La ceremonia del loto quedó grabada en la memoria de todos los presentes como una de esas raras ocasiones en que el tiempo parece detenerse y el alma se expande más allá de los límites del cuerpo.
Los días siguientes, sin embargo, trajeron consigo el regreso de la rutina, pero no una rutina vacía. Era una rutina llena de propósito, de pequeños gestos y de una paz que todos sabían que había sido ganada con esfuerzo.
El jardín de los recuerdos se convirtió en el lugar favorito de todos para reunirse. Las siete parejas pasaban tiempo allí, no solo cuidando las plantas, sino también compartiendo historias, risas y silencios cómplices. El loto de Ara seguía flotando en el estanque, con sus pétalos blancos siempre abiertos, como un recordatorio constante de que la memoria es más fuerte que el olvido.
Una tarde, mientras el sol comenzaba a ponerse y el jardín se teñía de tonos dorados, Bora y Yoongi estaban sentados en el banco de piedra junto a los nomeolvides. Llevaban un rato en silencio, pero era un silencio que no pesaba.
— ¿Alguna vez te has preguntado qué hubiera pasado si no nos hubiéramos encontrado? — preguntó Bora, rompiendo el silencio con una voz suave.
Yoongi guardó silencio un momento, como si la pregunta requiriera una reflexión profunda.
— No — respondió finalmente.
— No me lo pregunto —
— ¿Por qué? —
— Porque no tiene sentido. Nos encontramos. Eso es lo único que importa —
Bora sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero genuina.
— Eres muy práctico, ¿lo sabes? —
— Lo sé. Es mi encanto —
— ¿Tu encanto? — Bora soltó una risita.
— No sabía que tenías encanto —
Yoongi la miró de reojo, y en sus ojos dorados brilló algo que Bora no había visto antes: Una chispa de humor.
— Tengo mis momentos —
— ¿Ah, sí? ¿Cuándo? —
— Ahora, por ejemplo —
Bora rió, y la risa llenó el jardín como una campanada alegre. Yoongi no rió, pero la comisura de sus labios se curvó ligeramente, y para Bora, eso era más que suficiente.
En la parcela de los lirios, Soojin y Dohyun estaban sentados en el suelo, con el pergamino de los nombres extendido entre ellos. Soojin había añadido el nombre de Ara al final de la lista, y ahora lo leía en voz baja, como si estuviera aprendiendo a pronunciarlo correctamente.
— Ara — dijo Soojin, y el nombre sonó en el aire como una nota musical.
— Siempre me ha gustado ese nombre. Significa "La que sostiene el cielo" —
— Es un nombre adecuado para ella — respondió Dohyun.
— Sostuvo el cielo durante mil años, aunque nadie lo supiera —
— ¿Y nosotros? — preguntó Soojin.
— ¿Qué sostendremos nosotros? —
Dohyun la miró largamente. Luego, con una voz que era apenas un susurro:
— El uno al otro. Eso es suficiente —
Soojin apoyó la cabeza en su hombro, y el pergamino de los nombres descansó sobre sus rodillas como una promesa cumplida.
En la parcela de la lavanda, Chaeyoung y Jin estaban recogiendo flores secas para hacer saquitos aromáticos. Chaeyoung trabajaba con una precisión que Jin admiraba, separando las hojas y los tallos con la misma delicadeza con la que restauraba un cuadro antiguo.
— ¿Sabes? — dijo Chaeyoung, mientras ataba un ramillete.
— Nunca pensé que encontraría paz en un lugar como este —
— ¿Ni en un lugar de vampiros y tormentas? — preguntó Jin, con un tono de humor ligero.
— Exactamente. Pero aquí estoy. Y no me arrepiento —
— ¿Ni siquiera de haber conocido a un sanador gruñón? —
Chaeyoung levantó la vista y lo miró con una sonrisa.
— Ese es el mejor regalo que me ha dado todo esto —
Jin sintió que el corazón le daba un vuelco. No dijo nada, pero su mano encontró la de ella y la apretó suavemente.
En la parcela de los girasoles, Hana y Namjoon estaban regando las plantas, aunque ya no era necesario. La tierra estaba húmeda, y las flores crecían con una vitalidad que parecía desafiar las leyes de la naturaleza.
— Ya no necesitan agua — dijo Hana, riendo.
— Pero no puedo evitar cuidarlas —
— Eso es lo que haces — respondió Namjoon.
— Cuidar. Incluso cuando ya no es necesario —
— Es un vicio —
— Es un don —
Hana lo miró, y en sus ojos vio algo que no había visto antes: Admiración.
— Gracias — dijo.
— Por nada —
En la parcela de las campanillas, Yeri estaba tocando una melodía alegre mientras Jimin movía la cabeza al ritmo de la música. Era una canción que no había tocado antes, pero que había surgido de sus dedos como si siempre hubiera estado ahí.