Cruzar el umbral del manantial no fue como atravesar una puerta normal.
Fue como sumergirse en un sueño líquido, donde el agua no mojaba y el tiempo no corría. Bora sintió que su cuerpo se estiraba en todas direcciones, que sus recuerdos se deshilachaban como hilos de un tapiz viejo, y que el sonido (el murmullo del manantial, el latido de su propia runa) se convertía en un zumbido distante, casi musical.
Luego, el impacto.
No fue contra el suelo, sino contra una superficie blanda y cálida, como si hubiera caído sobre un colchón de musgo. Bora abrió los ojos y se encontró en un lugar que no podía describir con palabras.
Era una caverna, pero no de piedra. Las paredes eran de luz, de un azul profundo que se movía lentamente, como el agua de un océano estancado. El suelo era de arena blanca y fina, que brillaba con destellos plateados. Y en el centro de la caverna, sentada sobre una roca de cristal, había una mujer.
No era como las otras guerreras que habían visto. No llevaba túnica antigua ni uniforme militar. Vestía una túnica sencilla de color gris, y su cabello era largo y plateado, como si hubiera estado ahí durante siglos, esperando. Sus ojos, cuando se abrieron, eran del color del agua clara, y había en ellos una mezcla de cansancio y esperanza.
— Han llegado — dijo la mujer, y su voz era suave como el murmullo de un arroyo.
— Pensé que nunca vendrían —
— ¿Quién eres? — preguntó Soojin, dando un paso adelante.
— Soy la que abrió la primera grieta — respondió la mujer.
— No por maldad, sino por necesidad. Mi nombre es Hana. No la Hana que conocen, sino otra. Una que cayó antes de que el velo se estabilizara —
— ¿Tú abriste la primera grieta? — preguntó Yoongi, con la voz tensa.
— Sí. Pero no fue para dejar entrar a la oscuridad. Fue para salvar a alguien. A mi hermana. Ella estaba al otro lado, atrapada, y yo no sabía cómo traerla de vuelta. Abrí la grieta para buscarla. Pero la grieta se cerró detrás de mí, y yo quedé atrapada aquí. En este lugar entre mundos —
— ¿Y tu hermana? — preguntó Bora.
— Murió — respondió Hana, y su voz se quebró.
— No pude salvarla. Pero me quedé aquí, esperando. Por si alguien más caía. Por si podía ayudar —
Soojin sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
— Has estado aquí sola durante siglos —
— Sí. Pero no sola del todo. Las runas me acompañan. Y los ecos de las guerreras que vinieron después. A veces, las siento. Pero nunca pude hablar con ellas — Hana levantó la vista y miró al grupo.
— Hasta ahora —
— ¿Cómo podemos sacarte de aquí? — preguntó Namjoon.
— No pueden sacarme — respondió Hana, con una sonrisa triste.
— La grieta se cerró detrás de mí, y no hay llave que pueda abrirla desde fuera. Pero pueden darme algo. Algo que he esperado durante siglos —
— ¿Qué? — preguntó Soojin.
— Mi nombre. El que perdí cuando caí. Ya no recuerdo cómo llamarme. Solo sé que soy la que abrió la primera grieta. Pero quiero recordar quién era antes de eso —
Soojin sintió que el corazón le daba un vuelco.
— ¿Y cómo podemos recordarlo? —
— Usando el vínculo — dijo Taehyung, que había estado en silencio hasta entonces.
— Las siete runas, incluso separadas, pueden compartir un recuerdo. Si todas nos concentramos en ella, en su esencia, en su historia, podemos devolverle su nombre —
— ¿Lo haremos? — preguntó Bora.
— Sí — respondió Soojin.
— Lo haremos —
El grupo formó un círculo alrededor de la roca de cristal donde Hana estaba sentada. Cada uno extendió una mano hacia ella, sin tocarla, pero con la intención clara de compartir su energía.
Las runas brillaron en sincronía, y por un momento, la caverna se llenó de luz violeta. Soojin cerró los ojos y se concentró en la figura de Hana, en su cansancio, en su esperanza, en su historia. Y entonces, el nombre surgió en su mente, claro y brillante, como una estrella que siempre había estado allí.
— Minah — susurró Soojin.
— Tu nombre es Minah —
La mujer de cabello plateado abrió los ojos, y por primera vez, una sonrisa genuina iluminó su rostro.
— Minah — repitió, y la palabra sonó como una campanada en la caverna.
— Sí. Ese es mi nombre. Lo recuerdo ahora —
La caverna brilló con una luz cálida y dorada, y Minah se levantó lentamente de la roca de cristal.
— Gracias — dijo, y su voz era firme ahora.
— Ahora puedo descansar en paz —
— ¿No quieres salir con nosotros? — preguntó Bora.
— No puedo. Pero no importa. Porque ahora sé quién soy. Y eso es suficiente —
Minah comenzó a desvanecerse lentamente, como una niebla que se disipa al amanecer. Su figura se volvió translúcida, y su sonrisa fue lo último que vieron.