Ecos De Sangre Y Sombra

CAPITULO 60

El cerezo creció más rápido de lo que nadie esperaba.

En apenas una semana, sus ramas se extendieron, cubriendo el centro del jardín con una sombra ligera y fragante. Sus hojas eran de un verde brillante, y pequeños brotes de flores comenzaban a asomar, prometiendo la explosión de color que llegaría con la primavera.

Las siete parejas se reunían a su alrededor cada atardecer, sentados en círculo sobre la hierba, compartiendo historias y silencios. El cerezo se había convertido en el corazón del jardín, un lugar donde todos podían sentirse conectados con las guerreras que habían sido recordadas.

Soojin llevaba el pergamino de los nombres a todas partes. Lo había enrollado con cuidado y lo guardaba en un estuche de cuero que Dohyun le había hecho. A veces, en las tardes tranquilas, lo desenrollaba y leía algunos nombres en voz alta, como si estuviera haciendo una visita a viejas amigas.

— Yunhee — leyó una tarde, mientras el sol se ponía detrás del cerezo.

— Significa "la que brilla como la luna". Cayó protegiendo una grieta en las montañas del norte —

— ¿Y qué más sabes de ella? — preguntó Chaeyoung, que estaba sentada a su lado.

— No mucho. Solo lo que las runas me cuentan. Pero sé que era valiente. Y que amaba las montañas —

— Como Soyeon — dijo Yeri, con una sonrisa.

Soyeon sonrió, pero no dijo nada. Su mano encontró la de Taehyung y la apretó suavemente.

— ¿Crees que algún día sabremos más de ellas? — preguntó Hana.

— Tal vez — respondió Soojin.

— Las runas dormidas aún guardan muchos secretos. Pero por ahora, tenemos sus nombres. Y eso es suficiente —

— Es más que suficiente — dijo Yuna.

— Es un comienzo —

El cerezo se meció con la brisa, como si estuviera de acuerdo.

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Unos días después, Bora y Yoongi estaban sentados bajo el cerezo, con las espaldas apoyadas en el tronco. La tarde era tranquila, y el jardín estaba en silencio, salvo por el susurro de las hojas.

— ¿Crees que algún día volveremos a tener una tormenta? — preguntó Bora, con la voz baja.

— No lo sé — respondió Yoongi.

— Pero si vuelve, estaremos preparados —

— ¿Y si no estamos preparados? —

— Entonces aprenderemos. Como siempre —

Bora guardó silencio un momento. Luego, con una voz que era apenas un susurro:

— A veces me da miedo. No la tormenta, sino lo que podría perder —

— ¿Qué podrías perder? —

— A ti. A las demás. A todo esto —Bora señaló el jardín con un movimiento de cabeza.

— He construido algo aquí. Algo que no quiero perder —

Yoongi la miró largamente. En sus ojos dorados, Bora vio una mezcla de comprensión y algo más profundo.

— No lo perderás — dijo.

— Porque no estás sola. Nunca lo has estado —

— Lo sé. Pero a veces el miedo no escucha a la razón —

— Entonces escúchame a mí —

Bora lo miró. Y en sus ojos, encontró lo que necesitaba: Una promesa. Una promesa de que, pase lo que pase, estarían juntos.

— Gracias — susurró.

— No me des las gracias — respondió Yoongi.

— Solo quédate aquí —

Y Bora se quedó.

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Esa noche, Soojin soñó con las guerreras olvidadas.

No era un sueño aterrador, sino más bien un desfile de rostros y nombres, cada uno brillando con una luz propia. Las veía caminar por un campo de flores, con las túnicas antiguas y las sonrisas tranquilas. No estaban heridas ni cansadas. Estaban en paz.

— Gracias — dijo una de ellas, volviéndose hacia Soojin.

— Por recordarnos —

Soojin quiso responder, pero las palabras no salían. Solo pudo asentir, con lágrimas en los ojos.

— Ahora podemos descansar — dijo otra.

— Porque sabemos que no estamos solas —

Cuando Soojin despertó, la luz del amanecer entraba por la ventana. El pergamino de los nombres estaba en la mesilla de noche, brillando tenuemente.

— No están solas — susurró Soojin.

— Nunca lo estarán —

Y en el jardín, el cerezo floreció por primera vez, cubriéndose de pétalos rosados que caían como una lluvia de luz.




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