voz baja.
Cuando volvió a la habitación, Taehyung estaba despierto, sentado en el borde de la cama.
— ¿Dónde estabas? — preguntó, y su voz era suave, no acusatoria.
— En el jardín — respondió Soyeon, sentándose a su lado.
— La primera guerrera me habló. Su nombre es Ara —
Taehyung la miró largamente. Luego, sin decir una palabra, la abrazó.
— Estás temblando — dijo.
— Es que fue real — respondió Soyeon, y su voz temblaba ligeramente.
— Fue real, Taehyung. Y ahora tengo que recordarla —
— La recordaremos — dijo Taehyung.
— La recordaremos todas —
Y en el jardín, las flores se mecieron con la brisa, como si estuvieran asintiendo.