El cofre de piedra negra seguía abierto en el centro del círculo, y de su interior, los nombres seguían surgiendo como un río de luz.
No eran solo nombres. Eran historias. Ecos de vidas que habían sido vividas y perdidas, fragmentos de recuerdos que habían estado esperando siglos para ser liberados. Soojin escribía sin descanso, su pluma de runa deslizándose sobre el pergamino con una velocidad que parecía sobrenatural. Cada nombre que escribía era una pequeña victoria, una pequeña reparación de una herida que había estado abierta durante demasiado tiempo.
— ¿Cuántos son? — preguntó Hana, con la voz apenas un susurro.
— No lo sé — respondió Soojin, sin levantar la vista.
— Pero son muchos. Más de los que imaginamos —
— Y todos ellos merecen ser recordados — dijo Yeri, con el violín en las manos, tocando una melodía suave y continua que acompañaba el ritmo de la escritura.
Las horas pasaron. La luz de las velas de runa parpadeaba en la cámara, creando sombras danzantes que parecían saludar cada nombre que era escrito. Taehyung y Soyeon, sentados en el círculo, mantenían sus runas brillando en sincronía con el cofre, asegurándose de que la energía fluyera sin interrupciones.
Finalmente, el cofre se vació. El último nombre surgió y se desvaneció en el aire, y el cofre se cerró con un chasquido suave, como si estuviera satisfecho.
Soojin dejó la pluma y se recostó hacia atrás, con el pergamino extendido sobre sus rodillas. Las líneas de nombres cubrían casi toda la superficie, formando un tapiz de tinta y luz.
— Son 237 — dijo, con la voz ronca por el esfuerzo.
— 237 guerreras olvidadas —
— 237 — repitió Namjoon, y su voz era grave, llena de respeto.
— Son muchas. Demasiadas —
— Pero ahora están aquí — dijo Bora.
— Ahora las recordamos —
— Y no las olvidaremos — añadió Yoongi, con una firmeza que era inusual en él.
Soojin levantó el pergamino y lo sostuvo frente a ella, como si estuviera ofreciéndolo a las runas de la cámara.
— Nunca las olvidaremos — dijo.
— Eso es lo que prometemos —
La cámara del altar brilló con una luz cálida y dorada, como si las runas mismas estuvieran asintiendo.
-----
Cuando salieron de la cámara, la luz del amanecer ya comenzaba a filtrarse por las ventanas de Noche Eterna. El jardín de los recuerdos estaba en silencio, pero las flores parecían más brillantes, más vivas, como si también estuvieran celebrando.
— ¿Qué hacemos ahora? — preguntó Yuna, mientras caminaban hacia el jardín.
— Ahora las honramos — respondió Soojin.
— Plantamos algo en su memoria. Como hicimos con las otras —
— Pero son 237 — dijo Chaeyoung.
— No podemos plantar una flor por cada una —
— No hace falta — intervino Soyeon.
— Podemos plantar un árbol. Un árbol que represente a todas ellas. Y cada año, cuando florezca, recordaremos a todas las guerreras que cayeron —
— Un árbol es una buena idea — dijo Namjoon.
— ¿Qué tipo de árbol? —
Soyeon pensó un momento.
— Un cerezo. Sus flores son hermosas y efímeras, como las vidas de las guerreras. Pero vuelven cada año, como los recuerdos —
— Un cerezo — repitió Hana, con una sonrisa.
— Es perfecto —
Y así lo hicieron.
Esa misma mañana, plantaron un cerezo en el centro del jardín, junto al estanque del loto de Ara. Mientras cavaban la tierra y colocaban las raíces, Soojin leyó en voz alta algunos de los nombres del pergamino, y cada nombre que pronunciaba era un eco que se elevaba hacia el cielo.
Cuando el cerezo estuvo plantado, las siete parejas se sentaron alrededor de él, con las manos entrelazadas y los ojos cerrados. Y en el silencio del jardín, sintieron que algo cambiaba en el aire, que los nombres de las guerreras olvidadas finalmente encontraban su lugar en el mundo.
— No están solas — susurró Soojin, y su voz se perdió en el viento.
— Nunca lo estarán —
Y el cerezo, en su primer día de vida, pareció inclinarse ligeramente, como si estuviera asintiendo.