El día de la ceremonia amaneció claro y brillante.
El cielo sobre Seúl era de un azul profundo, sin rastro de nubes ni de la tormenta que había asolado la ciudad semanas atrás. En Noche Eterna, la luz del sol se filtraba a través de las grietas de la piedra, iluminando los pasillos y las cámaras con un resplandor cálido.
El jardín de los recuerdos estaba en su máximo esplendor. Las flores habían crecido más de lo esperado, y el aire estaba lleno de aromas que se mezclaban en una sinfonía de colores y fragancias. En el centro del estanque, el loto de Ara flotaba con sus pétalos blancos completamente abiertos, mostrando su corazón dorado al mundo.
Las siete llamas gemelas se habían vestido con túnicas blancas, sencillas pero elegantes, que habían tejido juntas durante las noches anteriores. Cada túnica llevaba bordada en el dobladillo una runa diferente: La runa de cada mujer, brillando con hilos de plata que capturaban la luz.
Los siete guerreros también se habían preparado. Vestían sus túnicas de ceremonia, negras como la noche, con los emblemas de la Hermandad bordados en los hombros. Llevaban sus armas, pero no para luchar: Eran un símbolo de su juramento, de su disposición a proteger lo que habían construido.
La ceremonia comenzó al mediodía, cuando el sol estaba en su punto más alto.
Soojin fue la primera en hablar. Se colocó frente al estanque, con el pergamino de los nombres en las manos, y leyó en voz alta los nombres de las guerreras que habían recuperado: Hyejin, Haewon, Ara, y las otras cuyas historias habían sido redescubiertas. Cada nombre resonó en el jardín como una campanada, y cada vez que lo pronunciaba, una de las flores del jardín se mecía ligeramente, como si saludara.
— Hoy honramos a las que vinieron antes — dijo Soojin, bajando el pergamino.
— A las que protegieron el velo sin esperar reconocimiento. A las que dieron su vida para que nosotras pudiéramos estar aquí. Sus nombres no se perderán. Sus historias no se olvidarán —
Chaeyoung dio un paso adelante y colocó una corona de lavanda sobre la superficie del estanque, que flotó suavemente hasta el loto de Ara.
— Esta lavanda es por la paz que encontraron al final — dijo.
— Que descansen en ella —
Hana dio un paso adelante y derramó un puñado de semillas de girasol en el agua.
— Estas semillas son por la luz que trajeron a la oscuridad — dijo.
— Que su luz siga guiándonos —
Yeri levantó su violín y tocó una melodía suave y antigua, la misma que había encontrado en la cámara de las runas olvidadas. La música llenó el jardín como un río de notas, y las flores se mecieron al ritmo de la canción.
Soyeon dio un paso adelante y tocó el agua del estanque. La superficie se onduló suavemente, y por un momento, todos pudieron ver un reflejo que no era el suyo: El reflejo de una mujer de cabello oscuro y túnica antigua, que sonreía desde el otro lado del agua.
— Ara — susurró Soyeon.
— Descansa en paz —
Yuna dio un paso adelante y dejó caer una hoja de menta en el agua.
— Por el crecimiento — dijo.
— Porque de lo que se pierde, siempre nace algo nuevo —
Bora fue la última. Se arrodilló junto al estanque y colocó una pequeña piedra de runa en la orilla, justo donde las raíces del loto se extendían bajo el agua.
— Por el recuerdo — dijo.
— Porque mientras recordemos, ninguna de ellas estará realmente perdida —
El silencio que siguió fue denso y lleno de presencia. Todos sintieron que algo se movía en el aire, una energía que no era ni fría ni caliente, sino simplemente presente.
Y entonces, el loto brilló.
No era un brillo físico, sino una luz interior que emanaba de los pétalos, dorada y cálida, como el sol de la tarde. La luz se extendió por el jardín, tocando cada flor, cada hoja, cada rostro presente.
— Nos está dando las gracias — dijo Taehyung, y su voz era apenas un susurro.
— Ara nos está dando las gracias —
La luz se desvaneció lentamente, como un suspiro que se aleja en el viento. El loto volvió a su estado normal, flotando en la superficie del estanque, pero todos sabían que algo había cambiado.
— Ahora sí — dijo Soojin, con lágrimas en los ojos.
— Ahora sí puede descansar —
Los siete guerreros y las siete llamas gemelas se reunieron en círculo alrededor del estanque, con las manos entrelazadas. No hubo más palabras. No hacían falta.
Se quedaron allí, en el jardín de los recuerdos, sintiendo la calidez de la luz que se había ido, y la paz que había dejado atrás.
El loto de Ara seguía flotando en el estanque.
Y su nombre, finalmente, descansaba en paz.