Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 50

La luz de la runa en la piedra brilló durante todo el día.

Bora no podía dejar de mirarla. Cada vez que pasaba por la cámara del altar, se detenía un momento para observar cómo la luz violeta pulsaba suavemente, como un corazón diminuto que latía al ritmo del suyo. No era una luz brillante ni llamativa, pero era constante, y Bora sentía que era un recordatorio de lo que había logrado.

— ¿Vas a quedarte mirándola todo el día? — preguntó Yoongi, apareciendo detrás de ella en el umbral de la cámara.

— Tal vez — respondió Bora, sin apartar la mirada de la piedra.

— No puedo creer que lo haya logrado —

— Yo sí —

Bora se giró y lo miró con una sonrisa.

— ¿Ah, sí? ¿Por qué? —

— Porque eres testaruda. Y porque cuando te propones algo, no te detienes hasta conseguirlo —

— Eso suena a cumplido —

— Es una observación —

Bora rió y se apartó de la entrada de la cámara para caminar junto al por el pasillo. La piedra de runa seguía brillando a su espalda, como un faro diminuto en la oscuridad de Noche Eterna.

— Ahora que he dominado la llave de luz, ¿qué sigue? — preguntó Bora.

— Seguir practicando — respondió Yoongi.

— Y esperar a que sea necesaria —

— ¿Y si nunca es necesaria? —

— Entonces habrás aprendido algo nuevo. Eso no es una pérdida —

Bora guardó silencio un momento, pensando en sus palabras.

— Tienes razón — admitió.

— No es una pérdida —

— Siempre tengo razón —

— No siempre —

— Casi siempre —

Bora rió otra vez, y la risa llenó el pasillo de Noche Eterna como un eco alegre.

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Al día siguiente, Bora decidió compartir lo que había aprendido con las otras llamas gemelas. Las reunió en el jardín, junto al estanque del loto, y les explicó lo que era la llave de luz y cómo funcionaba.

Las reacciones fueron variadas: Curiosidad, asombro, un poco de miedo. Pero al final, todas estuvieron de acuerdo en que era importante tener una herramienta así, por si alguna vez volvía a ser necesaria.

— ¿Todas podemos aprenderla? — preguntó Yeri.

— Sí — respondió Bora.

— Taehyung me dijo que cualquiera con una runa despierta puede aprenderla. Pero requiere práctica y concentración —

— Y sacrificio — añadió Soojin, con una expresión seria.

— Recuerdos. Eso es lo que cuesta —

— Sí — admitió Bora.

— Pero no son recuerdos importantes. O al menos, no los que eliges. Puedes usar recuerdos pequeños, detalles que no necesitas conservar. Lo importante es la intención.

— Entonces, ¿tú ya has sacrificado algunos? — preguntó Hana.

— Sí. Pero no los extraño. Fueron cosas pequeñas: El sonido de una canción que no me gustaba, el olor de un perfume que ya no uso. Nada que realmente necesite recordar.

Las otras mujeres asintieron lentamente, procesando la información.

— Tal vez podríamos practicar juntas — propuso Chaeyoung.

— Así no estaríamos solas en el proceso —

— Me parece bien — dijo Bora.

— Podemos empezar mañana, si quieren —

Todas asintieron, y la idea de aprender la llave de luz juntas se extendió por el jardín como una semilla que comienza a germinar.

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Esa noche, Bora estaba sentada en su habitación, con el libro de la llave de luz abierto sobre las rodillas. Las páginas brillaban tenuemente bajo la luz de la lámpara de runa, y las palabras parecían danzar en el papel.

— ¿No puedes dormir? — preguntó Yoongi desde la puerta.

— No — respondió Bora.

— Estoy pensando en lo que viene después —

— ¿Después de la llave de luz? —

— Después de todo. Después de la paz. Después de la tormenta. Después de la Hermandad. ¿Qué viene cuando ya no hay una batalla que luchar? —

Yoongi entró lentamente y se sentó en la cama frente a ella. La luz de la lámpara iluminaba sus rasgos, suavizando las líneas de tensión en su rostro.

— Cuando no hay batalla, hay vida — dijo.

— Y la vida es lo que tú decides que sea —

— ¿Y si no sé qué decidir? —

— Entonces lo descubres. Día a día. Eso es lo que hace que la vida sea interesante —

Bora lo miró largamente. En sus ojos dorados, vio algo que no había visto antes: Paciencia. Una paciencia que provenía de siglos de espera y de aprendizaje.

— Tienes razón — dijo Bora.

— Otra vez —

— Lo sé —




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