La paz, como la hierba después de la lluvia, crece lentamente y sin estridencias.
En Noche Eterna, los días se sucedían con una regularidad que, para quienes habían vivido siglos de guerra, resultaba casi desconcertante. Los guerreros y las llamas gemelas habían encontrado un ritmo: Mañanas dedicadas al entrenamiento y la estrategia, tardes de trabajo en el jardín y en la biblioteca, noches de conversaciones alrededor del fuego o de silencios compartidos.
Pero la paz no borraba las cicatrices. Solo las hacía más llevaderas.
Una mañana, Yoongi se despertó antes del amanecer y no pudo volver a dormir. No era insomnio, sino una inquietud antigua que regresaba cuando su mente se quedaba en silencio. Se levantó con cuidado, sin despertar a Bora, y caminó hasta la sala de entrenamiento.
El espacio estaba vacío, iluminado solo por las luces de runa que parpadeaban tenuemente. Yoongi se quitó la chaqueta y comenzó a golpear el saco de entrenamiento con una intensidad que no era necesaria. Cada golpe era un eco de algo que no podía expresar con palabras.
— ¿No puedes dormir? — preguntó una voz desde la entrada.
Yoongi se detuvo. Hoseok estaba ahí, apoyado en el marco de la puerta, con el cabello despeinado y los ojos somnolientos.
— No — respondió Yoongi, volviendo a golpear el saco.
Hoseok entró lentamente y se sentó en una de las bancas de madera, observando a Yoongi con una expresión que no era de juicio, sino de comprensión.
— ¿Qué te pasa? — preguntó.
— Nada —
— No mientas. No se te da bien —
Yoongi se detuvo de nuevo. Sus puños colgaban a los costados, y su respiración era más rápida de lo habitual.
— A veces... — comenzó, y luego se detuvo.
— ¿A veces? — lo animó Hoseok.
— A veces siento que esto no es real. Que la paz no es para mí. Que en cualquier momento, algo va a romperla —
Hoseok asintió lentamente.
— Yo también lo siento — admitió.
— Después de siglos de guerra, la paz es como un idioma extranjero. Uno que no terminamos de aprender —
— ¿Y cómo se aprende? —
— Practicando. Día a día. Confiando en que, aunque no lo entendamos del todo, merecemos estar aquí —
Yoongi guardó silencio un momento. Luego, con una voz que era apenas un susurro:
— ¿Y si no lo merezco? —
Hoseok se levantó y caminó hacia él. Puso una mano en su hombro.
— No se trata de merecer, Yoongi. Se trata de estar. De elegir quedarte, aunque tengas miedo. De confiar en los que están a tu lado —
Yoongi levantó la vista y lo miró. En los ojos de Hoseok, no vio compasión vacía, sino la certeza de alguien que también había dudado.
— Gracias — dijo, y la palabra era extraña en su boca.
— No me des las gracias — respondió Hoseok, con una sonrisa.
— Solo quédate aquí. Con nosotros —
Yoongi asintió. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que tal vez, solo tal vez, la paz podía ser suya.
-----
En la biblioteca, Bora estaba trabajando en la restauración de un libro antiguo con Chaeyoung. La luz de la lámpara de runa iluminaba las páginas amarillentas, y el olor a papel viejo y a aceite de esencia de runa llenaba el aire.
— Este libro habla de la primera grieta — dijo Bora, señalando una ilustración en la página.
— La que abrió Hyejin antes de morir —
— ¿Hay algo que no sepamos? — preguntó Chaeyoung.
— No estoy segura. Pero hay un pasaje aquí que no he visto antes. Habla de una "llave de luz". No la llave de bronce, sino algo diferente —
— ¿Una llave de luz? —
— Sí. Dice que la usaron las primeras guerreras para cerrar grietas antes de que existieran las runas — Bora frunció el ceño.
— Pero no explica qué es ni cómo se usa —
Chaeyoung se inclinó sobre el libro, examinando la ilustración. Era una imagen de un objeto en forma de lágrima, hecho de una sustancia que parecía luz sólida.
— Parece una joya — dijo.
— ¿Crees que existe? —
— No lo sé. Pero si existe, podría ser importante. Tal vez incluso peligroso —
— ¿Qué vas a hacer? —
Bora cerró el libro lentamente.
— Por ahora, voy a guardarlo. Y voy a preguntarle a Taehyung si sabe algo. Pero no voy a decírselo a nadie más hasta que esté segura —
Chaeyoung asintió.
— Cuenta conmigo —
Y en el silencio de la biblioteca, el libro de la llave de luz descansó sobre la mesa, esperando ser abierto de nuevo.