La noche envolvía Seúl como un manto de terciopelo oscuro cuando el grupo salió de Noche Eterna.
Caminaron en silencio, siguiendo a Dohyun, que guiaba el camino con la seguridad de quien ha recorrido esos lugares muchas veces. Las calles de la ciudad estaban tranquilas, iluminadas por los faroles que parpadeaban tenuemente, como si también estuvieran cansados.
Bora caminaba junto a Yoongi, con los dedos entrelazados en los de él. No hablaban, pero su conexión era suficiente. La runa en su muñeca latía en sincronía con la de él, un recordatorio constante de que no estaban solos.
— ¿Cuánto falta? — preguntó Hana, rompiendo el silencio.
— No mucho — respondió Dohyun.
— La grieta original está en el subsuelo, bajo el edificio donde Hyejin la abrió. Desde entonces, el lugar ha estado sellado, pero los ecos de lo que pasó ahí siguen presentes.
— ¿Qué tipo de ecos? — preguntó Namjoon.
— Recuerdos. Fragmentos de emociones. A veces, si te acercas demasiado, puedes sentir lo que sintieron las personas que estaban ahí cuando la grieta se abrió.
Soojin sintió un escalofrío que no venía del frío.
— ¿Y qué sintieron? —
— Miedo. Desesperación. Y al final, una paz extraña. Como si supieran que lo que estaban haciendo era necesario —
Llegaron al edificio. Era una estructura antigua, de piedra gris, con ventanas tapiadas y una puerta de metal oxidado. Dohyun sacó una llave de su bolsillo y abrió la puerta con un chirrido metálico.
— Bajen con cuidado — dijo.
— Las escaleras están en mal estado —
Bajaron por una escalera estrecha y polvorienta, iluminada solo por la luz de las runas que cada uno llevaba. El aire se volvía más frío y más denso a medida que descendían, como si el edificio estuviera conteniendo la respiración.
Finalmente, llegaron a una puerta de piedra negra, cubierta de runas que brillaban tenuemente.
— Aquí es — dijo Dohyun.
— La grieta original. O lo que queda de ella —
Namjoon se acercó a la puerta y colocó su mano sobre las runas. Estas brillaron más fuerte, reconociendo su presencia.
— Está sellada — dijo.
— Pero el sello es antiguo. Tal vez incluso anterior a la Hermandad —
— ¿Podemos abrirla? — preguntó Soojin.
— Podemos intentarlo — Namjoon la miró.
— Pero una vez abierta, no sabemos lo que va a salir —
— Lo sé. Pero quiero intentarlo —
Namjoon asintió y, junto con Dohyun, comenzó a trazar runas en el aire. La puerta de piedra tembló y se abrió lentamente, revelando una cámara oscura y vacía.
— No hay nada — dijo Hana, asomándose.
— No hay nada visible — corrigió Dohyun.
— Pero hay algo. Lo siento —
Soojin dio un paso adelante, entrando en la cámara. La oscuridad la envolvía, pero no era una oscuridad vacía. Era una oscuridad llena de ecos, de susurros, de fragmentos de voces que no podía entender.
— ¿Hay alguien aquí? — susurró.
Y entonces, lo sintió.
Un eco. Un nombre. Un nombre que no estaba en el pergamino.
— Haewon — susurró, y la palabra resonó en la cámara como una campanada.
— ¿Haewon? — preguntó Dohyun, entrando detrás de ella.
— Es un nombre. Un nombre que no está en la lista. Está aquí, en el eco.
Soojin extendió una mano hacia la oscuridad, y por un momento, sintió que alguien (o algo) la tomaba. No era un contacto físico, sino emocional, como si un recuerdo estuviera abrazándola.
— No te olvidaremos — susurró.
— Te recordaremos —
El eco en la cámara se suavizó, y la oscuridad se volvió menos densa, menos pesada.
— Creo que lo liberaste — dijo Dohyun, con un dejo de asombro.
Soojin sonrió. No era una sonrisa grande, pero era genuina.
— Lo hice — dijo.
— Haewon ya no está sola —
Salieron de la cámara y cerraron la puerta detrás de ellos. El sello seguía allí, intacto, pero algo había cambiado en el aire. Una paz que no había estado antes.
— ¿Crees que habrá más nombres? — preguntó Bora, mientras subían las escaleras.
— Tal vez — respondió Soojin.
— Pero por ahora, hemos encontrado uno. Y eso es suficiente —
Y en la oscuridad de la cámara, el eco de Haewon descansaba por fin.