El cerezo creció más rápido de lo que nadie esperaba.
En apenas una semana, sus ramas se extendieron, cubriendo el centro del jardín con una sombra ligera y fragante. Sus hojas eran de un verde brillante, y pequeños brotes de flores comenzaban a asomar, prometiendo la explosión de color que llegaría con la primavera.
Las siete parejas se reunían a su alrededor cada atardecer, sentados en círculo sobre la hierba, compartiendo historias y silencios. El cerezo se había convertido en el corazón del jardín, un lugar donde todos podían sentirse conectados con las guerreras que habían sido recordadas.
Soojin llevaba el pergamino de los nombres a todas partes. Lo había enrollado con cuidado y lo guardaba en un estuche de cuero que Dohyun le había hecho. A veces, en las tardes tranquilas, lo desenrollaba y leía algunos nombres en voz alta, como si estuviera haciendo una visita a viejas amigas.
— Yunhee — leyó una tarde, mientras el sol se ponía detrás del cerezo.
— Significa "la que brilla como la luna". Cayó protegiendo una grieta en las montañas del norte —
— ¿Y qué más sabes de ella? — preguntó Chaeyoung, que estaba sentada a su lado.
— No mucho. Solo lo que las runas me cuentan. Pero sé que era valiente. Y que amaba las montañas —
— Como Soyeon — dijo Yeri, con una sonrisa.
Soyeon sonrió, pero no dijo nada. Su mano encontró la de Taehyung y la apretó suavemente.
— ¿Crees que algún día sabremos más de ellas? — preguntó Hana.
— Tal vez — respondió Soojin.
— Las runas dormidas aún guardan muchos secretos. Pero por ahora, tenemos sus nombres. Y eso es suficiente —
— Es más que suficiente — dijo Yuna.
— Es un comienzo —
El cerezo se meció con la brisa, como si estuviera de acuerdo.
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Unos días después, Bora y Yoongi estaban sentados bajo el cerezo, con las espaldas apoyadas en el tronco. La tarde era tranquila, y el jardín estaba en silencio, salvo por el susurro de las hojas.
— ¿Crees que algún día volveremos a tener una tormenta? — preguntó Bora, con la voz baja.
— No lo sé — respondió Yoongi.
— Pero si vuelve, estaremos preparados —
— ¿Y si no estamos preparados? —
— Entonces aprenderemos. Como siempre —
Bora guardó silencio un momento. Luego, con una voz que era apenas un susurro:
— A veces me da miedo. No la tormenta, sino lo que podría perder —
— ¿Qué podrías perder? —
— A ti. A las demás. A todo esto —Bora señaló el jardín con un movimiento de cabeza.
— He construido algo aquí. Algo que no quiero perder —
Yoongi la miró largamente. En sus ojos dorados, Bora vio una mezcla de comprensión y algo más profundo.
— No lo perderás — dijo.
— Porque no estás sola. Nunca lo has estado —
— Lo sé. Pero a veces el miedo no escucha a la razón —
— Entonces escúchame a mí —
Bora lo miró. Y en sus ojos, encontró lo que necesitaba: Una promesa. Una promesa de que, pase lo que pase, estarían juntos.
— Gracias — susurró.
— No me des las gracias — respondió Yoongi.
— Solo quédate aquí —
Y Bora se quedó.
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Esa noche, Soojin soñó con las guerreras olvidadas.
No era un sueño aterrador, sino más bien un desfile de rostros y nombres, cada uno brillando con una luz propia. Las veía caminar por un campo de flores, con las túnicas antiguas y las sonrisas tranquilas. No estaban heridas ni cansadas. Estaban en paz.
— Gracias — dijo una de ellas, volviéndose hacia Soojin.
— Por recordarnos —
Soojin quiso responder, pero las palabras no salían. Solo pudo asentir, con lágrimas en los ojos.
— Ahora podemos descansar — dijo otra.
— Porque sabemos que no estamos solas —
Cuando Soojin despertó, la luz del amanecer entraba por la ventana. El pergamino de los nombres estaba en la mesilla de noche, brillando tenuemente.
— No están solas — susurró Soojin.
— Nunca lo estarán —
Y en el jardín, el cerezo floreció por primera vez, cubriéndose de pétalos rosados que caían como una lluvia de luz.